El Mago de Blackbird

La historia singular de Papo, El Caballo

Alberto Arizmendi

Tamboril, en la República Dominicana, es como “una colonia de tabaco y puros” donde la gente prácticamente vive inmersa en ese medio. El lugar en el que La Aurora –una de las fábricas de cigarros más antiguas del país– elaboró sus pachuchés, hace más de un siglo, y en 1963 nació ahí Juan de Jesús Peña.

En aquel tiempo las familias acostumbraban mandar a trabajar al hijo mayor, “a irlo preparando para la guerra”, y en este caso –como el primero de 11 hermanos–, apenas cumplió diez años cuando comenzó en una fábrica de chocolates: el sitio equivocado, porque a un lado elaboraban los famosos perritos o cigarritos locales, y ese niño prefería el olor del tabaco al del cacao.

Para su fortuna, pronto lo llevaron a Puros del Cibao, donde con una yagüita (hoja de la palma) Juan de Jesús pasaba barriendo el taller, mientras los tabaqueros le acercaban los cigarros para que les terminara la perilla. Así, al cumplir 12 años ya probaba el producto, fumaba… pasados los 13 hacía perritos, y poco después era capaz de elaborar 700, 800 y hasta mil. Como muchos artesanos sólo lograban la mitad, decían: “este man es un caballo haciendo cigarros”, y ahí nació el sobrenombre de Papo, El Caballo.

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Cuando tenía 15 años supo que don Eladio Díaz –un hombre joven que rondaba los 30– trabajaba en La Santiaguense, en la Zona Franca de Santiago de los Caballeros. “Yo me le aparecí allá con una Cédula (de Identidad) alterada y me sentó en una mesa; vio potencial y me enseñó lo que son los puros, las vitolas… Arranqué con él y con su hermano Colita, y estuve ahí como dos o tres años”, cuenta.

Pero entonces Eladio se fue a La Tabacalera y Papo lo siguió. Ahí los puros se hacían totalmente a mano y le encargaron una vitola específica: un cigarro de 7 pulgadas, ring 50, denominado Presidente, del que lograba 550 piezas al día.

Durante su estancia en La Tabacalera –fábrica con injerencia del Estado– Papo fue sindicalista. Eran los tiempos de uno de los gobiernos de Joaquín Antonio Balaguer, quien nombraba al Gerente. “Lo oprimían a uno –narra–. Recuerdo que había faltantes de unos materiales y no se podía trabajar; sólo dijo: ‘o lo trabajan, o se van’. Tuvimos problemas; tanto, que la Guardia debió sacarme de ahí adentro”.

Como resultado, su nombre se incluyó en una Lista Negra y ningún patrón le daba empleo. Así que para sobrevivir trabajó como pintor y barbero, hasta que lo rescató un señor ya mayor –miembro sobreviviente del Movimiento 14 de Junio–, quien le recibió en una fabriquita que había montado. “Es una de las anécdotas más difíciles, porque antes Tamboril era terrible y cuando los tabaqueros se lanzaban para la calle duraban semanas peleando, hasta lograr que les aumentaran algo”.

Eladio Díaz salió de La Tabacalera para el establecimiento de Tabadom, donde con el ingeniero (…Batista) y (…Chopito Pérez) produjeron Davidoff. “Yo trabajaba con él –continúa Papo–, pero no mucho. Tenía la habilidad de hacer un cigarro pequeño, 5 pulgadas, ring 30, que al ser chiquito es difícil por el tiro, la succión. Eran los cigarritos que más volumen tenían en aquel tiempo.

“Recuerdo que un sábado Eladio tenía necesidad de cigarros y estábamos desayunando en el comedor. Al levantarme me dice ‘caballero, ¿dónde va?’. ‘Bueno, estamos medio tragueados’. Y dice, ‘si hoy me hace 500 le hago un regalito’. Me fui a trabajar y como a la una de la tarde le estoy tocando en la oficina. ‘¿Dónde está el regalo?’, le digo. Se me queda viendo, ’¿usted los hizo?’, y mandó llamar al Supervisor”, quien así lo corroboró.

TABACO Y RON

Papo, hasta hoy, le da el golpe a los cigarros. Por eso no olvida la experiencia del primero, que le provocó vómito, pero luego se fue adaptando a la nicotina directa. “Desde niño, este mundo ha sido como un vicio, porque como dice el merengue de Fernandito (Villalona, El Mayimbe), mezcla tabaco, ron y mujeres. Los viejos te enseñaban y como producías dinero rápido te llevaban a beber, a parrandear.

“La experiencia es bonita y es bueno vivirla desde abajo. Desde ahí vengo y por eso cada día, humildemente, trato de aportar algo. Este mundo del cigarro es como la Medicina, porque nunca dejas de aprender, y aun cuando te hace competitivo con tus compañeros de trabajo: el que mejor rola, empuña o liga, hay cientos, miles de tabaqueros, pero pocos Master Blender”.

