
Ya sea como deportista, estudiante o empresario, Leo Reyes ha sido exitoso a lo largo de su vida. Se ha dicho que es el exportador más importante de tabaco en rama de Latinoamérica, pero él, con modestia aclara que, si acaso, ese nivel le corresponde únicamente en su país, y en cuanto a las variedades de semillas cubanas.
Hombre de fe, prefiere pasar inadvertido y por ello no concede entrevistas: «es una sorpresa que hayan venido». Generoso, contó su historia al equipo de Humo Latino y dictó una cátedra sobre tabaco durante dos horas y media. En función del espacio, presentamos esta breve semblanza de un gran ser humano, quien además es un conversador muy ameno.
Lee en la revista (gira tu dispositivo para mejor experiencia de lectura):
Hijo de don Priamo Antonio Reyes Bisonó y doña Gladys Amantina Vargas Guzmán, José Leonardo Leo Reyes Vargas nació en 1951 en Santiago de los Caballeros, siendo el tercero de ocho hermanos –siete varones y una mujer–. Aunque la familia vivía en Navarrete, donde se crió, como parte de una quinta generación de sembradores de tabaco.
Sus padres tuvieron ascendencia española, pero su abuela paterna fue hija de un francés de apellido Bisonó (Bisoño, originalmente), quien se casó con una haitiana y «nosotros salimos mezclados con esa sangre, que casi todos los dominicanos llevamos. De ahí viene la fortaleza de nuestra familia para los negocios», ya que los Reyes destacaron más por su inteligencia y creatividad.
De su infancia, recuerda que fue un niño muy tranquilo y su padre lo escogió, «no yo», para el sacerdocio, de tal suerte que a los nueve años entró al colegio Padre Fantino, en Santo Cerro, y luego ingresó al Seminario Menor San Pío X, en Licey, bajo el rectorado de Monseñor Agripino Núñez Collado. «Aunque no era mi vocación, ahí me formaron y me inculcaron los valores, principios y disciplina que han sido clave en mi vida».
Dedicado a los estudios y al deporte, tras dejar el seminario debió integrarse al mundo. Pero era diferente, «muy inocente», dice. Tímido frente a las mujeres, nunca aprendió a bailar ni a tomar alcohol, así que fue difícil adaptarse a la idiosincrasia dominicana». No obstante destacaba en otros campos: como lanzador de beisbol fue firmado al amateur a los 16 años y el ingenio La Esperanza le pagaba, y también en 1967 fue elegido Voleibolista del Año por los cronistas deportivos de Santiago.
Cuando debió ingresar a la universidad, que en esos momentos enfrentaba muchos problemas y huelgas, Leo Reyes se enteró de que la Fundación de Crédito Educativo, en Santo Domingo, estaba dando becas. Se presentó ante el señor Alfonso Guémez, quien condicionó el apoyo a su aceptación previa por alguna casa de estudios en el extranjero, así que escribió a distintos centros educativos de España, Brasil y México. «El Instituto Tecnológico de Monterrey (ITESM) fue el que me contestó y caí allá».
Llegó a México a los 19 años. Monterrey, La Sultana del Norte, era una ciudad pequeña, como Santo Domingo, con cerca de un millón de habitantes. El verano, seco, es muy caluroso, pero a Leo Reyes le sorprendió el invierno. «No conocía el clima. Recuerdo que llevé siete camisas de manga corta y una de manga larga, que era para el traje. Pero en noviembre vino un frío de cero grados, así que debí ponerme las siete camisas, una sobre otra, porque no tenía abrigo».

Vivía en un departamento con otros estudiantes dominicanos y se encargaba de administrar el dinero. «Como tesorero nunca me faltó un centavo; por el contrario, siempre sobraba. Cuando lo hacía otro, a los 15 días ya no había comida». Confiesa que no sabía cuál era su vocación, pero al llegar al Tecnológico tuvo que elegir una carrera. «Entonces pensé que mi país necesitaba ingenieros civiles y eso estudié. Y sí… batallé».
Aunque enfocado en sus estudios, Leo no obtenía los resultados que esperaba. «Puedo decir que me gradué gracias a un mexicano, porque mi preparación no era para una universidad tan dura. Me esforzaba y sacaba un 40 –relata, y su voz se quiebra–. Pero un día ese compañero me preguntó: ‘¿Por qué duermes con la luz prendida?’. Le digo, ‘no, no duermo con la luz prendida, estudio diez horas diarias’. Y me dice, ‘pues entonces eres un estudiante pésimo. Ven, que te voy a enseñar’. Y comencé a subir mis calificaciones».
Ya en octavo semestre, un profesor le pidió proyectar un puente metálico y al ver el resultado le reprendió, porque a pesar de su talento aparecía como un estudiante del montón. Entonces gestionó que le enviaran como asistente a los laboratorios de Mecánica de Suelos y de Concreto, donde adquirió los conocimientos que después le permitieron sobresalir en su país.
