Barcelona, entre Gaudí y Epicure No. 2, La Casa Batlló

Existen ciudades o lugares que se convierten en nuestro refugio; espacios en los que nos sentimos relajados y, de cierta manera, en sintonía con la sensación que nos producen. Para mí, Barcelona se ha vuelto ese refugio en medio del caos y la rutina laboral y personal. Tras distintas visitas durante el último año, por asuntos laborales, poco a poco sus paisajes, su gastronomía espectacular y arte que inunda esta ciudad le han transformado en mi segundo hogar.

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Sofía Ruiz

Máster Habanosommelier

Ubicada en el noreste de España, en la costa mediterránea, Barcelona es la segunda ciudad más grande de la península ibérica, una de las más pobladas y la que más turistas recibe anualmente. ¿Será por esta misma sensación de refugio? Capital de la comunidad autónoma de Cataluña, es también global: un crisol donde se funden distintas culturas y confluyen tradición, modernidad y dinamismo.

Genio y figura

En mi andar llegué a las famosas Ramblas y el Paseo de Gracia, comparable a la Avenida de los Insurgentes en Ciudad de México, La Gran Vía de Madrid o Piccadilly Circus, en su conexión con las principales vías londinenses. A finales del siglo XIX e inicios del XX, este bulevar –también considerado así debido a su amplitud y diseño– reunió los hogares de la burguesía catalana.

Aquí encontramos parte de la magia de Antonio Gaudí, y la ciudad parece abrirse para dar paso al universo nacido de su genialidad y una visión que desafía al tiempo. Destacan la Casa Batlló y la Casa Milá, mejor conocida como La Pedrera; símbolos auténticos de un arte que late en el corazón de Barcelona.

No se puede pensar en la arquitectura catalana sin Gaudí. Desde mi perspectiva, son uno mismo. Así que abro un pequeño paréntesis para hablar un poco más sobre este personaje, que nos ha regalado algunas de las obras más extraordinarias de esta disciplina, que puede transformar un simple círculo en una entrada de luz con forma de caparazón de tortuga.

Como expresó Elies Rogent, director de la Escuela de Arquitectura de Barcelona, en 1878, el día de la graduación de Gaudí, refiriéndose a su estudiante: “Hemos dado el título a un loco o a un genio, el tiempo lo dirá…”. Y así fue.

Antonio Gaudí nació en Reus o Riudoms, España, el 25 de junio de 1852, y se trasladó a Barcelona en 1868, donde finalizó el bachillerato en el Convento del Carmen. Una vez en la universidad, alternó sus estudios con trabajos para arquitectos destacados, como José Fontseré, Francisco de Paula del Villar y Joan Martorell, su principal mentor.

Entre sus primeras obras está la Casa Vicens, un edificio modernista construido entre 1883 y 1885. Aunque el 3 de noviembre de 1883 aceptó también el que sería su mayor desafío: la construcción del templo de la Sagrada Familia, que ha sido tema de libros, artículos y demás, cuyas estructuras principales se finalizarán este 2026, en el centenario de su fallecimiento.

Como todo iluminado, Gaudí tuvo una muerte trágica: fue atropellado por un tranvía el 10 de junio de 1926. En unas condiciones un tanto deplorables, pasó de ser reconocido como todo un caballero de porte elegante, a ser prácticamente ignorado el día de su fallecimiento –de primera impronta–, debido a su aspecto casi de vagabundo.

Hombres visionarios

Una buena tarde me dispuse a conocer una de las grandes obras que Gaudí nos regaló. Y como no es lo mismo ver la ciudad desde un taxi que caminarla, recordé una de las frases del personaje: La originalidad consiste en volver al origen, y en pleno Paseo de Gracia me abrí paso entre una multitud de turistas, hasta llegar a la Casa Batlló, ubicada en la llamada manzana de la discordia.

El edificio original se construyó en 1877 en el número 43 del Paseo de Gracia, y José Batlló i Casanovas lo adquirió en 1903. Se trataba de un industrial y hombre de negocios español, visionario en su tiempo y promotor de lo que a la postre sería una de las obras más importantes del modernismo español.

Paralelamente, otro español igualmente visionario dejó su huella en un ámbito muy distinto, pero también emblemático: José Gener, fundador de Hoyo de Monterrey, una de las marcas de habanos más nobles e icónicas. Ambos, cada uno en su terreno, impulsaron la transformación de lo cotidiano en arte y dejaron un legado que aún nos sigue inspirando.

Gener, originario de Tarragona, llegó a La Habana a los 13 años y fue acogido por su tío Miguel Jané y Gener, fundador de La Majagua, una de las fábricas de tabaco más antiguas de Cuba. Entre 1850 y 1865 adquirió todos los conocimientos necesarios sobre el tabaco, y pronto compró la finca de Hoyo de Monterrey, ubicada en San Juan y Martínez, Pinar del Río; propiedad que dio nombre a la marca.

Un corazón acelerado

Dispuse para ese día la vitola que considero más emblemática: Hoyo de Monterrey Epicure No. 2, un robusto de cepo 50 y 124 milímetros de longitud –el primer habano que disfruté al adentrarme en esta cultura de los buenos humos–, y entré a la casa. El vestíbulo te hace sentir que estuvieras en el fondo del mar: las ventanas, en forma de caparazón, y los tonos blanco y azules se entremezclan con una escalera espectacular, cuyo pasamanos de madera recuerda la espina vertebral de una ballena.

El mejor momento fue justo al transponer la escalera. Desde el techo, unas ventanas en forma de caracol dan paso a una luz espectacular que ilumina el primer piso. Sentí una paz que es difícil describir… Porque la Casa Batlló se vive con los sentidos, una experiencia que invita a liberar tus emociones y la mente, que acelera el corazón.

