Forajidos. Cabalgata

NOVELA POR ENTREGAS

Historias de tabaco en el viejo oeste

Capítulo 5: Venganza

Parte I

Raúl Melo

Aun cuando el camino a casa se iluminaba por las llamas del infierno que dejaba atrás, mi pensamiento permanecía oscuro y nublado por la imagen de JC en sus últimos momentos, por las palabras y promesas que alcancé a hacerle, y por el hecho de que una vez más no había podido cumplirlas.

Aquella cabalgata no fue como las de antes… el recorrido era el mismo entre la bulliciosa Lafayette y la tranquilidad del bosque y la cabaña, pero además de hacerlo en soledad, mi mente permanecía llena de recuerdos e ideas que navegaban entre la culpa y la ansiedad.

Me debatía entre distintos planes de venganza y las cuentas que debía entregar a Alyssa y el señor Rubens: una maraña de palabras que no me dejaba escuchar nada más del exterior.

Cuando reaccioné estaba llegando a la cabaña, había concluido el camino a casa sin recordar cómo, y una vez más tenía algo que agradecer a Lucky Bastard, que me sacó del peligro y llevó a destino sin recibir muchas indicaciones.

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En cuanto cruzara el umbral del acceso principal a la cabaña tendría que ofrecer muchas explicaciones, así que estuve un rato afuera y llevé al caballo a comer y beber a ese espacio improvisado que llamamos establo. Parecía que nadie había notado mi retorno.

El golpe de adrenalina de la huida me había agotado, las piernas ya no respondieron y me dejé caer lentamente, recargado contra uno de los muros. De entre mis ropas saqué un Black Bear un poco maltrecho y una cajita de fósforos humedecida por el ambiente y mi temperatura corporal.

Con lo que parecían mis últimas energías brindé un pequeño masaje al cigarro, como tratando de enderezar su forma antes de darle fuego. Tomé un par de cerillas, que debí tallar un sin número de veces hasta poder hacerlo de la manera correcta para encender su chispa.

El fuego de estos pequeños trozos de madera permitió encender el tabaco, cuyos sabores y humo denso eran una caricia al paladar. El ambiente seguía nublado, pero ahora entre notas de cacao y café tostado. Cada bocanada me relajaba un poco más, y sólo así comencé a sentirme listo para entrar a la casa y resistir la avalancha que me esperaba tras la pesada puerta de madera.

El valor había llegado, pero las fuerzas abandonaban mi cuerpo. Mientras me desvanecía sobre algunas pacas de heno, aún sosteniendo ese Black Bear entre los dientes, Alyssa notó mi presencia y entró al establo.

–¡John, volviste! ¿Dónde está JC?, –preguntó, e insistía, cada vez con mayor preocupación impresa en su voz y mirada.

No tenía palabras, pero sin poder contenerme más, sobre mi rostro comenzaron a rodar las lágrimas, señal inequívoca de que algo estaba mal.

–John, ¿dónde está él niño?, –dijo una vez más, cuando rompió a llorar.

Me reincorporé como pude y la abracé, recargué la cabeza sobre su hombro y con el resto de mis fuerzas le susurré:

–No pude, no pude… Lo mataron, lo torturaron y asesinaron… Todo junto a mí, estaba ahí, no me di cuenta, ignoré el barullo. Alyssa, perdónenme, por favor. Yo le di esperanza al chico y luego le fallé, prometí algo y no cumplí. ¡Perdóname, por favor!, –repetí una y otra vez, entre sollozos.

Ella me abrazó fuertemente y acompañó mi llanto hasta que el señor Rubens se apareció, seguramente curioso al escuchar los lamentos a unos metros de su puerta.

Tan elocuente y sabio como siempre, ese gran oso encarnado en humano únicamente permaneció mirando, y dijo:

–¿Y que vas a hacer al respecto? ¿Qué vamos a hacer?, –aclaró.

