La Tragedia del Maine III: Una misteriosa explosión

Vitolfilia

José Antonio Ruiz Tierraseca

   “Realmente el suceso, casual a todas luces, no podía ocurrir en época peor”.

Revista Blanco y Negro, febrero, 1898.

La noche del 15 de febrero de 1898 parecía a todas luces una más dentro de la aburrida rutina de los marineros del Maine, anclados en tierra cubana desde hacía ya tres semanas y con perspectivas de permanecer inactivos aún mucho tiempo más. Como todas las noches, una guardia nocturna compuesta por unos pocos marines y algunos oficiales combatía el aburrimiento charlando. Muchos de los marineros y oficiales se encontraban fuera del barco asistiendo a una representación en el teatro Albisu, delante del cual, indignados oficiales españoles se reunieron un mes antes para destrozar un periódico, como ya vimos anteriormente.

Los corresponsales norteamericanos comían, a su vez, en un restaurante cercano al acorazado. El capitán se encontraba en su camarote escribiendo una carta para su mujer en la que se mostraba optimista respecto del desenlace de la situación; súbitamente, a las diez menos cuarto, se produjo una tremenda explosión.

“Fue un estampido ensordecedor, seguido de una serie de ruidos metálicos causados, seguramente, por el derrumbamiento de la superestructura central, la explosión y la caída de grandes masas de materia. El casco experimentó una sacudida violenta, acompañada de trepidaciones, cabeceando y escorándose violentamente a babor, con un movimiento general de sumersión. Muchos, tanto a bordo como en tierra oyeron dos estampidos; el primero fue breve, pero el segundo, que siguió inmediatamente, fue mayor y más prolongado.

«Desde tierra se vio una espesa columna de llamas y humo gris que salía del buque, proyectando en el espacio fragmentos incandescentes. A una altura de 150 o 160 pies, la columna de humo formaba como un dosel de nubes, que se cernía sobre el barco, dejando caer una lluvia de trozos de materiales, algunos de los cuales cayeron a media milla del barco. Me di cuenta inmediatamente de que el barco se hundía por la banda de babor”, escribió el capitán Charles Dwight Sigsbee.

Una de las chimeneas cayó sobre la cubierta, el capitán Sigsbee ordenó que se bajaran los botes salvavidas para recoger a los marineros que habían caído al mar. La proa se hundió casi enseguida, y la popa de este barco casi partido en dos comenzaba a hundirse lentamente. Las explosiones adentro continuaban a causa de los depósitos de municiones. Muy pronto los botes salvavidas del crucero español Alfonso XIII y de un buque de línea americano, el City of Washington, fueron al auxilio de la desgraciada tripulación. Los marineros españoles no dudaron en arriesgar la vida para salvar a los estadounidenses.

El último en abandonar el Maine fue su capitán, que subió a bordo del City of Washington mientras a su espalda el acorazado de segunda clase terminaba de posarse sobre el barro del puerto de La Habana a 15 metros de profundidad. Solo sobresalían del agua una chimenea y uno de los mástiles. La catástrofe había causado 257 bajas, entre ellas la de dos oficiales, de un total de 355 tripulantes con que contaba la embarcación.

Una vez a salvo en La Habana, el capitán Sigsbee redactaba un mensaje para su gobierno en el que aconsejaba con prudencia “acallar a la opinión pública hasta nuevo informe”. Pero un periodista norteamericano se hizo con el texto y la noticia saltaba a los periódicos de los Estados Unidos con gran sensacionalismo. Este fue el titular con que salió a la calle el diario New York Journal de William Randolph Hearst, del que hablaré más tarde:

El dibujo de la portada representaba al acorazado anclado en el puerto de La Habana con una bomba debajo que se encontraba conectada por medio de unos cables con la fortaleza del Morro. Los periódicos sensacionalistas de tan gran calado en la opinión pública estadounidense ya habían sacado sus conclusiones a las 24 horas de la explosión: los españoles habían volado el Maine.

