Forajidos. Tabaco nativo

Capítulo 2: La ruta del oso negro

Raúl Melo

 

Fueron días de viajes redondos a Lafayette, ir y venir siempre con buena mercancía. En casa ocasión, JC ideaba una nueva manera de distraer a los cocheros de Carrigan, si no era con una avería nuestra, era provocando la de uno de sus carros para forzarlos a parar en el camino. Durante este tiempo, parecíamos una dupla imparable, llenamos la covacha del señor Rubens, quien estaba más que satisfecho con el trabajo realizado.

 

 -Jóvenes, el material suficiente, tenemos buena variedad de hoja, pero necesito que me ayuden en algo más. Como les mostré hace unos días, tener las hojas es apenas el inicio del proceso de elaboración de nuestro producto. Ya me vieron enrollar un puro y es hora de que aprendan a hacerlo también.-, nos dijo Rubens la última vez que nos vimos.

La verdad es que fumar tabaco me apasiona, es una de las actividades que más me relaja en el camino o tras un largo día de trabajo, pero elaborar un puro no estaba dentro de mis prioridades de aprendizaje, me parece interesante, pero no más allá de ello.

Afortunadamente, JC se había maravillado con este arte y de inmediato se mostró dispuesto a aprender y trabajar con el señor Rubens. Las manualidades nunca han sido lo mío, a menos de que se trate de oprimir un gatillo o lanzar un cuchillo.

Por ello, en lugar de trabajar en la cabaña, me ofrecí a salir al valle a buscar algo de comida para el equipo. Nuestro empleador y amigo aceptó, entonces me dirigí al que hasta hace no mucho tiempo había sido mi hogar. JC pronto se instaló cómodamente en la cabaña y se dispuso a convertirse en un maestro torcedor.

Era temprano por la mañana, cabalgaba a solas por las planicies del gran valle buscando algún animal que pudiera llevar a la cabaña y que nos alimentara por un par de días.

A lo lejos, entre la arboleda que flanquea el riachuelo, divisé un majestuoso venado con un extraordinario pelaje e imponentes astas. Descendí de Lucky Bastard, alisté mi rifle de largo alcance, ubiqué la mira sobre su cabeza y disparé. El animal cayó fulminado y la emoción me invadió desde el hueso y hasta la piel.

Con una caricia, le indiqué a mi caballo que me siguiera, nos acercamos al cadáver y antes de poder desollar la pieza, un nativo se apareció de entre los arbustos, parecía estar acechando lo mismo que nosotros, pero con una distinta técnica y cautela.

Se acercó y me saludo tibiamente, bajó su arco y lentamente se acercó al venado. Colocó su mano sobre el cuerpo del animal y pronunció lo que me pareció un rezo. Alzó la mirada y me dijo: Tienes su perdón, ahora puedes proceder.

Yo no supe qué decir y solamente pregunté:

-¿Venías también por él?-

El nativo me miró fijamente y me explicó que su pueblo padecía de frío y hambre, que el hombre blanco los había despojado de sus tierras y los había mandado a vivir a una reserva en la montaña.

Me dijo que los bisontes y venados solían ser su sustento diario, pero que en aquellas tierras escasean y por ello deben aventurarse a las tierras que antes fueron suyas para hacerse de estos preciosos materiales para su cultura.

En ese momento decidí ceder esta presa, decirle que, si en algo le valía, me disculpara en nombre de mi raza.

El sujeto retiró la piel del animal con el más fino cuidado, nunca antes había visto tal destreza en un par de manos. Empacó los materiales y guardó en su caballo cada gramo de carne utilizable.

Tomó su arma, un hermoso Tomahawk de madera y metal con una curiosa protuberancia opuesta a su filo de hacha. El nativo rellenó esa parte de su arma con algo que sacó de un bolsillo de cuero adherido a su pantalón y con un fósforo, le dio fuego.

Para mi sorpresa, el mango de madera y esa extraña protuberancia, hacían del arma una pipa y lo que el hombre había colocado parecía ser tabaco.

-¿Fumas?- fue mi pregunta obvia.

-Fumaremos-, respondió.