«Para mí México es mi segunda patria», afirma. Pues además de una carrera, de allá volvió con esposa, doña María Concepción Aldape, regiomontana con quien se casó el 21 de diciembre de 1974, dos días después de graduarse. Sus padres no lo apoyaron ni asistieron a la boda porque pensaban que no estaba preparado para el matrimonio. «Le advertí a mi ahora esposa: ‘Tú te vas a casar con un hombre que no tiene nada. Lo que tengo lo tengo aquí – señala su cabeza, su mente, con ambas manos–. ¿Aceptas el reto?’. Y ella dijo ‘Sí’.»
Al regresar a República Dominicana fue profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra de Santiago, pero «no serví porque no permitía que los alumnos se copiaran. Dar el título a un profesional es una responsabilidad demasiado grande» y las escuelas muchas veces compiten por graduar a sus estudiantes en cantidad y no por calidad. «Yo no quería eso, así que puse mi renuncia».
Entonces lo contrataron en la obra de la Presa de Sabaneta, en San Juan de la Maguana, donde se destacó al resolver un problema con la arcilla del núcleo impermeable, y la compañía española a cargo le dio un incentivo económico con el que compró su primer automóvil. A partir de ahí fue consultor de la compañía Hanson-Rodríguez y Director Técnico hasta concluir los trabajos programados.
Tenía apenas 24 años y como era muy bien pagado, al terminar ese empleo decidió emigrar. En México tuvo una empresa con la que participó en obras del Estado, y además de proyectos particulares construyó muchas viviendas baratas, pero bien hechas, de las que había gran demanda. Fue entonces que se encontró, por accidente, al compañero que le enseñó a estudiar, Mariano de los Cobos. «Él estaba sin trabajo y lo ayudé. No para pagarle… lo digo para que vean la grandeza de Dios».
Le tocó vivir allá la devaluación de 1982, cuando a pesar de la crisis económica sus albañiles le dieron ánimos y se comprometieron a trabajar más fuerte para salir adelante: Me siento orgulloso por haber tenido la oportunidad de aprender de ellos». Y el tiempo pasó, hasta que un día recibió la llamada de su padre, quien le urgió: «Estamos en una muy mala posición económica y necesitamos que vengas».
Nuevamente en su país, dejó la ingeniería. Su padre había quebrado y la casa, hipotecada, estaba a punto de perderse. «Mi papá lo había dejado todo en el tabaco. Era una persona muy inteligente, pero no tenía administración, y como además las cosas van cambiando y cada vez se requiere de más tecnología, si usted se queda atrás se viene abajo… él quedó atrás».
Leo se inició en el tabaco en 1984. Todos los hermanos aportaron dinero para sembrar Piloto Cubano en una finca de ganado que su abuelo le prestó a su padre. Invirtieron más de 80 mil pesos –de los que puso la mayor parte– y de la cosecha obtuvieron 180 mil pesos, tras venderla como tripa a 2.45 dólares la libra. Además de pagar la hipoteca quedó un capital para seguir trabajando, pues como él administraba se reinvertía todo.
La entrevista se celebra en las oficinas de los almacenes de la Compañía de Tabacos Flor de los Reyes, ubicada en zona franca, que originalmente fueron parte de la Compañía Julio Reyes, S.A., propiedad de su abuelo, quien en 1931 adquirió una extensión de tierras importante en Navarrete. Dedicado a la compra de café, cacao y tabaco, que eran los productos tradicionales, al final se quedó sólo con el tabaco para cigarrillos, que exportó a Alemania durante la Segunda Guerra Mundial.
A un lado de las instalaciones se encuentra una finca, donde en 1961 se sembró por primera vez la variedad Piloto Cubano. Leo refiere que el señor Carlos Toraño y gente del Instituto del Tabaco (Intabaco) utilizaron la semilla del Criollo de Cuba, pero como era un plan piloto, de ahí derivó su nombre. El objetivo fue llevar tabaco desde Dominicana a Tampa, Florida, donde se elaboraban cigarros para quienes dejaron la isla tras la Revolución liderada por Fidel Castro.
Luego, don Antonio Reyes mantuvo hasta 1984 la Tabacalera Amantina, S.A., que cambió a su actual razón social cuando incursionaron en la siembra para una industria del cigarro todavía incipiente. Para rescatar a la empresa se arriesgaron, porque tenían pocos clientes, pero comenzaron a formarse fabriquitas a las que vendían su tabaco.
El negocio creció, de tal suerte que en 1986 Leo pudo aceptar un contrato de la Comunidad Económica Europea para terminar el proyecto Bajo Yaque, que implicó construir 400 viviendas, 36 kilómetros de caminos vecinales y 34 kilómetros de canales parcelarios. «Pero al irme, al parecer mis hermanos no tenían mi vocación y la compañía quebró».
Regresó en 1991, y como no había un centavo, con su propio dinero sembró cebolla en una finca y con las ganancias compró tabaco, del que salieron 230 pacas. «Todos los días le oraba a Dios, porque nadie venía a comprar una hoja…». Hasta que apareció Eladio Díaz, que estaba en Davidoff, pero no iba a comprar, sino a pedir que le cambaran tres pacas que había adquirido antes y no le servían.
