Blackbird Cigar. La importancia de ser tú mismo

Jonás Santana es la cara de la empresa; su hermano Vladimir, el encargado de la administración y la estrategia financiera, y Juan de Jesús Peña, Papo, El Caballo, el Master Blender que crea los cigarros y –junto con sus hijos– conduce el proceso de manufactura. Tres socios con personalidades fuertes, quienes unieron sus talentos para formar una familia, Blackbird, y en sólo seis años han dado ejemplo y un significado nuevo al concepto y manejo de una marca. Desde la República Dominicana, una bocanada de aire fresco para el Mundo del Tabaco.

LOS HERMANOS Y PAPO

Hijos únicos, Vladimir y Jonás nacieron en la ciudad de Santiago de los Caballeros. El primero, quien recién cumplió los 36, le lleva al menor tres años, tres meses y 23 días; una cuenta que siempre recuerdan, sin especial motivo. Su madre se dedicó al hogar y su padre, aunque Ingeniero, se apasionó por la política, lo que a la larga ocasionó el rompimiento de la pareja.

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Vladimir estudió Ingeniería Civil y Jonás, Mercadeo, en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), en Santiago; un colegio costoso que solventaron con apoyo de la Fundación APEC de Crédito Educativo (Fundapec). Tras el rompimiento de sus padres la situación económica se complicó y Vladimir emigro a Estados Unidos para apoyar a su madre y que Jonás pudiera concluir sus estudios.

Vladimir trabajó en Boston, luego en Nueva York y finalmente se estableció en Miami, donde tenía –en sociedad– una bodega o Minimarket. Alrededor de 2009 Jonás comenzó a ir para trabajar con él durante sus vacaciones intersemestrales, hasta que poco antes de terminar la carrera recibió su primera oferta de trabajo, en una fábrica de puros.

Por su parte, a esas alturas Juan de Jesús Peña llevaba mucho tiempo ya en la industria. Nacido en Tamboril y el mayor de 11 hermanos, desde los 10 años lo mandaron a trabajar a una fábrica de chocolates. Pero no le gustaba, pues al lado elaboraban los cigarritos locales –llamados popularmente perritos– y él prefería el olor del tabaco. Para su fortuna, muy pronto llegó a Puros del Cibao, donde su historia comenzó…

A los 12 ó 13 años ya estaba fumando, probando tabacos, y elaborando cigarritos, de 700 a mil por jornada. Los tabaqueros decían “este man es un caballo haciendo cigarros”, y lo bautizaron con el sobrenombre que le ha distinguido. A punto de cumplir los 60, con 48 años de experiencia, sabe que con Blackbird lanzó su última carta y prepara para el relevo a sus hijos Emmanuel de Jesús y Alfonso.

Considera que en esta empresa todos –desde quien barre o limpia los baños, hasta el Gerente– son igual de importantes, y desea que “todo el que está en este barco se sienta conforme, orgulloso, crezca” y logre una mejor vida. “Porque en estos últimos años trabajado con Jonás y Vladi me siento de ellos como no te puedes imaginar. Esos dos muchachos, que de parte mía son únicos, ahora son mis hijos. Quieren que yo cierre muy arriba mi capítulo en el Mundo del Tabaco, y esta oportunidad para mí cuenta mucho… lo vale todo”.

JONÁS Y LOS CIGARROS

Un amigo de Jonás le pidió ayuda para la composición de una marca que deseaba lanzar. Al ser hijo de un empresario tabacalero, dueño de una fábrica con más de 60 años, quería hacer lo propio e ingresar al negocio familiar como parte de la nueva generación. Cumplido el acuerdo, tras mostrar el resultado a su padre, le llamó para preguntarle si en lugar de un pago prefería un empleo. Así empezó todo.

Como mercadólogo, cuando entró a la fábrica detectó los faltantes y la necesidad de aprender Diseño Gráfico, por lo que hizo un curso de varios meses. Hasta ese momento no fumaba ni tenía interés alguno por los cigarros, pero al consultar a una profesora de la universidad, ésta le aconsejó que si en verdad deseaba crecer en ese negocio y ser algo en la vida, debería aprenderlo todo respecto del producto.

“Desde que ella me hizo ver eso –relata–, tomé la costumbre de saludar cada mañana a la gente de todos los departamentos”. Empezaba en el Aging Room, seguía con quienes empacaban, el área de clasificación y terminaba donde Papo, El Caballo, a quien conoció ahí. “Yo le decía: ‘Mira, ¿qué yo puedo hacer para aprender?’, y le insistí tanto, que finalmente aceptó. ‘Si es verdad que vas a aprender, te necesito aquí a las siete de la mañana, una hora antes de tu horario. Te voy a poner a fumar y a enrolar cigarros con los tabaqueros, y luego te vas a la oficina’.”

Aunque vivía en Santiago, a diferencia de todos sus compañeros –quienes preferían Tamboril porque ahí está la fábrica–, se presentaba puntualmente y cada cigarro que prendía era una nueva pregunta para Papo. “Y así todos los días… él decía ‘concha, no me gusta, porque tú siempre me estás preguntando una vaina nueva’.” Además de aprender, sentarse a trabajar con los tabaqueros le permitió hacerse pana de todos ellos también.

Después, decidió hacer los tours de la fábrica porque así iba a conocer todos los procesos. Se involucró con cada departamento de manera más profunda, preguntaba e iba anotando la información. “Puedo decir que pasé por todas las posiciones –continúa Jonás–, pero me lo tomé de tarea y pensaba: ‘yo no sé por qué siento que esta vaina me va a llevar a un lugar que no estoy viendo’.”

HACIA ESTADOS UNIDOS

Todo siguió así, hasta que después de un año Papo, El Caballo, se fue de la fábrica. Jonás había comenzado a viajar con el dueño a Estados Unidos para visitar tiendas, pero meses después comenzó a hacerlo solo y cada vez regresaba a República Dominicana con ventas. “Nunca tuve vergüenza de hablar. ¿Por qué debo avergonzarme al decir una palabra errónea en Inglés, si no es mi primera lengua? Cuando no sé decir una cosa de una manera, la digo de otra, y si siento que la dije mal, pregunto: ‘¿lo dije bien?’.”

Viajar fue cada vez más frecuente, pues se encargaba del manejo de clientes, su seguimiento y proyectos nuevos. Pero también de marcas privadas hechas en la fábrica, los tours y otros eventos. “Me gané ese puesto –afirma–, y no por amistad. El padre de mi amigo comenzó a tomarme mucho cariño, porque veía que era humilde y no me sentía el que más sabía. Pero también, que era atrevido y no importaba si me mandaban a Dubai, que como quiera iba, porque una de mis metas en la vida era conocer el mundo”.