-Para mi gente, es una muestra de paz y amistad. Si tú lo aceptas, quiero ofrecerte fumar conmigo. Mi nombre es Adahy, que significa “De los bosques”- agregó mientras avivaba la braza en la pipa para dármela a probar.

Acepté la propuesta, verdaderamente me sentía honrado. Di algunas caladas a la mezcla y me presenté.

-Mi nombre es John Doe. Este también solía ser mi hogar, pero recientemente me mudé…por cierto, ¿Qué tabaco es este?- pregunté.

 -Awan-, dijo.

-¿Y de dónde es este Awan?-

-No, tú eres Awan. En mi lengua significa “alguien”, como tu nombre. El tabaco es una planta local que crece al otro lado de las montañas donde vivimos. Solíamos cultivarla en casa, pero eso es pasado-, continuó.

-Awan, creo que me gusta- expresé con una sonrisa en el rostro y estirando mi mano en señal de amistad, de esta nueva amistad sellada entre el humo del tabaco sembrado y no robado, que, si me preguntan, brindan el mismo placer.

Tan despacio como apareció, él se retiró. Existen innumerables narraciones y leyendas sobre hombres como el general George Custer que combatió a los nativos para quitarles sus tierras en nombre del gobierno de este país.

Por fortuna, el encuentro de hoy fue distinto, fue un momento que se envolvió de la paz y tranquilidad de un venado que aún muerto, perdonó al hombre y entregó su cuerpo para el beneficio de toda una comunidad.

De la misma manera en que esperaba lo hiciera algún otro animal, porque sí, esta mañana había ganado un fortuito y ocasional amigo, había obtenido el placer de una deliciosa fumada, pero mis manos y alforjas seguían vacías y eso no era algo que a Rubens le fuera a agradar.

Así que seguí mi camino, monté a Lucky Bastar y me trasladé a una zona más alta desde donde tuviera una mejor vista del valle. Un par de berrendos fueron el tributo de la naturaleza para mi causa.

Para nada eran la presa que originalmente había elegido, pero estoy seguro que si aquel venado no alimentaría mi cuerpo, sí lo haría con mi espíritu a través de una nueva experiencia.

Adahy, el de los bosques, su nombre parecía un presagio. Justo habría de encontrarlo en el bosque, ni siquiera en el valle, sino apenas unos metros dentro de la arboleda. Además, me mostró una nueva forma de fumar tabaco, un mundo en el que apenas empiezo a adentrarme, en el que podría decirse que apenas me encuentro “a unos metros dentro de la arboleda” del inmenso bosque que esta actividad y afición representa.

Hace unos años, la vida conspiraba en mi contra una y otra vez. Hoy, mi existencia parece haber tomado un rumbo diferente, si no un camino honesto, por lo menos uno menos violento. Nunca recuperaré a mi familia, pero de a poco me voy haciendo de buena compañía. Por ahora son solo un viejo y un niño, tal vez un nuevo amigo; pero creo que a futuro todo puede cambiar.

Regresé a la cabaña con pieles y carne suficientes para organizar un gran festín. Crucé el umbral de la puerta y sobre la mesa observé decenas de cigarros, todos listos.

-¿Todo esto hicieron en un día?- Pregunté incrédulo.

-No, estos ya estaban hechos, sólo los sacamos de las prensas y de la bodega-, respondió JC emocionado por su nuevo trabajo.

-¿Y esto?- volví a cuestionar.

-Se llama anilla, es el trocito de papel que identifica a nuestra marca. Es el grabado de un oso que gruñe, digamos que un sutil aviso de lo que van a probar. Estas las compro en Callahan Ridge, un pequeño pueblo al pie de las montañas al oeste de Lafayette. Necesito que vayas por más y de paso lleves este cargamento. Ya transportaste la materia prima, hoy te llevas el producto final. Pero ten cuidado, los caminos no están libres de bandidos. – me explicó Rubens.

JC decidió quedarse para aprender más. Yo cargué la carreta, até a Lucky Bastar y me dispuse a salir solo con un cargamento de puros, carne seca, armas, mis cosas para dormir y en mis hombros la conciencia de entregar sin contratiempos el trabajo de un niño y un hombre mayor. Tal y como él mismo me lo advirtió.

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