La percepción del whisky

Antes de hablar de aromas, descriptores o perfiles, hay algo que casi nunca se pone en el centro del debate: las percepciones térmicas, táctiles y químicas que nuestro cuerpo capta. Durante mucho tiempo se dio por hecho –y rara vez se cuestiona– que lo que percibimos está en la copa, que pertenece al whisky de una forma más o menos estable.

Cómo el cuerpo, la memoria y la atención construyen lo que creemos degustar…

 

Gastón Banegas(*)

Gut Feeling

Sin embargo, lo que sucede en una degustación no ocurre en el whisky, sino en nosotros. Porque no se percibe en abstracto, sino a través de una fisiología compleja, con sus límites, variaciones y particularidades. En ese proceso, lo que creemos identificar como propiedades empieza a depender menos del líquido y más del instrumento que lo interpreta: nuestro propio sistema sensorial, en diálogo constante con la memoria y la experiencia.

La idea de que el whisky “posee” determinadas notas o características es un buen punto de partida, ya que ordena, permite comunicar y genera un lenguaje común. Pero al observar con más detenimiento, esa aparente estabilidad muestra fisuras: la bebida no cambia en su composición, pero la experiencia de quien lo percibe nunca es exactamente la misma. Y en esa distancia –imperceptible o evidente entre el estímulo y lo que registramos– se construye todo.

Nuestro cuerpo no es un intermediario neutro, sino un sistema activo que selecciona, organiza y traduce. Cuando el whisky entra en contacto con la boca no sólo se activa el gusto, pues aparece una serie de percepciones que no siempre sabemos nombrar: la temperatura del líquido, su densidad, la manera en que recorre la lengua y la sensación que deja al desplazarse. Puede sentirse liviano o envolvente, punzante o suave, seco o aceitoso. Antes de cualquier descriptor, hay una lectura en curso.

Esa lectura inicial no depende del conocimiento previo ni del entrenamiento; es profundamente corporal, inmediata, directa, casi primaria… Y sin embargo suele quedar relegada frente a la búsqueda de aromas reconocibles o sabores identificables. Es como si lo verdaderamente importante iniciara después, cuando ponemos palabras a lo que sentimos.

En realidad, ese primer contacto ya está definiendo gran parte de la experiencia, y a medida que el whisky permanece en la boca empieza a desplegarse otro nivel de percepción. Los compuestos volátiles ascienden hacia la cavidad nasal y se activan mecanismos que permiten identificar matices más específicos, referencias familiares: frutas, especias, maderas, notas dulces o tostadas. Pero se trata de una interpretación, porque el cerebro no recibe aromas como entidades definidas, sino señales que luego compara con registros previos.

En este proceso la memoria no es un simple archivo, sino una red activada por asociaciones, ya que un estímulo puede evocar múltiples referencias y la elección de una sobre otra no siempre es consciente: depende de experiencias pasadas, de la frecuencia en el reforzamiento de ciertos recuerdos y hasta del estado emocional del momento. Por eso, lo que para una persona es claramente vainilla, para otra puede ser caramelo, y para una tercera algo completamente distinto.

Este carácter interpretativo implica la falta de objetividad, una variable incómoda, y puede resultar problemática en un ámbito donde muchas veces se busca precisión y consenso. Sin embargo, no reconocerlo implica sostener una ilusión, pues la degustación no es una lectura directa de propiedades fijas, sino una construcción que ocurre en tiempo real, mediada por un sistema que nunca es el mismo.

Dicha variabilidad no existe sólo entre personas, sino dentro de una misma persona a lo largo del tiempo: el estado físico influye, la fatiga sensorial altera la sensibilidad y el alcohol acumulado modifica la percepción. Incluso, el simple hecho de probar varios whiskies antes puede cambiar la manera de interpretar el siguiente. Hay momentos en los que el sistema es más receptivo, más preciso, y otros en los que, ante el mismo estímulo, la experiencia se vuelve difusa.

En este punto, la idea de que el cuerpo funciona como un filtro es evidente. No todo lo que el whisky ofrece llega de la misma manera, pues hay matices que se potencian y otros que se pierden; aspectos que se perciben con claridad o quedan fuera del registro. Este filtrado no es un error, es parte del funcionamiento de un sistema que implica una consecuencia importante: nunca estamos percibiéndolo todo, sino una versión.