Como es natural, la reacción a este incidente de consecuencias insospechadas fue la total colaboración del gobierno español representado en la isla por Don Ramón Blanco.

Anilla de origen cubano de D. Ramón Blanco Erenas (Marques de Peña Plata). Capitán General español (1833-1906). Fue capitán general de Cuba en 1898.

Fue precisamente la celeridad con que se atendió a los heridos en los hospitales de La Habana así como la puesta a disposición del capitán Sigsbee, de dinero, policia y provisiones lo que hizo templar el juicio de este marinero que no quiso comunicar a su gobierno unas conclusiones demasiado precipitadas y que además aconsejó que no llegase ningún nuevo buque más de la Marina norteamericana.

El 17 de febrero tenía lugar el funeral de los marineros fallecidos en una ciudad repleta de crespones negros en todos sus edificios, ya fuesen públicos o no. En esos primeros días de incertidumbre y dolor se publicó en la revista española La España Moderna un artículo sobre la tragedia, escrito por Don Emilio Castelar, el insigne politico español, al igual que la gran mayoria de los oficiales españoles y estadounidenses tenía claro al menos, lo que no había podido ocurrir:

“Nadie pudo atentar a un buque tan sigilosamente vigilado por sus propias tripulaciones, y sólo explosivos internos, almacenados en sus bodegas y encendidos a una eléctrica corriente, ha causado tan enorme desgracia”

Anilla de origen cubano de la marca PARTAGÁS, en la época de J. A. Bances Álvarez y de González; de D. Emilio Castelar y Ripoll, político, escritor y célebre orador español (1832-1899), nacido en Cádiz y muerto en San Pedro del Pinatar (Murcia).

Con independencia de cuál fuera la causa, la mayoría de los oficiales norteamericanos coincidían con Castelar en que no había sido externo sino interno. Los periódicos no sensacionalistas reaccionaron con prudencia en Estados Unidos. La prensa amarilla fue mucho más lejos.

Si ya la “incendiaria” portada del New York Journal se las traía, la del New York World no se quedaba atrás. Este diario exigía que la escuadra norteamericana pusiera rumbo a La Habana para pedir una indemnización en 24 horas o si no la ciudad debería ser bombardeada. Buen momento es para hacer un pequeño paréntesis para examinar cómo era esa prensa sensacionalista que tanto influyó en el correr de los acontecimientos.

La prensa amarilla norteamericana

Remington. Favor de quedarse, usted suministre dibujos que la guerra la fabrico yo.

Telegrama de William Randolph Hearst a su corresponsal Frederick Remington en La Habana antes de la explosión del Maine.

El gran director norteamericano Orson Wells dirigió en 1941 una de las mejores películas de todos los tiempos, Citizen Kane (Ciudadano Kane). Esta película no es sino una caricatura de William Randolph Hearst, el gran magnate de los medios de comunicación. No es de extrañar que cuando se enteró del proyecto que el veinteañero Welles iba a llevar a cabo le atacase con toda su inmensa batería de sus emisoras de radio y sus diecisiete grandes diarios. Nada pudo hacer y la película es hoy inolvidable. Charles Foster Kane es la persona ambiciosa y sin escrúpulos, como la prensa amarilla que Hearst ayudó a cimentar a base de mentiras y manipulaciones dirigiendo el New York Journal. Pero no estaba sólo en la tarea, en la misma ciudad tenía su sede el New York World, propiedad del conocido periodista Joseph Pulitzer.

Al contrario que la inmensa mayoría de diarios estadounidenses, que intentaron en todo momento ser tan cautelosos con el tema cubano como sus dos presidentes Stephen Grover Cleveland y más tarde William McKinley, el Journal y el World no estimaron esfuerzos para azuzar a la opinión pública de sus país y ponerla en contra de España y a favor de una intervención armada. El telegrama que abre este apartado no deja lugar a dudas. El corresponsal del Journal estaba a punto de dejar la isla de Cuba ante la casi inexistencia de incidentes entre insurrectos y leales a España, pero Hearst le ordenó que se quedase, “él inventaría la guerra”.

