
A raíz de la sed de venganza y la mala imagen que Kalvin Lafayette había adquirido últimamente, cada mañana el autonombrado Alcalde convocaba a un selecto grupo de hombres a su despacho para discutir temas de seguridad.
En esta reunión se ponía sobre la mesa los principales hechos recientes, así como una lista de posibles soluciones, pues nadie podía llevar a Kalvin únicamente problemas. Su filosofía, con base en libros llenos de palabrería que pocas veces aplicaba a sí mismo, dictaba que cada dificultad debía acompañarse en su mesa de –por lo menos– una tercia de opciones.
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Así, una cantidad increíble de saliva y tiempo se desperdiciaban diariamente en el salón de fumadores de la residencia Lafayette, donde Kalvin sólo autorizaba alguna de las propuestas, sin más. Aunque las reuniones sólo eran un pretexto para obtener información que podría ayudarle a dar con nosotros y responder a la afrenta. Ante sus ojos, nuestra venganza no era consecuencia de sus actos bárbaros y desproporcionados, sino vil humillación.
Ese día la agenda se agotaba un tema tras otro, hasta que alguien mencionó el hallazgo de los restos de una patrulla militar en los caminos circundantes al pueblo.
–En la salida noroeste encontramos los cuerpos de por lo menos cinco oficiales y algunos caballos. Intentamos contarlos, pero al parecer se trató de un ataque o incidente con explosivos que no dejó muchos rastros para analizar, –expuso uno de los militares presentes–. Sobre el camino sólo hayamos huellas de carreta, pisadas de caballo y un extraño rastro que desapareció metros adelante..
Kalvin dejó de enfocar su mirada sobre el denso humo que no paraba de expeler, calada a calada del grueso cigarro que le acompañaba cada mañana. Aunque podría ser autoritario y desinteresado, la mayor parte del tiempo su olfato no fallaba, y ante la historia colocó el cigarro en el cenicero e interrumpió al oficial:
–¿Cuándo sucedió esto?
–¿El hallazgo? Esta mañana, señor. Los hechos, probablemente ayer, –respondió.
–¿En dónde exactamente?
–En los caminos hacia el Noroeste, a unos kilómetros de aquí.
–Necesito ver ese lugar, –dijo Kalvin, dando una última fumada al cigarro y empujando el trago que le acompañaba–. Señores, la reunión terminó. Cualquier pendiente lo veremos mañana… Por ahora necesito que tú y tus hombres me lleven allá de inmediato, –ordenó al Capitán Clinton.
Minutos más tarde, una patrulla escoltó el carruaje de Lafayette rumbo a la salida noroeste del pueblo con una columna impresionante de hombres y bestias que emulaba un desfile. De ningún modo pasó desapercibida, alterando los nervios de los habitantes de un pueblo intimidado por aquella figura déspota y tirana que les mantenía sometidos.
La comitiva no tardó en llegar al punto en cuestión, donde Kalvin descendió de su lujoso carruaje para investigar, de primera mano, los hechos reportados. Meticuloso como pocos y en total silencio recorrió el lugar una y otra vez, sin dejar de mirar al suelo. Detuvo su andar atraído por las extrañas rayas marcadas en el suelo, entre las líneas que las ruedas de un carro suelen dejar. Siguió el rastro hasta verlo desaparecer…
Una vez más volvió sobre sus pasos y levantó la mirada un par de grados más, buscando ampliar la posibilidad de notar algo distinto o fuera de lugar. Recorrió el camino lentamente, y a un par de metros del rastro principal encontró lo que a la distancia parecía un cigarro a medio fumar. La pieza, visiblemente maltratada, no parecía ofrecer mucha información.
