
Existen lugares o viajes que pueden definirse como una osadía, ya que prácticamente significan la valentía de enfrentarte a descubrir una parte del mundo en todos sus sentidos. Considero que uno nunca regresa igual de una osadía turística. Algo se transforma y deja una huella en lo más profundo de tu memoria… Como cuando enciendes un habano, del que por tradición guardas la anilla.

MADRID, ENTRE HUMOS
Sofía Ruiz
Máster Habanosommelier
La ruta comenzó en la estación de trenes de Chamartín, en Madrid, con destino a una región de España que desde hace muchos años deseaba conocer. Como todo en la vida, la espera valió la pena, pues me regaló un tesoro: vivir la experiencia en compañía de uno de mis mejores amigos.
La osadía tenía nombre: Oviedo, y bajo la neblina y un poco de lluvia arribamos a la ciudad, capital del Principado de Asturias. Su origen se remonta al periodo alto de la Edad Media, siglo VIII, incluso antes. Es centro geográfico, universitario, religioso y político de la Junta del Principado de Asturias.
Puedo decir que literalmente es otra España, con su propio sello, arquitectura, gastronomía y personalidad de su gente. Oviedo nos recibió con uno de sus grandes atributos, la cocina local: el mejor plato de fabada que he disfrutado, bocado a bocado, entre risas y esas reflexiones que sólo compartes en un viaje.

Nos llegó la noche y, con ello, comenzamos el recorrido hasta Gijón, pues en esa temporada es la Semana Grande. La noche de los fuegos artificiales se queda como osadía, pues nos arrojamos con valentía a disfrutarla junto a un habano Vegueros de 130 milímetros, cepo 50.
Esta tradicional celebración ocurre a lo largo de la Bahía de Gijón, en la que miles de locales y habitantes de otras provincias se reúnen en la playa para disfrutar del espectáculo de fuegos artificiales que se encumbra a la media noche. ¡Qué momento! Por supuesto, además por tener en mano el alma líquida de Asturias: la sidra.
De ella será necesario hablar en otro artículo. En específico sobre la sidra de Colunga: su elaboración, técnica, procesos y valor cultural para esta zona… Me recordó el valor de la cultura del habano.
La noche terminaba en un AVE, de regreso a Oviedo, con un recorrido de 30 minutos lleno de espectadores felices y en compañía de seres queridos… En mi caso con Emmanuel, un tesoro de vida y ejemplo de lo que la amistad significa.
A la mañana siguiente salimos a disfrutar del centro histórico. Sus calles llenas de tabernas y su arte prerrománico son el escenario que le envuelve. Y como para las osadías nunca sobran las herramientas, uno de los trucos recurrentes fue usar una aplicación de actividades turísticas.
Nuestra guía carbayona nos llevó por los principales sitios históricos de la capital asturiana. Para mí, de todo el recorrido, sin duda alguna no puedes perderte la catedral de la ciudad… Tardaron unos tres siglos en construirla y destaca especialmente por su llamada Cámara Santa, el espacio más antiguo y emblemático.
Aquí se conserva una de las mayores colecciones españolas de reliquias de la cristiandad. Entre las piezas mostradas en la sala están la Cruz de la Victoria y la Cruz de los Ángeles, símbolos del Reino de los Astures, y El Pañolón o Santo Sudario, una prenda funeraria de Jesús de Nazaret. No en vano apodan a la catedral Sancta Ovetensis.
Un paso más allá, en el mismo cuadrante, se encuentra el Museo de Bellas Artes, con la gran ventaja de que entrar no tiene costo. Es uno de esos regalos que en los viajes se atesoran y anhelan. En un precioso palacio barroco del siglo XVIII puedes disfrutar de las exposiciones de los pintores más representativos de toda la historia: El Greco, Goya, Murillo, Sorolla, Picasso y Dalí. Aunque el museo es relativamente pequeño, ofrece un gran recorrido por la historia del arte entre los siglos XIV y XXI.
Otros edificios a destacar son el Teatro Campoamor, que desde su apertura, en 1892, es el gran teatro de Asturias y sede de actos de relevancia internacional. Aquí se acoge la Gala de los Premios Princesa de Asturias.
Entre las calles de Oviedo y sus plazas, tuvimos la fortuna de conocer el estanco más bonito que he visto hasta hoy: un espacio encapsulado en la pared de una iglesia y con algunas frases simbólicas en su techo. Como siempre, son tantos sinónimos que me vienen a la cabeza cuando entro a una cava de puros: pasión, alegría, trabajo, felicidad, mi isla… pero, al final, siempre un gracias a la vida por llenar mi camino de buenos humos.
Esta osadía debíamos cerrarla en la calle más famosa de Asturias… Gascona, templo de las sidrerías y del buen comer. Una vía repleta de gente peleando por una mesa para poder disfrutar de una botella de sidra y del platillo más representativos de la zona: el cachopo.
Al finalizar la cena brindamos nuevamente, y un Vegueros Centro Finos –que aportó carácter y fortaleza con su aroma marcado de notas a cuero y pimienta– nos dio la oportunidad de alargar estas pláticas reflexivas que únicamente así puedes compartir… Por ello, Oviedo se convirtió también en uno de los mejores confesionarios de mi vida.












