Forajidos. Cap. 2, parte III: La Cumbre

Forajidos. Historias de tabaco en el viejo oeste

Capítulo 2: La ruta del oso negro

Parte III: La Cumbre

Raúl Melo

En el más grande y lujoso saloon de Lafayette, en un segundo y tercer piso iluminados por lámparas de pared elegantes que consumían queroseno y un candelabro majestuoso con velas, donde el ambiente a media luz imprimía un toque de nostalgia frente a la popularidad de la energía eléctrica en sitios similares, cinco hombres se congregan en torno de una mesa para jugar algunas manos de póker.

Se trata de la reunión semanal de La Cumbre, el grupo de empresarios más selecto de la zona, en la que presumen sus más recientes logros y adquisiciones, al tiempo que hablan de negocios, conspiran y brindan culto a sus propias figuras… básicamente.

Alrededor del círculo estaban Paul Evergreen, un magnate petrolero obeso amante de la prostitución y todo lo que el dinero pueda pagar, aun cuando sea clandestino; a su derecha, Domenic Van Heusen, dueño de decenas de minas de carbón y de las almas que en ellas laboran; Alfred Shugert, banquero y tal vez el más honesto de ellos; Montgomery Carrigan, el tabacalero que domina la zona con la siembra y distribución de su producto, y finalmente su líder, Kalvin Lafayette, político y empresario mentiroso, manipulador, abusador y un sinfín de adjetivos negativos que encajan en la descripción del representante de la tercera generación masculina con ese apellido, del que la ciudad tomó nombre voluntariamente.

Únicamente les acompaña un sirviente, quien hace las veces de croupier, cantinero y hombre de confianza de Kalvin, dueño del saloon y de casi todo en Lafayette. Sobre la mesa, las apuestas no corren en centavos. En lugar de fichas utilizan monedas de un dólar, acompañadas de un toque de ostentación.

Se repartieron las primeras cartas. Kalvin obtuvo un 8 de picas y un As de diamantes; el juego se abrió.

–¿Y qué dice el negocio del petróleo, señor Evergreen? ¿Tan lucrativo como el de las cantinas de las que nunca sale?, –preguntó Kalvin para hacer la plática, mientras se lanzan al centro las primeras monedas.

–El petróleo es el futuro, mi joven amigo. Las máquinas y los vejestorios que aún insisten en el carbón están al límite de su existencia, respondió Evergreen, con una mirada retadora en dirección del señor Van Heusen.

En el flop cayeron tres cartas sobre la mesa: una J de corazones, un 2 de diamantes y un 4 de tréboles. Las apuestas se mantuvieron estables en el pozo.

–Pues tal vez el petróleo sea el futuro, pero no creo que tú llegues a verlo si te entregas a los vicios como hasta el día de hoy, Evergreen. Para hacerte rico debes hacer negocios con ricos, pero para hacerte millonario debes dirigirlos hacia los pobres y el carbón es el combustible de la mayoría. Sé que tu vientre prominente no te deja ver más allá y por eso disculparé tu comentario, añadió Van Heusen.

Llegó el momento del turn y un 8 de corazones entró en escena. Esto representó el primer par de cartas para Kalvin, quien elevó la apuesta un dólar más. El resto la igualó, excepto Shugert, que aumentó un dólar extra. Como aquel hombre no era conocido por jugar sucio, Kalvin decidió pagar y los demás lo siguieron, como casi siempre.

–Señor Carrigan, me enteré de que ha tenido algunas dificultades en su negocio. Supe que una plaga ha invadido sus campos de cultivo. Y no una plaga en sus plantas, sino en sus carros de reparto, –inquirió Kalvin.

–No sé de dónde obtiene usted su información, pero está en lo correcto, señor Lafayette. En estas mismas tierras que llevan su nombre se ha desatado una pequeña plaga de ladrones que merma mi producción, –respondió, mientras encendía un cigarro de su reserva personal.

–Vaya infortunio, compañero. ¿Acaso hay algo que pueda hacer por usted?, –ofreció Lafayette.