Fue también el Journal el que publicó la correspondencia del embajador español Enrique Dupuy de Lome insultando a McKinley, y también los primeros que acusaron a los españoles de la voladura del Maine por medio de “una máquina infernal secreta del enemigo”. “Recordad el Maine” y “Al infierno con España” fueron sus lemas durante esos días de imparable tensión.

Los dos diarios llegaron a organizar una colecta conjunta para erigir un monumento en recuerdo de las víctimas del acorazado. Los periódicos al final consiguieron su objetivo y la guerra estalló, vendiendo un millón y medio de ejemplares diarios.

Es curioso cómo, con motivo del Centenario de la guerra hispanoamericana, la comisión organizadora en Estados Unidos niega rotundamente la decisiva influencia que este tipo de prensa sensacionalista tuvo en el desencadenamiento del conflicto, que fue llamado por muchos norteamericanos “La guerra de Hearst”. Por algo sería.

 

Conjunto compuesto por diferentes anillas de militares y marinos de Estados Unidos que tuvieron relación con la guerra hispano-norteamericana, pertenecientes a las marcas Mexicanas LA ILUSION, LA TRINITARIA Y LA VIOLETA.

Las Investigaciones

“Vivamos prevenidos, porque aún falta por desollar la popa del Maine, y hay comisionado yankee capaz de vestirse de buzo y bajar al fondo de los mares en busca de testigos de cargo”.

Luis Royo Villanova, revista Blanco y Negro, marzo, 1898.

Tras la explosión, comenzó un auténtico calvario para el gobierno español, que quería demostrar a los cuatro vientos que la catástrofe del Maine había sido casual y no provocada. Pero cuando propusieron a los norteamericanos la creación de una comisión española de investigación, se negaron. A pesar de la negativa, las autoridades españolas enviaron a varios buzos a inspeccionar el lugar del suceso, aunque los ingenieros permanecieron en los alrededores en diferentes embarcaciones sin acercarse al barco. La comisión española concluiría al final sus trabajos negando la posibilidad de que alguien hubiera hecho volar desde fuera el Maine.

La segunda negativa vino cuando los españoles propusieron a los americanos investigar juntos las causas de la voladura. El secretario de Marina John Long no estimó esta idea necesaria. El 20 de febrero llegaban a Cuba los comisionados norteamericanos, tres jueces y un secretario, uno de ellos el capitán William Thomas Sampson, que intervendría semanas más tarde en la guerra contra España de manera decisiva. Durante 22 días se encargaron de examinar cada centímetro del desdichado barco. Antes de esta llegada, el cónsul Fitzhugh Lee ya se había encargado de acusar a España de volar el Maine por medio de un torpedo.

La comisión investigadora barajó todas las posibilidades posibles a la hora de fijar la causa de la tragedia. Una de ellas, la más posible, era que en el carbón hubiese tenido lugar una combustión espontánea y el calor hubiera prendido la munición del barco. Hay que señalar que el Maine, como muchos otros barcos de su tipo de la época, tenía el depósito de combustible y el de las municiones pegados pared con pared, en este caso separados por una gruesa mampara. A esta suposición se contestó con que el único pañol que se encontraba lleno de carbón contaba con un termostato regulador que avisaba de cualquier posible calentamiento excesivo.

Los tres jueces pusieron gran interés en subrayar el hecho de que muchos testigos habían escuchado dos explosiones y no una. Al final llegaron al convencimiento de que la primera explosión había tenido su origen fuera del barco y que ésta a su vez habría provocado la segunda en su interior.

Respecto de esta conclusión que tan funestas consecuencias tuvo para España, el historiador Guillermo G. Calleja señala, al modo de una novela de detectives, que para que hubiese habido una primera explosión interna, debía de haberse levantado en la bahía de La Habana una gran columna de agua y aparecer, al día siguiente, numerosos peces muertos por el estallido. No hay testigo español o norteamericano que haya visto columna de agua alguna. No hubo además tiempo para colocar una mina en el fondo de la bahía. Ni antes porque el Maine se presentó sin previo aviso, ni ya después bajo una vigilancia extremada.