Eladio probó el tabaco, eligió sus pacas y se fue, aunque al día siguiente regresó con un camión para llevarse el resto del lote. Leo comenzó a sembrar la variedad San Vicente y cada año aumentó sus ventas, hasta llegar a producir 4 mil 500 pacas para Davidoff, después también sembró para La Aurora y finalmente decidió independizarse. Otros compradores comenzaron a llegar, y en el Boom de 1996-97 la empresa se consolidó económicamente.
Entre 1991 y 1999 Leo se fijó un suelo de mil pesos al mes; menor al de un obrero. Desde que tomó la compañía nunca ha sacado un centavo, porque todo lo reinvierte en tecnología, casas de tabaco, tabaco y fincas, que actualmente suman unas 251 hectáreas tecnificadas con riego por goteo. En cada caso, el encargado obtiene 50 por ciento de las ganancias «porque mi negocio no está allá, sino en la transformación, y no puede ser que quien trabaje conmigo quede pobre».
Buscando conservar parte de lo que fue de su abuelo, porque de ahí nació prácticamente la industrialización del tabaco, compró a sus familiares la finca de 7.5 hectáreas (120 tareas) adjunta a los almacenes, donde se sembró el Piloto Cubano. Sumando los espacios de su empresa nacional fuera de zona franca, llamada Tabacos del Campo, las bodegas en Navarrete abarcan 28 mil metros cuadrados. «O sea, que manejo un volumen de tabaco bastante alto».

Dejó de cultivar la variedad San Vicente en 1998-99, cuando «se cayó todo» porque decían que el tabaco de Nicaragua era mejor. Desde entonces sólo siembra las variedades de 16 semillas traídas de Cuba que mantiene y cuida, pues «la calidad de mis tabacos depende de la pureza de la semilla y la zona donde siembro». Por ello trabaja el tabaco por cosechero y por finca, ya que conoce las características organolépticas de cada tabaco, por zona.
Como «todo en la vida tiene una manera muy lógica y sencilla», leer, estudiar y pensar han sido parte de su éxito. Comenzó a sembrar capa en el año 2000 y desde entonces no deja de experimentar sobre organización y métodos de cultivo, el funcionamiento de las casas de tabaco y los procesos de fermentación. Explica que el riego por goteo no paga la tripa, pero sí la capa, y este año espera obtener entre 100 y 200 mil libras de variedades como Corojo original, Corojo 99, Corojo 20-20, Habana 2000, San Andrés, HVA y Santi Espíritu.
Todo ello de la mayor calidad, procesado al natural, pues «a nadie le vendo una capa si no está terminada y se prohíbe vender una hoja de tabaco que no sea la variedad que nosotros decimos». El reconocimiento de fabricantes de cigarros importantes de otros países es su mayor satisfacción, porque «estoy poniendo en alto el nombre de República Dominicana».
Además de las empresas grandes, a través de Tabacos del Campo Leo suple a muchos fabricantes pequeños que no están en zona franca. «Hay que dar oportunidad a los jóvenes. A veces vienen sin dinero. Les digo, ‘mira, te lo voy a fiar’. Abrir una paca por una libra de tripa no es correcto, pero lo hago con amor porque me pongo en su lugar… Así he perdido cantidad, pero no importa, por otro lado viene. Hay que hacer el bien».
Normalmente emplea a 600 ó 700 personas, pero en época de cosechas llegan a ser de 4 mil a 6 mil por semana. Muchos son haitianos, a quienes apoya para que legalicen su situación y en muchos casos, con su propio dinero les cubre sus gastos médicos.
Él es un hombre austero: «No necesito nada, porque cuando tengo dinero en los bolsillos me llega el fin de semana y lo reparto entre los trabajadores o en lo que sea, porque no sé gastarlo». Asegura que nunca ha pedido a su contable un centavo, más allá del salario que cobra y entrega puntualmente a su esposa. «Soy feliz así. No necesito presumir de nada».
A unos meses de cumplir 35 años con su empresa, comenta que le gustaría cultivar sólo unas seis variedades de ciertas semillas que ha escogido y transformarse en compañía boutique, así como poner en marcha una fabriquita de cigarros para dar salida a los tabacos que ha almacenado por mucho tiempo, «pues en este negocio no se paga el añejamiento».
Siempre se negó a hacer cigarros porque no quería que sus clientes lo vieran como competencia, pero a estas alturas le gustaría estar más relajado y disfrutar de lo que ha hecho y aprendido. Sin pensar en el dinero, se trata de sacar esos tabacos de calidad exquisita aprovechando su inventario.
«Al final, el tabaco me ayudó a que mis padres no sufrieran en su vejez, a que murieran dignamente y a que también mis hermanos, los que son exitosos, salieran de mis manos… porque no fueron mis manos, sino la mano de Dios».