–No me parece que haga falta. Los caballos se sacuden las moscas con sus propias colas y este problema no va más allá, –aseguró el viejo Carrigan.

El river puso un As de picas sobre la mesa y Lafayette sumó otro par a su mano, por lo que decidió aumentar las apuestas de nuevo.

–Van dos dólares más. Anímense, que apenas vamos iniciando, –dijo Kalvin, con mucha seguridad.

El señor Shugert respondió a la apuesta, seguido de Evergreen y Carrigan.

–Yo no voy, –exclamó Van Heusen, al arrojar sus cartas al centro.

–Típico de pobretón, –se burló Evergreen, soltando una carcajada que contagió al resto. Van Heusen simplemente hizo una mueca y con una seña pidió al sirviente un trago.

Con una primera víctima en esta partida, Kalvin decidió elevar una vez más la apuesta. Shugert y Carrigan dejaron de jugar, pero Evergreen continuó.

–Pago por ver. Tengo curiosidad por su seguridad, señor Lafayette, –retó el obeso, quien mostró sólo una pareja de cuatros y otra de jotas, confiado en llevarse todo el pozo. Pero Kalvin abrió sus cartas, que al sumar con las comunitarias formaban una pareja de ochos y otras de ases. Suficiente para ganar la partida.

Al ver la mano Van Heusen escupió su trago por toda la mesa, mientras que Carrigan pareció ahogarse con el humo de su cigarro.

–Kalvin, ¿Sabes lo que has hecho?, –preguntó van Heusen.

–Sí, acabo de ganarles un par de dólares a cada uno.

–No, no, no… eso es lo menos importante. ¿Sabes lo que acabas de jugar?, –añadió Carrigan.

–Lo sé. Pero adelante, ilústrenme, caballeros, pidió Kalvin.

–¡Es La mano del hombre muerto!, –exclamó Shugert.

La mano del hombre muerto, según cuenta la leyenda, era el juego que Wild Bill sostenía en sus manos cuando fue ultimado de un tiro en la cabeza, ejecutado por un cobarde que lo atacó por la espalda. Entre los jugadores se le considera de mala suerte.

–Claro que sí, ¿pero acaso me están diciendo que son supersticiosos, señores?, ¿qué creen en leyendas como esa?, repuso Kalvin.

–El viejo Wild Bill murió de un disparo en la cabeza por sentarse dando la espalda a una puerta. Y como pueden ver, compañeros, aquí ni siquiera hay puertas. La suerte es algo que cada quien se hace y las supersticiones son para las personas de espíritu débil. ¿Saben cuántos supersticiosos habitan en esta zona? Probablemente miles, y es por eso que aquí domino yo. No hay mejor población objetivo que la que se puede manipular con creencias y cuentos de quinta. Probablemente es una decepción enterarme de que ustedes forman parte de ese grupo, aunque probablemente no, –alardeó, con un gesto de agrado, encendiendo un cigarro.

–Pero vamos, que aquí nadie ha muerto ni morirá. Sigamos jugando, pidió.

Así se jugaron un par de manos más, con otra buena tanda de discusiones y presunción. El dinero fluía en esa mesa como en pocos lugares se había visto. Humo y alcohol acompañaban la noche también. Aquello era el epítome de la opulencia y la masculinidad.

Al finalizar el juego, Lafayette golpeó dos veces el suelo del lugar con su bastón. El sirviente retiró las sillas y empujó la mesa hacia un costado del lugar, mientras que otro abría una compuerta desde el piso inferior; la única salida hacia el saloon.

Kalvin Lafayette tenía razón. La suerte estaba echada en ese espacio sin lugar a entradas o ventanas que pusieran en peligro su espalda, salvo un empleado leal, sumiso y a su entero servicio. Si alguien podía hacer lo que quisiera, tanto ahí como en todo el distrito, ese él.

–Carrigan, no te vayas. Te veo en mi oficina, necesito hablar contigo sobre un par de temas, –dijo, mientras despedía al resto de sus invitados.

CONTINUARÁ.

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