Cómo convencer a un whiskycero de que sea un ronero

ROBLE Y TABACO

Diego Urdaneta

Me van a disculpar las licencias creativas que me acabo de tomar innovando el español tan solo en el título de esta historia, pero ¿cómo se le llama a un entusiasta del whisky o del ron?

En mi experiencia como latinoamericano y posiblemente más fundada en el hecho de ser venezolano, mi exposición no voluntaria al whisky ha sido desde tiempos inmemoriales. No sé ustedes, pero en mi familia y mi grupo de amigos, el whisky siempre fue pieza permanente en reuniones, bautizos, cumpleaños, matrimonios, velorios e incluso sin razón aparente.

¿Es viernes? Vamos a tomarnos un whisky. ¿Es lunes? Comencemos la semana bien con un whisky. ¿Qué día es hoy? No importa, pero vamos a tomarnos un whisky.

Esta absoluta hegemonía destilada apenas si fue combinada con vodka a principios de la década de los 90, pero solo como un coctel diurno y nunca en las mismas cantidades, pero lo que nunca ha entrado en esta combinación, al menos con muchísima gente que conozco, es el ron.

Tengo la experiencia de mi círculo que solamente toma whisky de blend, pues incluso proponerles un single malt hace que comiencen a interesarse más en el precio que en otra cosa, y comiencen a decir frases tan célebres como: “¿pero si ese single malt cuesta $50 y solo tiene uno de los whiskies que tiene este Old Parr, para qué lo quiero?”. Un tema nada fácil.

Pero incluso para muchas personas, tan solo decirles que prefieres el ron al whisky adorado, tradicional y permanente es suficiente para hacerles emerger un tic en el ojo. Seguidamente viene la burla que comienza en la comisura de los labios, la piel de las fosas nasales se abre para dar cabida a una risa terrible, el cuerpo se contorsiona si les ofreces un trago.

Es que entre los fanáticos del whisky, sobre todo del single malt, y los fanáticos del ron existe una brecha tan ancha como el océano Atlántico. Más que una brecha, es un abismo. Un malentendido infinito aderezado por esnobismo. Aunque no hay duda de que el destilado de caña tímidamente comienza a trasegar a muchos fanáticos del whisky poco a poco, principalmente por los altos precios de sus hábitos y la desaparición de marcas de años en las etiquetas. Así que los más listos, curiosos e interesados ya se han embarcado a cazar los tesoros del Caribe, pero la mayoría de los amantes del whisky todavía se encuentran muy reacios a mojar sus labios con el famoso mata diablos, tratando de mantener su estereotipo, por anticuado que sea. Aunque son cada vez menos.

Pero es que el ron no es elegante. Es una bebida que tradicionalmente ha sido fuerte, hecha para esclavos, piratas y marineros, así como lo más bajo de los plebeyos. Prueba de ello es que el ron es el único eau de vie que existe gracias al residuo y el desperdicio. Específicamente la melaza es el residuo que queda luego del proceso de cristalización del azúcar, que luego es fermentada y destilada, y el residuo que queda es nuevamente convertido en un destilado.

Una vez convertido en ron, este sigue siendo dulce y es utilizado en la preparación de muchos postres, pero recién destilado carece de sabor alguno. Muchos ni siquiera lo aprovechan bien usándolo solo para rehidratar hojas de yerbabuena o para ahogarlo en refresco de cola. La mayoría de su consumo se basa en ron blanco que ni siquiera ha sido añejado y no recibirá el color ni el carácter que le concede el tiempo, como cualquier whisky. Podría hablar durante muchos párrafos describiendo lo malo que puede llegar a ser el ron.

Sin embargo, más allá de estos prejuicios, son muchos los cabos que atan a los mundos de estos dos destilados; si los seguimos metódicamente será muy sencillo demostrar que cualquier fanático del whisky es también un fanático del ron aunque no lo sepa. Es como un alma perdida que no ha encontrado la botella correcta, la que le hará enamorarse.

Comencemos partiendo del hecho de que si el whisky cubre una gran cantidad de territorios, realidades y aromas, el ron llega mucho más allá. Comenzando por el ron agrícola francés, el ron latino de Sudamérica y América Central, el ron ligero de Cuba y Puerto Rico, el ron inglés de Jamaica y Barbados, así como innumerables variaciones de ron asiático en Filipinas, China, India y Australia. Además, la mayoría de estos solo tienen en común la materia prima e incluso muchos ni siquiera eso.

Pero, para atraer a los conocedores del whisky lo primero que se tiene que hacer es esconder los rones más dulces de Latinoamérica, como Diplomático, Zacapa y la gran mayoría de rones de República Dominicana, pues independiente de su calidad intrínseca, caramelizará la glotis del whiskycero.

De igual manera, hay que deshacerse de los rones industriales básicos como Bacardí, Havana Club, Brugal, etcétera. Los whiskyceros están acostumbrados a los aromas complejos, y si les damos uno de estos rones van a pensar que están tomando vodka.

Luego, los dirigimos hacia los rones añejos, que sean tan secos como el whisky, porque sabemos que el ron no tiene que ser dulce: rones agrícolas franceses (hechos de jugo de caña y no de melaza), destilados de Jamaica, Santa Lucía o Barbados; alcoholes producidos por productores independientes que no suavizan su sabor. El carácter seco del ron agrícola añejado será nuestro mejor aliado en esta campaña de evangelización y productos como Depaz (XO), HSE, J.Bally (7 y 12 años), J.M. (XO), La Favorite, Neisson, Saint James (7 y 12 años) serán pieza clave.

Entre los rones de melaza vamos en favor de los rones de estilo inglés (llamados así por el país que los colonizó originalmente) y encontraremos productos densos, generalmente secos (o razonablemente poco dulces), principalmente de Jamaica, Santa Lucía, Guyana y Trinidad. Muchas veces estos países hacen rones que son destilados en alambique al igual que los single malt escoceses y a veces por columnas, lo cual será muy conocido para los que les gusta la malta.

De ser posible, no dejes de escoger una que otra versión full proof o cask strength que es embotellada directo de la barrica y no diluida con agua, y que harán que el alcohol se convierta en napalm en la garganta del convertido; la mayoría de los apasionados por el whisky tienen una racha masoquista y agradecerán esa intensidad.

Para adoctrinar a los fanáticos del whisky ahumado (que son casi una secta), lo mejor que puedes hacer es engañarlos. Déjales probar un ron que haya sido refinado o terminado en barricas refinadas, especialmente unas que hayan contenido algún single malt de Islay anteriormente. Estos pueden ser HSE (Islay Finish), Ferroni (el nuevo Boucan d’Enfer), Compagnie des Indes (Boulet de Canon). Si lo puedes conseguir, dale Caroni, que es un ron que se hacía en Trinidad y cuyos destilados tienen notas de alquitrán, y te dan la impresión de que estás tomando gasolina servida en un neumático quemado.

Las recomendaciones anteriores pueden parecer extremas, pero soy de los que piensa que un conocedor de bebidas espirituosas que solo le rece a un dios, aunque este sea el dios del whisky y no tenga curiosidad por nada más, no merece ser tratado con sutilezas. Incluso si es por su propio bien.