Madrid, entre humos: Terrazas, a fuego lento

Sin duda, la mejor representación del verano madrileño son las terrazas, el sinónimo perfecto del mes de agosto en la capital española. Esas sencillas mesas dispuestas en las aceras de las calles son el escenario donde se enmarcan algunos de los grandes momentos de la época estival.

Una de las mayores experiencias que puedes disfrutar es sentarte alrededor de estas mesas y rendirte a una de las costumbres gastronómicas más típicas de España: la llamada “sobremesa”. Ese momento de pausa en el que las conversaciones se alargan, las manecillas del reloj parecen detenerse y el calor veraniego se combate con una copa de vino bien fría o una caña recién tirada del grifo. Y, por supuesto, con esas risas que no cesan mientras la charla continúa.

Sofía Ruiz

Máster Habanosommelier

La importancia de la terraza no la entendí el primer año de mi llegada a Madrid, sino que tuve que vivirla, disfrutar de la cultura española y comprender cómo esta pausa puede demostrarte otra forma de vivir la vida.

Algo muy similar ocurre cuando fumas tu primer habano. El sabor del tabaco negro cubano es todo un tour gastronómico en tu paladar, pero cuando comprendes el valor que unas hojas –llamadas Cohoba por los nativos cubanos– representan como símbolo de un país, es cuando el habano pasa de ser una sinfonía en boca a penetrar en tu vida y, sin duda alguna, en el corazón de cada aficionado a los buenos humos.

La ruta comenzó un viernes típico de agosto, a 43 ºC, con tres grandes amigos: Emi, Nico y Sina. La mezcla entre Argentina y México se formó en una típica placita escondida una calle atrás de la Plaza del Rey, conocida por este nombre desde 1835, en honor al monarca Fernando VII, quien había fallecido dos años antes. Ese mismo lugar había sido denominado Plaza del Almirante, porque en ella había vivido Manuel Godoy, el Almirante de la Paz. Pero también este enclave ha sido conocido como Plaza del Circo, ya que aquí estuvo el famoso Teatro del Circo.

En la terraza de un bar finamente decorado pedimos una mesa para cuatro. Pronto un vino blanco de la zona de Valencia llegó a la mesa y, con él, la conversación para ponerse al corriente con nuestras vidas y, por qué no, llorar un poco las penas de la migración, que sólo como migrantes podemos comprender.

La noche nos alcanzó y las ganas de disfrutar de los buenos humos comenzaban a sentirse. Una ligera corriente de aire fresco creó la atmósfera ideal para encender mi Ramón Allones Allones No. 3 y disfrutar del carácter de esta vitola, cuya fortaleza es, sin duda, un sello emblemático de la marca.

Embarcados en la conversación, salimos caminando por la gran avenida de Gran Vía. Para mí, la mejor manera de disfrutarla es por la noche. Construida entre los años 1910 y 1932, muestra grandes edificios inspirados en una mezcla de neobarroco y eclecticismo. La estampa es el edificio Metrópolis, cuya cúpula oscura está bañada en oro.

Según mi amigo Sina, Madrid merece un tour histórico sobre las estatuas que existen en lo alto de los edificios que se encuentran en el centro de Madrid, ya que algunas de sus historias conectan entre sí. La idea me encantó, ya que podría hacerse mismo con los grandes salones para fumadores que en su momento existieron en Madrid.

La terraza del Círculo de Bellas Artes fue nuestra siguiente parada. Este mirador nos regala una postal del Banco de España y la glorieta de Cibeles, que sin duda son un regalo de las noches mágicas de verano.

El edificio se encuentra ubicado entre las arterias más famosas de la ciudad, la calle de Alcalá y la Gran Vía. Diseñado por Antonio Palacios hace más de 100 años, pretendía conjugar y resguardar las grandes artes en un mítico club que llegó a tener, durante los años 20, más de 5.000 socios. Uno de los grandes actos era el mítico baile de máscaras.

Para conseguir nuestra mesita alta tuvimos que pelear un poco, pues en época de vacaciones las terrazas se atiborran de visitantes. Y desde ahí, pudimos contemplar las luces de Madrid y su paisaje tan castizo.

Siempre me ha fascinado la arquitectura y los tejados madrileños, con ese color marrón tan característico.

Mis amigos se decantaron por un vino debido al calor de la noche. Al poco rato, las risas estaban en su mejor momento y las anécdotas comenzaron a decorar la conversación. Una plática sobre las mejores historias románticas del pasado fue el mejor escenario para encender lentamente mi habano. Qué sorpresa. Logré disfrutar este momento que todos los aficionados buscamos: cuando los sabores del habano, con una buena sobremesa, se convierten en una sinfonía.

Hablamos de una vitola de galera Noblezas, cepo 52, ring grueso, que en lo particular me parece bastante disfrutable. No existen muchos formatos de habanos con este cepo que, sin duda, ofrece una calada armoniosa, permitiéndonos disfrutar de un tiro abundante en boca.

Qué paradoja de la vida: disfrutar de esta vitola en un edificio que resguarda diferentes corrientes de arte y el valor que cada una de ellas ha representado para la sociedad. En 1845, los hermanos Antonio y Ramón Allones también nos regalaron arte al registrar su marca en la fábrica La Eminencia, donde elaboraban los habanos: calle Ánimas 129, La Habana.

El arte que nos han dejado y el valor que aportaron a la industria podemos apreciarlo en cada una de sus cajas de habanos, pues a Ramón Allones se le atribuye la primera marca que empleó litografías a color en su habilitaciones.

La noche avanzaba al igual que mi habano, que entre notas tostadas, frutos secos y sabores especiados me mostraba su nobleza y su sabor franco.

Esa pausa de verano me regaló una de las mejores noches madrileñas, en la que descubrí que el valor de la terraza no está sólo en la sobremesa, sino en la buena compañía que ilumine el momento, en las risas y anécdotas que alargan la charla y el disfrute de un habano a la luz de las calles de Madrid.

Porque como decía Mario Bennedeti en Pausa de Verano:

Como siempre en verano

Madrid se ha convertido

En una calma unánime

Pero agradece nuestra permanencia

A contrapelo de los demás.