La ruta del oso negro. Parte IV: Una Oveja

NOVELA POR ENTREGAS

Forajidos

Historias de tabaco en el viejo oeste

Capítulo 2: La ruta del oso negro

Parte IV: Una Oveja

Raúl Melo

Instalado en su oficina, Lafayette esperaba a que Carrigan terminara de despedir a sus compañeros para que entrara a conversar. De una caja de madera, cedro español, Kalvin extrajo un grueso cigarro, le hizo una perforación pequeña y lo encendió pacientemente con un fósforo, fiel al estilo que le caracteriza.

Dejó que la llama encendiera cada parte del borde del pie, mientras giraba el puro suavemente hacia uno y otro lados. El fuego consumía el pequeño trozo de madera y cuando ya no quedaba mucho y se acercó a sus dedos, el hombre llevó el cigarro a su boca y avivó la flama con un par de caladas que acabaron de prender el tabaco al rojo vivo.

Bocanadas de humo, entre amarillo y blanquecino, se elevaban hasta el techo de la habitación. La capa de ese tabaco enrollado a mano era tan suave como el terciopelo y su sabor, tan fuerte como un buen licor, pero desprendía un aroma herbal tan delicado como el de un té inglés.

Al tiempo, Carrigan entró a la habitación.

–Exquisito aroma, amigo Lafayette. Podría reconocer las notas de un Carrigan a la distancia, sin observar esa anilla elegante, herencia de mi padre, –dijo el viejo Montgomery.

–Lo sé, compañero, lo sé. Los aprecio mucho, los disfruto, me deleitan… y precisamente por ello hay algo que me molesta en demasía, –expuso Kalvin, antes de dar una gran calada a su robusto–. Es un producto valioso, Carrigan, de lo mejor que hay por aquí desde mi gusto personal. Sus hojas viven procesos cuidados que no deben caer o andar en manos ajenas. ¿Entiendes lo que digo, Carrigan?, –le cuestionó.

–Pero Kalvin, un par de sacos de vez en cuando no representan merma importante. No es grave y, como te dije, los caballos se sacuden las moscas con sus propias colas. Yo puedo con esto, y si tanto te molesta lo resolveré ya, –respondió.

No, Carrigan. Un acto de pillería constante es un problema grave. ¿Tú sabes qué pasaría si la gente se enterara de que alguien está haciendo lo que quiere sin consecuencia alguna? Estaríamos a un paso del caos. Sólo hace falta una oveja, una, para que el rebaño entero se descontrole, –continuó Kalvin, jalando humo con fuerza de aquel puro que se consumía rápidamente en la boca ansiosa de Lafayette.

–Y no, Carrigan, tú no te harás cargo. A partir de este momento ocúpate de tus asuntos sin importancia y yo me encargo de los que sí la tienen. Retírate, por favor. La próxima vez que te vea quiero que me traigas más de éstos, porque me acabas de arruinar la fumada, –ordenó Kalvin, mientras aplastaba bruscamente el cigarro sobre un elegante cenicero de plata.

Cuando Carrigan dejó la habitación, Lafayette hizo pasar a su secretaria con una seña. La señorita Francine Dubois era una mujer escultural de piel tan negra como el ébano, y con el mismo brillo de esa madera pulida en ojos y cabello. Kalvin la conocía desde niño, y como la mayoría de sus empleados tenía años a su servicio, aun cuando ya no era esclava.

–Francine, haz traer al Sheriff, por favor, linda, –solicitó.

–En seguida, señor Lafayette, –respondió la mujer.

Minutos más tarde, el sheriff Dickinson apareció.

–¿Alcalde, me buscaba usted?, –preguntó, al asomar su cabeza al despacho del hombre más poderoso de la región.

–Toma asiento, Dickinson. Tengo… tenemos un problema y quisiera plantearte una solución.

El Sheriff se sentó frente al gran escritorio de caoba, de estilo barroco, que hacía juego con los tonos rojizos y marrones que inundaban la habitación.

