La leyenda del tabaco en Argentina

Mi amigo.

Nicolás Stagno

Esta es una historia de esas que quedan marcadas a fuego, “casi como una eternidad”, diría Juanse, de Los Ratones Paranoicos.

En uno de mis viajes a la ciudad de Buenos Aires me dirijí a Once, uno de los cien barrios porteños llenos de la historia y misticismo de los que tanto se habla.

Caminé varias cuadras desde donde me alojaba. Iba ansioso, mirando esos paisajes de cemento típicos de una capital. Estaba en busca de una cigarrería muy especial, de esas que son “atendidas por sus dueños”… hasta que por fin, según mi mapa, había llegado a destino: Catamarca 211. Fachada típica de un local del Buenos Aires de antaño, combinación de madera con vidrio, un aparador con cigarros, fotos y uno que otro petate.

La puerta estaba entreabierta. Intenté ingresar a lo guapo, pero no, una traba de hierro me lo impidió.

–Perdón, dije, y golpeé con las manos, como corresponde.

–¿Sí?, –me contestaron detrás del mostrador. ¡Era él!

–Disculpe, soy Nicolás de Mar del Plata, lo conocí en una charla de tabacos por Zoom.

–¿Nico Stagno?, –pregunta con su cigarro entre los labios.

–Sí, don Roberto, soy yo.

–Vení Nico, pasá. Fumemos algo… que alegría verte, –me recibió, aunque la alegría era al revés, cien por ciento mía.

Me enteré entonces de que la puerta estaba entreabierta porque ofrecía ventilación, además de seguridad para que no entren chorros o ladrones.

Don Roberto Rodríguez Pardal abrió la puerta, me invitó a pasar a su templo y de repente me encontré sentado, con un cuarto de corona entre los dedos y un encendedor en la otra mano. No entendía nada. Se me estaba cumpliendo un sueño de mi nueva vida de fumador: conocer a una leyenda de Argentina y del mundo del tabaco en general.

No supe qué decir durante un largo rato, y mucho menos qué preguntar. No hizo falta, don Roberto comenzó a contarme historias y anécdotas mientras atendía a sus clientes de toda la vida.

–Éste viene de Mar del Plata, es de tus pagos –me dijo.

En un descuido, cuando dio una bocanada a su puro, le pregunté:

–Don Roberto, ¿qué tipo de tabacos usa? ¿Son herbáceos?, ¿terrosos?, por decir algo…

–Mirá Nicolás, –respondió, mientras largaba el humo. Un cigarro te gusta o no te gusta, sólo hay que fumarlo y ver qué pasa.

Fue como un baldazo de agua fría, pero por eso es una leyenda. Entiende todo. Nunca me hizo sentir incómodo por la pregunta; al contrario, sonrió y me cambió de tema.

Claro, uno va con todo lo aprendido recientemente a querer increpar a una leyenda. ¡Que ridículo! Mientras atendía a otro cliente, comecé a enviar mensajes y fotos a mis amigos de fumada.

Nico, pregúntale esto, pregúntale lo otro…”. No tuve tiempo. Sólo quería escuchar sus historias. Cuando terminé el cigarro me ofreció otro.

–No, gracias Don Roberto. Me dijo que cortaba a las 13:00 y ya nos pasamos de tiempo.

Lo más lindo de todo fue que además de sacarme mil fotos y escuchar otras tantas historias, tras casi dos horas y media de charla, mientras me hablaba marcaba con un láser las fotos o recortes periodísticos que avalaban sus anécdotas. ¡Increíble! Cómo si uno fuera a dudar.

Por último, para cerrar la historia, rescato dos relatos que me fascinaron:

El del abuelo que viajó de España a Cuba, y luego de Brasil a Argentina, con el que desarrolló la historia de Cigarros Manrique, y otro muy particular que vivió con el famoso Anthony Quinn durante la grabación de una película, allá por los años 60 ó 70.

No voy a contarlos, por supuesto, y tampoco revelaré el truco de magia que hizo con un cigarro y un puñado de humo, y que me dejó perplejo. Los dejo para cuando visiten la tienda o puedan preguntarle en alguna charla por Zoom.

Gracias, don Roberto, por su paciencia y amabilidad, por las historias y sus ricos tabacos, así como por hacerme sentir alguien importante en este mundillo. Conocí en persona a quien –considero–, más sabe de tabacos en la Argentina.

–Chau Nicolás, si querés volvé a la tarde y continuamos conversando. Me voy a descansar un rato, –se despidió, mientras me acompañaba hasta la salida y nos sacábamos una foto.

¡Que vuelen los Humos!

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