Mi llanto cesó por un instante, para cambiar el sentimiento de la tristeza a la ira.

–No lo sé, pero quiero sus cabezas. Cabalgaré con la cabeza de Clinton y de Lafayette atadas a cada lado de mi silla. Quiero torturarlos hasta que deseen jamás haberme conocido, tener únicamente sus cabezas tras haber cercenado el resto de sus cuerpos pieza a pieza, sin dejarlos morir. Quiero que sufran, que me sientan… ¡que se arrepientan en agonía!, –grité al cielo, como enviando el mensaje hasta la ciudad.

–La siguiente pregunta es aún más importante, muchacho. ¿Cómo lo vas a hacer?, –inquirió el viejo.

–No lo sé. Quiero ir a buscarlos en este momento, entrar a su casa derribando puertas, disparando las gemelas en todas direcciones… bañarme en su sangre, verlos arder como en el fuerte, –dije, en una especie de ráfaga de ideas que no dejaban de brotar desde mi imaginación, hasta que me interrumpió.

–¿Como el fuerte, dijiste?

–Sí, como el fuerte… ja, ja… lo quemé para poder salir. No estoy seguro de haber acabado con todos o con alguno, pero dejé una señal, de eso estoy seguro, –expliqué con orgullo.

–Una vez más eres arrebatado, John. Supongo que estarás consciente de que ahora saben que alguien estuvo en esa prisión y ese alguien supo lo que pasó con el chico y quiere tomar venganza. ¿Comprendes que los pusiste en alerta?, –cuestionó con autoridad.

–Bueno, ahora que lo planteas, supongo que sí. En ese momento no pensé, ¿sabes? Me consumían la ira y la desesperación. ¿Qué hubieras hecho tú? –reviré.

–Tranquilo, tienes razón. No sé lo que hubiera hecho en tu lugar, pero quiero que aclares la mente y analices el panorama completo, –respondió, mientras encendía su pipa.

Todos permanecimos en silencio. Sabíamos que cuando Rubens encendía su pipa se tomaba un momento para pensar y nuestra obligación era callar.

Para no permanecer simplemente expectantes, ofrecí a Alyssa un Black Bear y encendí otro. De a poco, los ánimos se relajaron… en silencio y sin estar de acuerdo, sentí que todos dedicamos esta humareda a la memoria del chico, pues sus manos aún estaban presentes en la hechura de estos cigarros y de todos los que permanecían en guarda para su venta próxima.

–Vender los cigarros sería una buena manera de honrar al niño, antes de cualquiera otra cosa, –dijo el viejo Rubens. Además de que necesitábamos dinero para comprar tiempo para la planeación, municiones y algún otro implemento que pudiéramos necesitar.

Entonces propuso que en cuanto terminásemos de fumar sacara de la covacha el próximo pedido, que él se encargaría de anillar para que nosotros alistásemos carreta y provisiones, de tal suerte que a primera hora saliéramos rumbo a Callahan Ridge, donde venderíamos nuestras existencias y levantaríamos un nuevo pedido.

–Muy bien, –dijimos ambos al unísono, sin cuestionar palabra alguna de nuestro líder y mentor aparente.

Nunca habíamos definido aquel asunto, aunque es justo decir que nunca hicimos nada más que vender cigarros y obtener materiales; temas que evidentemente recaían bajo los hombros de aquel sujeto experto y corpulento.

Del señor Rubens había aprendido mucho sobre la vida y el tabaco, pero ahora empezaba a entender sobre la templanza y la estrategia. Al día de hoy, no usar la cabeza nos había traído un par de problemas; uno más grave que el otro, hasta perder al muchacho.

Mientras limpiaba la carreta y acomodaba los compartimentos secretos, sentí que una energía fuerte me recorría el cuerpo. En ese momento sentí la presencia del chico alentándome a seguir en el camino, a dar continuidad al trabajo que comenzaba a amar y después seguir con las masacres, algo que también empezaba a gustarme.