–Últimamente hemos detectado el aumento en el hurto de mercancías a nuestros nobles productores, especialmente en el camino que conecta el pueblo con las plantaciones y las zonas más humildes. También hemos notado la proliferación de gente de esas zonas deambulando por la ciudad, buscando quién sabe qué, pero sospecho que nada bueno. Los esfuerzos de la seguridad privada de los negocios grandes han resultado más que infructuosos y me gustaría que usted, siendo la autoridad pública local, hiciera honor a su cargo y pusiera orden en la ciudad. El crimen, por menor que sea, no será tolerado aquí. ¿Me entiende, Sheriff?

–Claro que sí, señor Lafayette. Como usted ordene, –respondió el representante de de Ley.

–Excelente. Justo lo que quería escuchar, –dijo Kalvin, palmeando el escritorio con ambas manos y recostándose en su silla.

–¿Un cigarro?, –ofreció al Sheriff, señalando la caja de madera grabada con la leyenda Carrigan Tobacco.

–Sí, gracias, señor, –respondió Dickinson mientras tomaba un puro, antes de retirarse.

Kalvin Lafayette era un hombre de poder. Culto, educado y con determinación, de alguna forma resultaba especial y tenía una forma peculiar de tratar a las personas para solicitarles hacer las cosas. Unas maneras que, para quien no lo conociera, parecerían de lo más amables, pero que en realidad eran órdenes disfrazadas que todos en Lafayette y en el estado de New Avignon debían obedecer… y lo sabían.

Todos, excepto algunos que por ignorancia de esa regla, o rebeldía pura, iban siempre en contra de lo establecido por el joven burgués.


Mientras tanto, ya en Callahan Ridge y tras un largo camino que para mi gusto resultó tranquilo, al fin estaba frente a la tienda donde el señor Rubens comercializaba el Black Bear y donde, además, me proporcionarían las anillas para la entrega próxima.

El asunto era bastante pragmático: para mantener un orden, la cantidad de anillas que recibiera sería la cantidad de puros que debería traer en el viaje siguiente; ni más, ni menos. Yo no entendía el trato, pero tampoco muchas otras cosas que apenas estaba aprendiendo de ese hombre.

Lucius Bleach recibiría mi cargamento. Había sido amigo del señor Rubens durante años y era de las pocas personas que se atrevían a comerciar con sus productos, lo que los convertía en un artículo de verdadero lujo en el bajo mundo. Además, Callahan Ridge era un pueblo lo suficientemente solitario como para empezar a albergar a un par de malvivientes huyendo de sus acciones.

Aquí, lo ilegal no sólo era permitido, sino ignorado. Se cuenta que hace algún tiempo, un buen hombre imponía la Ley, pero falleció en un enfrentamiento con un famoso bandido de la región, Klen Davies, quien ahora gobierna y administra este lugar. 

Recibí las anillas y entregué el cargamento. Aún me quedaba un poco de tiempo libre antes de volver al bosque, así que tomé mi parte de las ganancias y entré al Saloon, donde pude comer un poco de guiso de frijoles frescos. Nada como el estofado de berrendo que se quedó en casa, pero mucho mejor que las tiras de carne seca con las que suelo alimentarme al viajar.

Además, no pude resistir la tentación y compré un Black Bear de los recién llegados. No es que nunca lo hubiera probado, pues he tenido la oportunidad de darle fuego a varios, pero este sería diferente; producto del esfuerzo. Además, vendría anillado y podría conservar ese pequeño trocito de papel troquelado que para el señor Rubens y para mí tiene hoy tanto significado.

Por la tarde subí a la carreta y me dirigí nuevamente al hogar. El ciclo se había completado: robar la hoja, seleccionar el tabaco, enrollar, anillar, empacar, transportar, vender y a volver a empezar.

No suena tan complicado como dijo el señor Rubens. “Es cosa de maña”, dije en voz alta, con seguridad. Pero después pensé en que si realmente fuera tan sencillo como parece, alguien más lo haría también… y hasta donde sé, soy el único que se arriesga por ello.

CONTINUARÁ…

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