Escocia, mucho más que Castle View, la ruta B-6371 o las bodegas de Fedex

DE TODO MI GUSTO

Michel I. Texier Verdugo

Mis certezas desayunan dudas, y hay días en que me siento extranjero en Montevideo y en cualquier otra parte. En esos días, días sin sol, noches sin luna, ningún lugar es mi lugar y no consigo reconocerme en nada, ni en nadie.

La Pálida, Eduardo Galeano

Le comentaba a Gabriel Estrada y Marcelo Ceva, bajando por la Royal Mile en Edimburgo, que el primer libro que recordaba haber leído era La Isla del Tesoro de Robert Louis Stevenson, a quien, como a otros connotados patriotas escoceses, se le hacen frecuentes menciones en distintas zonas de la ciudad en cuyo punto más alto se encuentra el Edinburgh Castle, cuya puerta se yergue flanqueada por las estatuas de William Wallace y Robert de Bruce.

Muros de piedra extensos y de edad indefinible se nos aparecían en cualquier rincón de Dumbarnie, Duddington o North Berwick, también las turberas como en Port Seton o los jardines floridos como en Glenkinchie, Longniddry o Aberlady.

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Edificios clásicos producto de una planificación urbana en la New Town que databa de fines del 1700 casi nos obligaban a caminar con la vista hacia arriba, cautivados por la belleza de la roca desnuda de las construcciones, por los Close que en cada cuadra nos invitaban a descubrir un paisaje oculto, misterioso y diverso, como el White Horse Close que le dio el nombre al clásico whisky de mezcla que hasta el día de hoy se comercializa en todo el mundo.

Fumar fue un desafío, tanto por el clima como por las restricciones legales, sin embargo, tanto los campos del Scottish Open como del soñado 150 British Open de golf, motivo original de nuestro viaje, nos vieron encender un puro y disfrutarlo entre links, fairways y greens en una vivencia surrealista que fue para mi cumplir varios anhelos, entre ellos recorrer, fumando, los campos de la cuna del golf.

No se puede describir lo que es The Royal and Ancient Golf Club of St. Andrews. Para quien no es un amante del golf, con data original de 1754, ya estaba allí 60 años antes de la batalla de Waterloo, o 64 años antes de la independencia de Chile. En sus pastos se respira lo más parecido a la magia que pueda existir en el mundo del deporte y, sin duda, en la vida hay un antes y un después de St. Andrews.

Quizás nada describa mejor la complejidad inigualable de los parajes escoceses como esta pintoresca instrucción, en un tramo mínimo en el recorrido entre  Glenrothes y Tranton: “En el empalme Abbotsview Jct. use el carril izquierdo para seguir hacia A199 en dirección a Haddington A6093, East Linton, Athelstaneford B1343, Drem B1377, Gullane A198”, las rutas no son la 1, 3 o 9, sino 720, 1347 o 6371, rompiendo toda lógica numérica secuencial a la que podamos estar acostumbrados, los caminos interiores, con tránsito en ambos sentidos, apenas dejan lugar para el paso de un vehículo de tamaño medio y en los campos surcados por estos caminos crece la cebada de la que nacerá el whisky que, al igual que el golf, le ha dado fama a Escocia.

La amistad surgida a partir de la interacción en el mundo del tabaco es objeto de constantes menciones, de artículos en esta misma revista, firmados por cofrades que también son amigos, de programas en vivo y celebraciones en público y en privado, extenderme nuevamente en ello sería, sin duda, una reiteración innecesaria. 

No obstante, lo que sí voy a agregar, es que no es hasta viajar juntos que muchas veces la verdadera connotación de las relaciones humanas surge en su verdadera dimensión, la interacción ininterrumpida, la convivencia 24 horas al día por varias semanas, la necesidad de ponerse de acuerdo en horarios, acciones, comidas y un sinfín de otras variables, pone a prueba la calidad de cualquier relación personal, el estilo de preparar el porridge por las mañanas, la elección de la fruta y las barras de cereal que nos llevábamos al golf, el horario de dormir, el cuidado por el sueño de los otros a pesar de los distintos ritmos de funcionamiento y hábitos diarios son pequeños detalles que pueden fortalecer o deteriorar cualquier relación personal y en esta historia el balance fue sin duda el mejor que podríamos haber imaginado. 