Desde la visión de Gaudí, la casa es una estructura dividida en tres espacios diferenciados en estilo y funcionalidad. Los salones principales, receptores de la luz natural, se combinan con el comedor y los dormitorios, dispuestos a lo largo de una fachada continua. Un patio exclusivo para el disfrute de la familia, así como la cocina y baño, ocupan los diferentes niveles de la casa.

La primera planta es el corazón, reflejo de la identidad de Gaudí: su manera de jugar con la arquitectura y la naturaleza para crear espacios llenos de luz, columnas y formas que componen lo que se considera la «máxima expresión del modernismo». Al frente se encuentra el despacho del señor Batlló, donde una chimenea en forma de champiñón te lleva a imaginar las conversaciones y momentos ahí celebrados; la cantidad de habanos que se habrán encendido en este lugar.

Después se accede al salón principal, cuyo protagonista es un ventanal de grandes dimensiones; una plataforma hacia el Paseo de Gracia. Entre otros elementos, destacan las grandes puertas de roble con formas orgánicas, en las que Gaudí integró vidrios de colores, así como un techo totalmente ondulado, que hace alusión a la fuerza del mar y complementa la experiencia de recorrer este lugar, que es un imán hacia lo visual.

El patio de luces merece ser observado a detalle desde lo más alto de la casa. Las ventanas superiores son más pequeñas, y conforme vas descendiendo parecen más grandes; un efecto que permite, cada vez, más luz natural. Es posible jugar con las rendijas de madera a los pies de estas ventanas; te llevarás una grata sorpresa.

Los diferentes tonos reflejados en los azulejos que recorren las altas paredes de estos patios, porque en realidad son dos, me recordaron un poco la fachada de la Casa de los Azulejos de la Ciudad de México, donde se encuentra un Sanborns.

El momento gaudiano

Sin duda, cada rincón de la casa exalta los sentidos desde la perspectiva personal. Tal y como ocurre con el habano, pues cada aficionado disfruta de manera distinta: algunos prefieren algún tercio, mientras que otros se inclinan por la historia o fortaleza de la marca, por ejemplo. Mi idea es que cada habano tiene su momento.

Eso me sucedió con las puertas. Podemos dar por sentado que son un simple rectángulo aburrido, pero en Casa Batlló la madera adquiere formas circulares, de estrella y otras que te invitan a explorar.  Lamentablemente no encontré información adicional para explicar a detalle estos motivos, pero tal vez esto obligue a una nueva visita y a otra vitola por descubrir.

El patio principal es un pequeño oasis en medio de la enigmática Barcelona. Se diseñó como un jardín vertical de vidrio y cerámica, simbolizando una planta trepadora. Desde este ángulo se observan los balcones de hierro que sobresalen de las habitaciones.

Me vino entonces un pequeño momento gaudiano: un frío húmedo a flor de piel. Pero me atreví a sentarme y disfrutar de una deliciosa copa de cava, que en tierras catalanas no puede faltar. Con ello recordé la primera vez que fumé un Hoyo de Monterrey Epicure No. 2, diez años atrás –junto a mis jefes–, durante una especie de inducción laboral.

Ahora, ese habano me llevó a rememorar y reafirmar mi camino en este mundo. Sabía que más tarde, en otro lugar, encendería y disfrutaría, calada a calada, del tabaco negro cubano y su cultura.

Imaginación y surrealismo

En la planta superior del edificio, el desván es un espacio que parece salido de una película de Tim Burton. Puedes imaginarte estar dentro de un animal, en una combinación exquisita de estética y funcionalidad. La sencillez y el minimalismo de sus formas, entre el color blanco que cubre toda la habitación y su juego con sesenta arcos que le atraviesan, semejan un costillar animal.

Para mi suerte, casi por terminar el recorrido, la casa ofrece una impresionante bajada por todos sus pisos, acompañada de una exposición del arquitecto japonés Kengo Kuma. A través de cortinas hechas de cuencas de aluminio, la instalación rinde homenaje al Mediterráneo: a sus luces y sombras, y a los colores de su cielo y su mar.

Perooo… como en toda visita, lo mejor está siempre por llegar. Si hablamos de Casa Batlló, lo primero que viene a la mente, por supuesto, es su fachada. Quise dejar este espacio para el final, ya que para descubrirla necesitas recorrer y entender el arte de Gaudí. Al igual que con las personas, primero se le conoce, para luego entender su esencia y maravillarse con su mirada.

La fachada es como materializar Alicia en el país de Las Maravillas. Llena de imaginación y surrealismo total, entre sus formas marinas destaca el efecto de una superficie ondulada con base en piedra, vidrio y cerámica. Y con la luz matinal, brilla.

La portada incorpora columnas de piedra con formas óseas y detalles florales modernistas. Algo muy destacable a simple vista son las máscaras de los balcones, que parecen sobresalir del edificio en tercera dimensión. La casa, como tal, es coronada por un tejado espectacular formado por grandes escamas que simulan el lomo de un animal. Otro elemento destacado es la torre, de la que sobresale una cruz de cuatro brazos que corresponden a los puntos cardinales.

Sus tonos azules, verdes, amarillos y naranjas semejan acuarelas a punto de comenzar a extenderse sobre una tela en blanco. Al parecer, Gaudí nunca ofreció explicaciones sobre el diseño ni el significado de los elementos de la fachada. Es por ello que cada visitante hace su propia interpretación… Como en la vida, en la que cada quien define un sentido, y como sucede con nuestros buenos humos.

Barcelona es mi fachada, un sentimiento de refugio y la sensación que se acompaña hasta la última ceniza de un habano.

FUENTE: casabatllo.es

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