Forajidos Capítulo 5: Venganza, Parte VII: Caos

Raúl Melo

El evento consumió gran parte de la noche y me dejó sumergido en una convergencia de sensaciones que pasaban del odio y la ira, al enamoramiento y la excitación. Por un lado Lafayaette y por el otro Lady Giselle; ambos como una próxima fantasía por cumplir.

Salimos del Yom Yom y fiel a su promesa, Adahy estaba afuera. No se había despegado del lugar, para mantenerse atento de cualquier cosa útil que pudiera notar.

–Nada distinto aquí. Lafayette llegó con apenas cinco hombres custodiando su carro, todos a caballo y un par más adelantándose a cada esquina y cruce de caminos. Menos de diez hombres en total. ¿Qué tal ustedes?, –informó.

 

–No mucho, en realidad. Lo vimos, lo escuchamos y hasta lo aplaudimos, pero hubo algo extraño: Lady Giselle, la dueña del lugar, se acercó en medio de su espectáculo y me dijo que sabía por qué estábamos ahí, y que nos ayudaría. Eso me tiene nervioso. Por más que pueda desear lo contrario, no sé podamos confiar en ella, –expresé al grupo.

No hubo más conversación. Montamos a nuestros animales y volvimos una vez más al campamento. Ahí, el señor Rubens nos esperaba con una cena especial, como si de verdad tuviéramos algo que celebrar.

–¿Y bien? ¡Cuéntenmelo todo, pues!, –nos ordenó con una amplia sonrisa dibujada en su rostro.

–Pues nada extraordinario. Confirmamos la cantidad de hombres que custodian a Lafayette y… –hice una pausa.

–¿Ajá? Continúa, muchacho, –apuró Rubens…

–Resulta que Lady Giselle se acercó y me dijo algo. Parece que nos descubrió y no sé cómo, –dije.

–¡ Ja, ja, ja..! Serás muy bueno para disparar, esconderte y fingir, pero no dejas de ser un idiota en el fondo, Doe. ¡Ja, ja, ja! ¿Cómo crees que conseguí los pases al más exclusivo evento de la ciudad? Lady Giselle es mi amiga, la conozco desde que era una niña. Crecimos juntos en tierras de Carrigan… bueno, ella creció, porque yo ya tenía mis años encima.

–¿Y no pudo decirme eso antes? Tal vez para que no me tomara desapercibido o no sé, por cortesía, como un detalle importante, –le reclamé.

–Muchacho, no tengo que decirte todo sobre todo; con lo necesario es suficiente. Tú sólo debes trabajar en tu confianza hacia mí y listo, –respondió.

Supongo que tenía razón. Aunque esa mentalidad es la que siempre me tuvo alejado de la milicia o cualquier fuerza del orden. No soy alguien que obedezca sólo porque sí… no soy tan animal.

Entonces entendí que el señor Rubens sabía que la noche sería exitosa, pues contábamos con el respaldo de Lady Giselle y el Yom Yom. Pero había algo que ignorábamos o que tal vez perdimos de vista al regresar al campamento, durante nuestra discusión o a la hora de la cena y celebración.

Aquel detalle omitido nos complicaría la operación en su totalidad, poniendo incluso nuestras vidas en riesgo.

Mientras nos alejábamos del pueblo, un regimiento entero de la Guardia del Sur había llegado a Lafayette. Debió ser obvio para nosotros que un evento privado no requeriría de la misma seguridad que uno al aire libre, en el que Lafayette buscaría ser el foco de atención de cada par de ojos en la plaza principal.

Pero no nos daríamos cuenta de ese hecho hasta muy tarde. Envueltos por la confianza de esa nueva alianza con Lady Giselle, permanecimos en el campamento hasta una hora cercana a nuestra entrada en acción.

Conforme nos internábamos en el pueblo pudimos notar la alta densidad de soldados presentes; por lo menos una decena en cada calle y media centena tan sólo en la zona principal del evento.

Adahy y yo estábamos por desistir de la operación, cuando Lady Giselle nos llamó hacia un callejón.

–Supongo que tanto puerco armado es un problema, ¿cierto?, –preguntó.

Yo no podía responder con la agilidad deseada, pues estaba nervioso como nunca antes, pero logré continuar la conversación.

–Sí, así parece. El plan pasó de ser complicado a imposible.

–En cierto, pero si cambias tu enfoque puedes lograr algo importante aquí, –sugirió.

–¿Cambiar mi enfoque? ¿Cómo?

–Bueno, tú quieres vengarte de Lafayette. Yo lo conozco desde hace muchos años, prácticamente crecimos juntos y sé lo que le duele. Si lo matas, te aseguro que le estarías haciendo un favor. Tal vez deberíamos hacerlo sufrir un poco antes, ¿no crees?

–Pues sí, hacerlo sufrir es lo que quiero y puede que tengas razón sobre simplemente matarlo. ¿Pero cómo lo puedo capturar o torturar aquí, con tantos de sus hombres? ¿Cerdos, dijiste?, –indagué.

–No… No hablo de capturarlo o torturarlo a él, pero ¿qué tal a sus cigarros? Claramente este evento tan mayúsculo y caro está dedicado a ellos, muestra de lo mucho que le importan, ¿no crees? Además, me enteré de algo especial: Lafayette piensa vender gran parte del inventario limitado de esta edición hoy y aquí mismo. Cree que puede acomodar cada pieza con un nuevo dueño y no está tan equivocado… si nosotros le ayudamos, –detalló.

–Parece que sabes de lo que hablas. ¿Tienes a caso un plan para ello?

–No precisamente un plan, sino más bien una idea. Esperaba que el plan lo elaboraran ustedes… dama… forajido… ¿comprendes?, –dijo a manera de broma.

–Ok, comprendo. ¿Y cuál es la idea?, –continué.

–Detrás del escenario en el que Lafayette dará el discurso de presentación y realizará la develación de su pieza habrá una carpa, y dentro de ella tres carros cargados con el inventario total de Carrigan. ¿Qué hay que hacer? Simple: tomar las carretas y huir del lugar, –expuso.

–Pues sí, es interesante y lo dices muy simple, pero no parece algo tan sencillo, –repliqué.

–La idea está ahí. Es lo que hasta ahora puedo hacer por ustedes, además de distraer a algunos cerdos con mis chicas y darles una salida libre por la parte trasera de la ciudad, –concluyó.

–No sé qué pienses, Doe. No sé de qué tamaño sea tu sed de venganza, pero me parece una idea arriesgada en la que gustosamente estaría a tu lado si decides llevarla a cabo, –dijo Adahy, con palabras que me convencieron de aceptar la propuesta.

–Está bien, amigo, así lo haremos. Sólo te pido que vuelvas al campamento por mis armas, avises al señor Rubens del plan y le digas a Alyssa que se prepare, porque manejará uno de los carros y, evidentemente, espero que puedas apoyarme con el segundo de ellos, –asentí, con un tono de solicitud de ayuda.

–Así lo haré, amigo. Con su permiso, señorita Giselle, –se despidió, antes de retirarse para cumplir con su parte del trato.

CONTINUARÁ…