Y la fábrica… la fábrica olía a naranjas

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DE TODO MI GUSTO

Michel Iván Texier Verdugo

“Que no crean los que saben, saber más de lo que son, y no crean por favor que todo el que dice sabe, saber es cosa de tiempo, pero ser, eso se trae”.

RAÚL PAZ, cubano.

En 1998, poco después del Mundial de Futbol de Francia, donde pude ver jugar en directo a figuras como Zidane, Laudrup y Baggio –entre muchas otras estrellas–, me deje caer, por primera vez, en las calles de La Habana.

Si bien me quedé gran parte del tiempo en la Villa Panamericana, tuve la oportunidad de recorrer, sin ojos de turista, la realidad de un país que se debatía en las postrimerías del periodo especial, cuando cortaban la luz ocho horas al día producto del racionamiento energético y la gran novedad era la aparición de los camellos en el transporte público, que venían a sumarse a las tradicionales guaguas, típicas de la ciudad que enamoró a Hemingway y a Lasker, y donde se habían hecho habituales términos como “carne ruso argentina”, “dulce de guayaba de zanahoria”, “carne de becado” o el mítico “pan de haller” en una cooperativa del Reparto de San Agustín.

En aquel viaje conocí a Alejandro, mi sobrinito cubano; a Maritza, su madre, quien me acogió como suelen acoger las madres cubanas mientras trapean el piso de baldosas del dichoso apartamento en un cuarto piso, sin ascensor, en el que las patas de los muebles muestran siempre, siempre, las marcas de un baldeo incesante que nunca para, a menos de que sea para freír malanga.

Por esos mismos días, en aquel año extraño durante el que apenas pisé tierras propias y todo fue un viajar incesante, un cubano de La Habana se dejaba caer en las tierras tropicales de un Brasil que hoy por hoy nos acoge a ambos. Hace 24 años, los vericuetos de la historia daban comienzo al anecdótico devenir de un caribeño de fuste como Diógenes Puentes y un oriundo del sur profundo del mundo, como el suscrito (no tan al sur como @cigarvoss porque claro, él es de Valdivia), quienes habrían de encontrarse al andar de la tercera década posterior, en el corazón de una ciudad que huele siempre a naranjas.

Araraquara es conocida como “la morada del sol”, por su clima caluroso y sus bellos atardeceres. Su lema, como el camino del humo que escapa de cada bocanada, es: “Siempre más Alto”, y la ciudad concentra gran parte de la producción de jugo de naranja de Brasil. Por esta razón, como sucede con el aroma a café en las ciudades donde se acostumbra su tostado y molienda, los vientos habituales traen siempre a nuestros sentidos las notas dulces y cítricas de la fruta que sirvió de mascota al Mundial de Futbol de España 82.

En Araraquara, justamente, Diógenes Puentes echó raíces en 2008 junto a Patricia, su mujer Brasileña (en esto también marcó pautas y se adelantó a algo que yo imitaría una década más tarde) quien es originaria de la ciudad y comanda (lo vi con mis propios ojos) con mano férrea el segundo piso de la fábrica (donde se toman, seguramente, todas las decisiones importantes).

Me recibieron una tarde de enero calurosa e iluminada, y me acompañaron pacientemente mientras iba de sorpresa en sorpresa. Y es que, si bien conocía la marca y era de mi absoluto agrado por no parecerse en nada a otros exponentes del tabaco brasileño que tienden a presentar notas amargas desde el inicio de la fumada, no esperaba encontrarme con la puesta en escena de la que pude disfrutar junto a Gil, mi mujer, mientras fumaba algunos ejemplares del vitolario de la marca que Diógenes y Patricia me ofrecieron para degustar.

Sistematicidad y pulcritud son quizá los dos conceptos que primero saltan a la mente si quiero describir la fábrica Puentes, con sillones ergonómicos para sus trabajadores, un ambiente luminoso y ventilado, un clima de satisfacción general, mucho orden, sin residuos en el suelo (algo muy raro en una fábrica de tabacos) y zonas de producción claramente definidas.

Además, yendo al detalle durante la conversación con los anfitriones, horarios de trabajo no desgastantes, pausas programadas para la alimentación, vacaciones colectivas y un buen trato permanente e impecable, que al menos en lo que a mis creencias respecta, influye directa y positivamente en la calidad del producto final que llega a las manos del consumidor.

En la fábrica Puentes se cuida a los trabajadores, se espera a que crezcan, se capaciten y permanezcan; que hagan carrera, como supo hacerla Diógenes desde su Habana natal, donde dio los primeros pasos en el mundo del tabaco en medio de las paredes de una de las más tradicionales marcas cubanas, como es Romeo y Julieta. Aquí también se fabrican los moldes de los puros, que permiten optimizar el uso de las prensas, así como otros varios accesorios de diseño propio que son parte del proceso productivo de esta tabacalera.

Diógenes tiene un vitolario que parte en un delicioso Cappuccino (no porque esté aromatizado, sino porque su tamaño lo hace ideal para acompañar un café); luego, el clásico Patricias, en capa natural y Connecticut; un short robusto #detodomigusto que rinde honores a quien es –a la vez– dueña de casa y del corazón del cubano de nuestra historia, y vitolas más grandes, como el belicoso, el robusto y el coronado, de los que me di el gusto de probar el Ambassador, que recomiendo a quienes se quieran dar el gusto de un puro de mayor fortaleza, pero balanceado perfectamente y muy bien construido.

Además de la propia, produce también otras marcas para el mercado nacional, como Grand Amazonia, que además de Mata Fina y Cubra, tiene la singularidad de llevar en su tripa tabaco colectado en la floresta amazónica. El ejemplar que fumé fue un Petit Grand Amazonia, con capote Cubra y capa Arapiraca; un deleite para los sentidos durante 40 minutos de fumada tranquila.

El broche de oro, La guinda de la torta –como decimos en Chile–, o en su sinónimo brasileño La cereija del bolo está en el primer piso, en la trastienda, a donde sólo se llega por invitación expresa del anfitrión: un bar digno de cualquier rincón de La Habana Vieja, pequeño y bien ambientado, que hace inevitable recordar los Paladares de los cuentapropistas en Cuba, surgidos también en los tiempos del periodo especial como pequeños locales de doce sillas, cual boteco de esquina en Brasil, donde sacan las sillas a las veredas adyacentes y sólo venden cerveza, torresmo y refrigerante.

Acá, en Araraquara, en el Bar de Diógenes (regalo de su esposa para satisfacer una inquietud largamente anhelada por nuestro protagonista) se regala la cachaza y se abre de sexta en sexta (viernes, para quienes no leen portugués) a los amigos que quieran venir a compartir, fumar algún charuto y beber a voluntad de una carta en la que no faltan el ron y la comida, gracias a las bondades culinarias de una de las trabajadoras de la fábrica que también gerencia, en estas instancias, la cocina.

Como cuenta Raúl Paz, en la canción favorita de Diógenes: Cuando se trata de fumar “no es cosa de religión ni de color ni de empeño, no es la fuerza ni el color ni los compases ni el genio, es sólo la condición, ésa que se lleva dentro”.

 

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