En este nivel, “de gente buena, buena en esos años en que comencé nombraría a Eladio Díaz y Marino Grullón, quien estuvo con Fuente cuando llegó aquí (en los años 80), porque le quemaron la tabacalera en Nicaragua (y luego de otro siniestro en Honduras). Ellos eran genios, porque venían tabacos nuevos y sabían mezclarlos. Un buen cigarro no pasaba de tres tabacos. No como ahora, que llevan hasta seis tipos diferentes y hay tanto híbrido”.

Cuando estuvo en La Tabacalera y en La Aurora, en los talleres había un lector que les daba las noticias del mundo, pero los trabajadores permanecían con la cabeza baja, “sin futuro. Ahora tú oyes a los tabaqueros con un Reguetón, con una Bachata, que yo no sé cómo los cigarros salen buenos, porque tienes que concentrarte.

“Siempre digo que un puro es una de las artesanías más finas del mundo. Imagínate… se trata de complacer a una persona para que queme su dinero. Claro, porque hacer una mesa, pulir una piedra preciosa o pintar un cuadro es un arte, pero tú decir ‘yo quiero que un cigarro tenga aroma, dulzor, que sea cremoso y me sepa chocolate…’. A veces me han pedido que sepa a piel, a cuero, y eso ya no lo entiendo”.

TODA LA VIDA

Por su cuenta, en 1992 tenía 15 parejas de tabaqueros y a los dueños de Cohiba –que en ese momento tenían problemas– les hacía puros en esa fábrica. Trabajaba también para Juan Sosa, socio de los Fuente, y eso le ayudó mucho porque al tabaquero le enseñan lo práctico, no lo teórico, y estar al frente le permitió ir desarrollando la habilidad del paladar, que es lo primero para conocer los tabacos.

Una vez reincorporado a la industria –por así decirlo– Papo trabajó para Fuente, donde permaneció cerca de dos años. La anécdota es que cuando entró lo pusieron como rolador y ellos trabajaban con Chupi (un tubito circular de metal con el que extraen una porción de capa, una tapita, para terminar la cabeza del puro), pero el supervisor se descuidó y nunca le entregó el instrumento.

“Cuando se dio cuenta yo iba como para 300 puros a mano. Recuerdo que ese señor, a quien llamaban Pipí, agarró cinco o siete piezas, las paseó por toda la galera y les dijo: ‘Miren, esto es lo que es pegar directo’. Así se hacía con Eladio, dándole dos vueltas de cigarro para terminar rematando, trabajando la hoja con la chaveta”. Papo nunca descartó ese sistema, el mismo de Marino Grullón, quien tenía su carácter: “Me estaba enseñando a hacer empuño y se sentó a un lado. Cuando vio que estaba mal me lanzó un pescozón por la cabeza: ‘¿Tú vas a aprender o no?’. No le gustaba perder tiempo”.

 

Llegó a Manufactura de Tabacos, S.A. (Matasa), en Santiago. En esos años, los noventa, no se producían los Torpedo, y cuando los llevaron a la fábrica hubo que improvisar: se hicieron con puros de cepo 52 y un molde normal, dándole forma a fuerza de dedo. Papo fue parte de esa innovación, pues un cigarro de 5 pulgadas, cepo 50 “lo reducía con una Gillette, lo cortaba, lo pegaba y hacía un Hemingway”.

Más tarde ingresó como Manager a la fábrica JM, en la comenzaron con unos cigarros Long Filler y Papo “inventó” una fuma, pero dos o tres años después hubo problemas por el desplome de la industria. Volvió entonces al trabajo de siempre en Puros de Villa González, una fábrica grande con más de 200 tabaqueros artesanos y una producción de 40 mil cigarros diarios. Pero los dos socios se dividieron y pusieron sus establecimientos.

Cada una de estas experiencias formó al Máster Blender, quien aprendió estilos distintos de manufactura. Y cuando trabajó como empleado por última vez en una fábrica fue cuando conoció a Jonás Santana, su actual socio en Blackbird Cigar Co. “Un muchachito con muchos deseos, que se enamoró del mundo del cigarro y rompió a necear y a joderme. A las siete de la mañana ya estaba al lado mío, porque él entraba a la oficina a las ocho, y duré casi un año con él ahí afanando… algo le enseñé”.

Papo renunció, porque en 2014 un compadre suyo que tiene un edificio pequeño en Tamboril le dio las llaves del lugar donde montó su chinchorrito. Pronto firmó un contrato con Victor Sinclair Cigars, que le compraba todos sus puros. “Al ver las terminaciones los señores Joselito Domínguez y Chencho me mandaron a buscar de una vez. Estaba produciendo unos 20 mil cigarros, pero me pidieron una asesoría en su fábrica”.

