Familia Pipe (Sao Paulo es mucho más que pizza)

DE TODO MI GUSTO

Michel I. Texier Verdugo

“Qué diría la gente, el domingo en la misa, si saben de ti, qué dirían los amigos, los viejos vecinos, que vienen aquí”.

Silvio Rodríguez, La Familia, la propiedad privada y el amor

¿Cuántos cigar lounges conoce usted? O incluso antes de esa pregunta, ¿sabe usted lo que es un cigar lounge; conoce alguno? Siendo lector de esta revista, podemos suponer, con cierto grado de certeza, que usted fuma y que el concepto no le resulta ajeno, y que además, ante su mención, la mayoría inmediatamente imaginará un espacio de luz tenue, asientos confortables (idealmente de cuero), ambientación con amplio uso de maderas oscuras, un humidor de proporciones significativas, servicio de bar y cafetería y un clima de tranquilidad digno de una biblioteca o de algún salón privado con decoración clásica e intimidad a toda prueba.

Los clubes de fumadores, o los salones de fumar, están cada vez más restringidos en número debido de las normas restrictivas al tabaco que no distinguen la adicción nociva del cigarrillo del placer saludable del puro y la pipa, quizá uno de los reductores de estrés más potentes y efectivos que existen y que debiese estar en el repertorio de recomendaciones de cualquier profesional de la salud mental o experto en mejoramiento de clima organizacional.

Los lounges se defienden a duras penas de lo políticamente correcto y sobreviven contra viento y marea en sociedades donde el fumar tabaco ha ido, en la última década, ganando cada vez más adeptos y volviendo imprescindible la necesidad de contar con espacios más numerosos, privados o de libre acceso al público, dónde dar rienda suelta a aficiones como el fumar.

Incluso, en países productores como República Dominicana, ha sido recientemente, el tabaco, denominado por ley como de interés económico y cultural, reconociendo de esta forma el aporte de la industria y la tradición tabacalera al desarrollo de un país que ha sabido, siguiendo el ejemplo de Cuba, poner el énfasis en un quehacer productivo que va más allá de la percepción del lujo que en algunos mercados y ámbitos sociales tiene el tabaco y reconocer el aporte social y la raigambre idiosincrática que implica ser uno de los principales países productores de tabaco y productos manufacturados de tabaco en el mundo.

En Sudamérica, dos países, Brasil y Argentina, destacan por su facilitación de la cultura de fumar y la factibilidad de contar con tiendas especializadas y espacios cerrados para el disfrute del consumidor, y dentro de estos países, Sao Paulo y Buenos Aires compiten por ser las ciudades con mayor número de comercios especializados y clubes de fumadores, siempre bajo el común denominador de salones donde, además de lo mencionado en el primer párrafo, nos encontramos con restaurantes, mesas de pool y billar, espacios dedicados a la moda (preferentemente masculina), barberías y algunas otras ofertas opcionales que complementan lo central: el tabaco y sus accesorios.

Sin embargo, dentro de esa nutrida oferta de cigar lounges, con mayor o menor sofisticación y exclusividad (punto este último que a mi juicio siempre resta cuando esa exclusividad está sujeta a limitantes de tipo económico) hay, en un barrio de Sao Paulo, al costado de la estación de metro de Alto do Ipiranga, uno que no tiene rivales en su tipo, uno que me recuerda aquellas cervezas y whiskys que, en su singularidad, cuando me preguntan a qué se parecen, siempre respondo de igual forma: “Solo se parece a sí mismo”, un secreto a voces entre los fumadores paulistas y muchos de otras latitudes: Familia Pipe.

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