Nos acompañó siempre la risa y la tolerancia, nunca hubo una discusión o un desencuentro y las “saudades” de volver están indisolublemente ligadas a hacerlo en la misma compañía y ojalá agrandando el grupo para que otros amigos puedan, como nosotros, disfrutar de las incomparables jornadas que supo brindarnos la aventura en Escocia.

Los primeros días no conseguíamos fumar, circunscritos a un edificio que no lo permitía y acompañadas de un clima que volvía inviables las terrazas. Recién el primer día del Scottish Open en North Berwick pudimos, junto con Gabriel (Marcelo llegaba ese día por la noche) encender nuestro primer tabaco, obviamente, un Estrada Vintage by Joya de Nicaragua fue el escogido y pudimos sentarnos en el Food Court, abierto para fumadores, a disfrutar nuestra fumada mientras seguíamos los pormenores en la pantalla gigante instalada en nuestro frente.

El domingo, en la jornada final del torneo, nos fue imposible encender algo y consumimos el tiempo recorriendo la cancha y acompañando el desempeño de quien a la postre resultó triunfador, Xander Schauffele, por lo que tuvimos que postergar las ganas para los días siguientes.

Lunes o martes fue el día de fumar en Edimburgo, mientras Gabriel descansaba (no en vano fue el conductor designado los varios miles de kilómetros que recorrimos durante nuestra estadía) Marcelo y yo nos abocamos a encontrar un lugar dónde encender algo en el horario después de almuerzo. Lo logramos a pocos pasos de nuestro apartamento, en Elm Row, las puertas del bar Joseph Pearce estaban abiertas y su cómoda terraza en un ochavo con Montgomery St. nos brindó la tranquilidad y el tiempo necesarios para fumar y conversar sin prisas ni apremios, con la certeza y felicidad de saber que estas donde quieres estar y con la esperanza de poder repetir el hecho en los días siguientes, cosa que solo ocurriría en los links de Dumbarnie y St. Andrews.

La tarde en Dumbarnie cuenta para una historia por sí sola, retrasados en la salida por un error del starter (el día de mi debut como caddie oficial de la dupla Estrada-Ceva), y con una generosa dosis de whisky Loch Lomond incluida en el precio del green fee, fue el día en que cumplí el sueño de recorrer un campo de golf libremente, con un guante y un puro encendido en mi mano izquierda mientras mis dos amigos se enfrascaban en un match que solo se resolvería en los dos hoyos finales a favor de Gabriel y en donde disfrutamos a plenitud la libertad y extensión de un clásico link escocés al borde del mar, con vistas insuperables, un clima perfecto y la tranquilidad sin precio del que se pasa una tarde logrando hacer lo que le gusta.

Luego vendrían las fumadas en St. Andrews, tanto el día de práctica, donde intercalamos seguir jugadores, conocer el campo y acercarnos al putting green a presenciar como entrenaban los profesionales el uso del palo más importante de la bolsa y por supuesto, conseguir alguna firma para la bandera conmemorativa del torneo (nos llevamos felices, entre otras, la de Cameron Young, subcampeón por apenas un golpe cuatro días después), como el día de la ronda final, donde hicimos una larga pausa sentados al borde de la mitad del campo, en el cual confluían varios greens y tees de salida, para encender un tabaco y disfrutar la posibilidad de contar, hasta el fin de nuestros días, que nos dimos el gusto inigualable de fumar durante la realización del 150 Open, el día final, al borde de sus pastos, en medio de la euforia de los asistentes, en un hecho irrepetible y en la perfecta compañía de dos amigos con los que, cada vez que volvamos a vernos, explícita o implícitamente, estaremos pensando en el pedazo de historia del que pudimos ser parte.

No tengo ningún dios. Si lo tuviera, le pediría que no me deje llegar a la muerte: no todavía. Mucho me falta andar. Hay lunas a las que todavía no ladré y soles en los que todavía no me incendié.

Las huellas digitales, Eduardo Galeano.