LOS SANTANA

Fue entonces cuando reapareció Jonás, quien había producido un primer lote del Crow de Blackbird. “Él me trae los cigarros a casa, se sienta, prendo uno y cuando iba por mitad le pregunto: ‘¿usted quiere saber que es lo que tiene este cigarro?’. Le digo ‘entra a la cocina y traeme un galón de agua para beber, porque para fumarte este puro hay que tener como tres galones de agua’. Y me dice, ‘¿cuál es el problema de este cigarro?’. ‘Que está completamente pasado de tabaco de Jalapa, Nicaragua, del quemado en la tierra’.”

Jonás lo invitó a Miami, donde se reunieron con su hermano Vladimir e inició la sociedad, en agosto de 2018. Posteriormente “se me aparecieron con un Brochure de pintura y eran los colores de las cajas. Ahí plasmamos las ligas de Blackbird, aunque de principio no fue fácil, porque creo que hay una Alta Cúpula de fumadores tradicionales de 40 ó 50 años para allá, que espera una caja típicamente con los moños, las monedas, los caballos… y si les pones una caja roja como que no hay mucha seriedad”.

Pero los hermanos Santana llevaban muy clara su idea de la marca. “Me convencieron y tenían razón: había que salir con algo nuevo y Blackbird es lo nuevo. Los jóvenes que comienzan a fumar le van más a los colores que a lo tradicional y ellos son el futuro”.

Al hacer los blends, Papo se enfocó en los colores y efectos del Sol a lo largo del día. Él dice que Jackdaw es un cigarro que puedes fumar a las ocho de la mañana, cuando lo encuentras en un mamey radiante. Finch es para las diez de la mañana, con un cielo azul claro y Rook se adapta a la hora de la comida, desde el mediodía hasta las dos de la tarde, cuando se observa un azul más intenso.

Al atardecer viene el morado de Unkind, en esa mezcla entre el día y la noche, que más tarde se vuelve rojo, el fuego de Crow, y finalmente el Midnight Cigar, durante la noche grisácea, correspondiente a Cuco. “Si tú fumas todos nuestros cigarros –dice Papo, El Caballo– te los puedes llevar desde la mañana hasta la noche pasando por ellos, uno por uno”.

Y así explica lo que sucede con el último: “Tu organismo no está preparado para aguantar un Cuco por la mañana, pero si amaneciste bebiendo y quieres mejorar, fúmate uno para que te acuestes temprano”.

La magia de Papo se plasmó en cada una de las ligas de Blackbird: desde la combinación de una capa Connecticut con otros cuatro tabacos para una fumada limpia, con poca nicotina, hasta los sabores de un pimentón suave con un poco de dulzor; la cremosidad adecuada y la complejidad de cada nota, así como el aroma y su alcance al olfato. Los cigarros complejos, con gran parte de tabaco dominicano, y la capa Negro San Andrés, que conforme el tiempo pasa se pone mejor.

ÚLTIMA CARTA

Tras casi 50 años en la industria, Papo es consciente de que Blackbird es su última carta, aunque espera trabajar al menos durante una década más: “Estamos en el cascarón todavía para lo que puedo dar, aunque ya comencé a preparar a mis sustitutos, que son mis hijos”. Pero también se preocupa por el resto del equipo, pues “todo el que está en este barco es importante y quiero que se sienta conforme, orgulloso; que crezca y no se crea estancado”.

Su idea de “equipo” va más allá. El sueño es que la compañía siga creciendo y tenga recursos suficientes para hacer un edificio en el que vivan los empleados que no tienen condiciones buenas. “Yo me siento con Vladi, que tiene una constructora, y pensamos que esa casa vamos a fiárselas. ¿tú imaginas lo lindo que sería ese edificio, y que diga ‘Hecho por Blackbird?’. Eso es como para volverse loco, la verdad que sí”.

Como responsable de la producción de la empresa, es un hombre generoso dispuesto siempre a enseñar: “¿Qué gano yo con quedarme lo que he tomado, lo que he hecho o aprendido… Le digo a mis hijos que el buen supervisor no saca amor. Si es pegando block y pones uno mal, por ejemplo, debes romperlo y quitarlo. En esta fábrica, es quien evita que se hagan cigarros malos, y así estoy entrenando a mi equipo en la calidad”.

Su posición en Blackbird implica un alto compromiso, pues “en estos últimos años que he trabajado con Jonás y Vladi me siento orgulloso y agradecido como no puedes imaginar. Además del trato, por su deseo de verme cerrar en todo lo alto el capítulo en el Mundo del Tabaco. Esta oportunidad es todo y esos muchachos son únicos para mí, son mis hijos…”. Habla también de la confianza que han depositado en él para que la empresa salga adelante, tras su expansión y establecimiento en Zona Franca.

Juan de Jesús Peña, Papo, El Caballo, se refiere a su empresa no únicamente como un proyecto que sale del corazón, sino de personas que frente a cualquier circunstancia guardan la mayor riqueza del ser humano: la dignidad y el respeto a sí mismas.