Kalvin se colocó en cuclillas sobre su hallazgo, lo tomó entre sus dedos, lo observó y olfateó. Pasó el tabaco de su mano derecha a la izquierda y buscó algo en el bolsillo de su elegante abrigo. Sacó un cigarro de los KL prensados recientemente por Carrigan, cuya producción habíamos sustraído casi totalmente. Los observó y comparó durante un rato, para luego devolver el puro a su lugar y guardar los restos del tabaco encontrado sobre el camino. Se reincorporó sobre sus botas y se dirigió a Clinton:
–Callahan Ridge.
–¿Perdón?, –respondió Clinton.
–Callahan Ridge queda por este rumbo, ¿no?, –cuestionó, señalando el camino por el que se perdían las huellas del carro probablemente involucrado en el incidente.
El Capitán solicitó un mapa a sus oficiales, lo abrió y revisó el sitio señalado como destino.
–Efectivamente, señor. Callahan Ridge es uno de los pueblos a los que se puede llegar por este camino.
–Interesante… hace un tiempo alguien vino a mí con noticias de ese lugar, noticias intrigantes en ese momento, pero ahora cobran relevancia. Necesito que apenas regresemos al pueblo venga a mi oficina.
–Entendido, señor, –respondió Clinton.
–Vamos, pues. Aquí no hay nada más por ver…
Con una señal, el Capitán hizo saber a su guardia que era tiempo de retirarse y escoltar el carruaje de Kalvin de vuelta al pueblo. Pasado un tiempo, la imponente columna entró a la ciudad, donde la expectativa de la gente crecía al ritmo de rumores y chismes sobre lo que parecía estar sucediendo.
Una vez en casa, Kalvin se instaló tras su escritorio y dispuso de una silla para el Capitán, destapó una botella de vino e hizo traer un par de copas. La conversación por iniciar prometía ser tan importante como extensa.
Clinton se anunció en el marco de la puerta del estudio y de inmediato fue invitado a pasar. Kalvin señaló la silla frente, le acercó una copa, sirvió el vino y sacó un par de cigarros del humidor sobre su escritorio.
–Hace tiempo, un hombre vino a esta oficina y se sentó en esa misma silla. Me dijo que había estado en Callahan Ridge y traía consigo un cigarro. Esa pieza venía anillada con un pedazo de papel horrible…, –comenzó a narrar Kalvin con palabras que salían de su boca entre humos, mientras encendía su cigarro.
Resultó que el tabaco envuelto en esta aberración, –dijo, mostrando a Clinton la anilla, que guardaba celosamente en un cajón– tenía las mismas características de lo que estamos fumando ahora… lo que estoy fumando ahora, –corrigió, acercando al Capitán el cortador y una cajita de fósforos.
El punto es que tanto el hombre como yo sospechamos en aquel momento que se trataba de un cigarro hecho con el tabaco robado de las bodegas de Carrigan. ¿Me sigue, Capitán?
–Creo que lo entiendo, señor, –afirmó Clinton, dando las primeras caladas a su puro.
–Estando en el camino que según usted conduce a Callahan Ridge encontré esta pieza de tabaco, –continuó, al extraer del saco el trozo de cigarro recogido de entre la tierra–. No tengo dudas de que esto es mío, o lo fue… Tiene el aspecto de mi KL y las coincidencias no existen, ¿sabe? Ese camino conduce a Callahan y este cigarro estaba ahí: ambos en la misma oración y en la escena de un hecho delictivo… para mí todo cuadra.
–Así es, señor, todo me parece muy claro. Lo sucedido en ese camino está relacionado con la banda que robó el tabaco y los cigarros el día de la presentación, –concluyó Clinton.
–Claramente, Capitán, –balbuceo con el cigarro entre los labios–. Ahora quiero que se dirija a Callahan, pero sea discreto. Instálese en el pueblo, averigüe lo que pueda y fume como nunca… ja, ja, ja… Descubra lo que pueda sobre mi tabaco y estos pelafustanes, –le instruyó.
–Así se hará, señor. Saldremos mañana mismo.
CONTINUARÁ…