Entenderlo no debilita la experiencia, la vuelve más honesta; permite dejar de buscar una especie de verdad objetiva en el whisky y empezar a prestar atención a las condiciones en las que esa experiencia ocurre. Porque si lo que percibimos depende en gran medida del estado del sistema que percibe, ese estado deja de ser un detalle menor.

Ahí aparece una distinción que suele pasarse por alto: no es lo mismo beber que degustar. Beber puede ser un acto automático, integrado en una conversación, en un momento social, en una dinámica que no exige demasiada atención. Degustar, en cambio, requiere de otra disposición. Implica detenerse, reducir el ritmo y dirigir el foco. No es sólo una diferencia de intención, sino de calidad en la experiencia.

El momento elegido para degustar un whisky condiciona lo que se percibirá. Un entorno cargado de estímulos –ruido, movimiento, distracciones– fragmenta la atención y la percepción pierde profundidad. La bebida no cambia, pero el sistema que debería registrarlo puede no estar plenamente disponible.

Por el contrario, hay condiciones que favorecen una experiencia más nítida. Un espacio tranquilo, un tiempo libre de urgencia o una disposición que permita sostener el foco sin esfuerzo permiten al cuerpo responder de otra manera. La respiración se vuelve más pausada, los movimientos se hacen más conscientes y en esa desaceleración empiezan a aparecer matices que antes pasaban desapercibidos.

Hablar de un momento ideal para degustar no implica establecer una regla rígida ni limitar la experiencia a un formato, sino reconocer que la percepción tiene condiciones de posibilidad; que hay estados en los que el sistema está más preparado para registrar con precisión, y que, si el objetivo es explorar en profundidad lo que un whisky puede ofrecer, esas condiciones son fundamentales.

Esto también invita a revisar conclusiones apresuradas. Muchas veces se descarta un whisky por considerarlo simple, plano o poco expresivo. Pero rara vez se cuestiona el contexto en el que ocurrió esa percepción. ¿Había atención, silencio y disposición, o se trataba de un momento en el que el sistema estaba saturado, disperso, poco receptivo? Cambiar esas variables puede transformar completamente la experiencia.

Aprender a degustar no es sólo ampliar un repertorio de descriptores, sino aprender a reconocer estas condiciones e identificar cuándo el estado del cuerpo favorece la percepción. Entender que la calidad de la experiencia no depende exclusivamente del whisky, sino del encuentro que se establece con él.

El desarrollo del degustador no pasa únicamente por la incorporación de conocimiento externo. Se debe afinar el instrumento interno, que no es fijo, pues cambia, se adapta y responde a múltiples variables. Se requiere de atención –entendida como presencia–, ya que no se trata de forzar la percepción ni de intentar encontrar algo específico, sino de estar disponible para lo que aparece, sostener el contacto el tiempo necesario para que la experiencia se despliegue y permitir que el whisky se exprese en las condiciones adecuadas.

Esto introduce una forma distinta de relacionarse con la degustación, más centrada en el proceso y abierta a la exploración; menos orientada a la identificación rápida o el resultado, porque lo que se busca no es confirmar lo que ya se sabe, sino observar cómo se manifiesta cada experiencia en particular.

Volver a la idea inicial permite entender el alcance de este enfoque. Si lo que percibimos no está en la copa de manera fija, todo lo que creemos saber sobre un whisky está mediado por nuestra capacidad de percibirlo. Existe interpretación, construcción y una experiencia que se configura en cada encuentro.

En ese marco, la degustación deja de ser una búsqueda de certezas y se convierte en una práctica de observación. No se trata de determinar qué es un whisky en términos absolutos, sino de reconocer cómo se presenta en un momento determinado, bajo ciertas condiciones, frente a un sistema específico.

Tal vez por eso, cuanto más se profundiza en este camino, menos sentido tiene hablar de verdades cerradas, descriptores fijos y de lo que el whisky “es”, y más de sensibilidad, de matices y de lo que somos capaces de percibir.

Porque al final, el límite no está en la copa. Está en nuestra capacidad de atención, que no es constante: se entrena, se pierde y se recupera, dependiendo de cómo nos disponemos, de cuánto espacio damos a la experiencia y del lugar que ocupa en el momento en que ocurre.

La próxima vez que un whisky parezca no decir nada, tal vez la pregunta no sea ¿qué le falta?, sino: ¿realmente estábamos en condiciones de escucharlo?

(*) Gastón Banegas. Habano sommelier y fumador entusiasta, es un apasionado del whisky y los maridajes. Vive en Buenos Aires, Argentina, y escribe sobre tabaco premium y cultura sensorial.

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