La declaración final de la comisión, hablaba por tanto de una primera explosión causada por una mina submarina, aunque admitía desconocer quién podía haberla colocado. El presidente McKinley retuvo una semana el informe para estudiarlo con detenimiento, sin embargo ya no podía retrasar más algo que la prensa pedía a gritos cada vez más. Presentadas ante el Congreso las conclusiones de los comisionistas, el 25 de abril esa cámara declaraba oficialmente la guerra a España.

El informe español, aduciendo a un accidente interno la explosión del Maine, fue ignorado en Estados Unidos y no se le dio publicidad. Menos de 120 días después España había perdido sus últimas colonias. La Perla de las Antillas se convertia en un país independiente y comenzaba para España y la isla una hermosa relación entre hermanos. Sobre esto, el 15 de diciembre de 1899 el Círculo de Hacendados Azucareros de Cuba recordaba lo siguiente:

“Insulares y peninsulares constituyeron familias durante cuatrocientos años, el pueblo cubano no hizo la guerra a los españoles; combatió al gobierno español”.

 

Epílogo: El misterio continúa

Más de 120 años después de la famosa voladura, intentar averiguar a estas alturas qué fue lo que hizo hundirse al Maine es toda una tarea bizantina que no nos llevará a ningun puerto seguro. Una vez presentadas las dos posturas, la de la comisión española y la oficial norteamericana, los años han dejado al descubierto mil y una posibilidades para resolver este enigma histórico. Veamos algunas de ellas.

Para empezar, el Maine fue reflotado en la bahía de La Habana por las autoridades estadounidenses en 1911. Alrededor del famoso acorazado se había formado un gran banco de arena que hacía falta eliminar. El gobierno norteamericano se encargó de su reflotamiento; aprovechando esta circunstancia, se realizó otra nueva comisión investigadora. Las conclusiones fueron las mismas: una mina había hundido el barco.

La única novedad aportada fue que el agujero formado por la explosión no estaba tan a proa como se indicó en 1898. Cuando esta comisión concluyó sus trabajos, el Maine fue conducido a alta mar y hundido con todos los honores. La prueba principal era tragada definitivamente por las aguas.

Hay que trasladarse ahora a 1978 para seguir el rastro del Maine. En ese año el almirante estadounidense H. G. Rickover, jefe de la sección nuclear de la Armada, en colaboración con un ingeniero naval y un físico llegan a la conclusión opuesta: el buque se hundió por una explosión interna producida posiblemente por la detonación de unos cuantos peines de municiones en la proa. La acusación era una excusa para empezar a declarar la guerra.

Y acabamos con otras dos sorprendentes teorías. La primera asegura que fue nada menos que William Randolph Hearst el maquinador y responsable del atentado. La segunda y más reciente es la publicada en 1988 que apunta a que fueron los cubanos residentes en los Estados Unidos los encargados de fletar un comando que volase al Maine. Los planos de la mina, de tipo hidrostática,, le habrían sido suministrados por Fernando Blume a Aristides Agüero, agente de los rebeldes, cuando visitó Perú en 1895, y éste a su vez lo remitiría a la Junta Revolucionaria Cubana de Nueva York.

Lo más curioso de esta teoría es que a los pocos días de la tragedia, alguna prensa no sensacionalista de Estados Unidos había hablado de Agüero y de nueve cubanos que habían confesado ser los autores de la voladura. ¿Explotó el Maine o lo explotaron? Quizá algún día sepamos la verdad. Las hermosas anillas y habilitaciónes de este artículo han hecho posible que al menos nos traslademos por unos instantes a unos tiempos hermosos y trágicos que guardan celosos su misterio.

Afortunadamente los coleccionistas hemos podido recuperar piezas históricas, esto sucede con la anilla emitida para el banquete en honor al primer presidente constitucional de Cuba, Tomás Estrada Palma (1835-1908), que aquí podemos contemplar, así como tres anillas, SIN MARCA, con retratos del propio politico cubano.