La misión de El Chan

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Alberto Arizmendi

Bajo el lema “Somos la resistencia”, José Gabriel Cruz y Liz Janice López encabezan con su empresa, La Hoja del Chan, un movimiento que busca el resurgimiento de la industria del tabaco en Puerto Rico. Se trata de la producción de puros premium, pero también abarca la siembra y el mercadeo, así como la preservación de un trabajo artesanal que nunca murió y buscan extender con el establecimiento próximo de una escuela de torcedores.

No están solos. Cierto es que en la isla existen otros artesanos y productores, entusiastas, aficionados y profesionales que directa o indirectamente aportan a este propósito; incluso algunos boricuas que radican en el extranjero. Porque si alguien piensa que Puerto Rico tuvo un papel secundario en la historia de esta industria, está muy equivocado, y la tradición se mantiene viva transmitiéndose de generación a generación.

Dicen que todos los puertorriqueños tienen algún antepasado relacionado con el tabaco, pues su origen es ancestral y en algún momento buena parte de la economía del país dependió de la exportación de hoja a España y Estados Unidos. Aunque esto no se enseña en la escuela ni aparece en libros: “Así como somos de pequeñitos, esta isla es y ha sido fuente de muchas cosas”.

La entrevista se celebra con ambos, vía Zoom. Él, sentado, mientras que ella, de pie, se mantiene en movimiento constante. Es el contraste entre sus caracteres –complementarios–, en una relación que ellos definen como “curiosa”.

José Gabriel se crió “expuesto a la tierra” en el pueblo de Caguas y sus límites con Cayey. Su abuelo tenía un negocio de campo y su madre fue la séptima entre diez mujeres y dos hombres. En ese barrio había cinco fincas de tabaco y una de ellas pertenecía a la familia. Por ello busca convencer a su tío-padrino, quien “está bien metido en la agricultura”, de que emprenda en el ramo.

“Mi madre me contaba de los ranchos altos donde guardaban el tabaco y se entiende que mis tías mayores, las dos primeras, sí llegaron a ensartar hojas, pero no mucho más”. Respalda su dicho con una ficha censal que data de los años treinta del siglo pasado.

Su padre, aunque más de ciudad, también se relacionó con el cultivo y a pesar de que no lo ha documentado, su abuelo por esa línea –hijo de españoles nacido en 1909 en el pueblo de Orocovis, en el centro de la isla– seguramente sembró tabaco.

Por el contrario, Liz Janice creció en Puerto Nuevo, suburbio de la ciudad capital, San Juan. Formada en un colegio católico, las actividades familiares la condujeron hacia el mercadeo, las ventas y posteriormente la representación de una empresa llantera. Así conoció a su esposo, mecánico certificado y profesor de Tecnología Automotriz, quien retirado de la profesión tras un accidente vendía publicidad para una revista especializada.

Desde el mundo de los autos, en 2014 decidieron emprender el viaje juntos y pasaron a formar una familia compuesta por dos hijas, ahora de 20 y 17 años, y un hijo en común, de seis.

PASIÓN POR LOS CIGARROS

José Gabriel recuerda que desde niño sintió atracción por los puros y cuando sus padres le llevaban a las ferias de artesanos identificaba su olor característico, de tal manera que siempre acababa frente a la mesa de algún torcedor. Igual efecto surtió el regalo de un tío que fue a Cuba y trajo unos cigarritos, pues “fue como un golpe en la cabeza cuando sentí ese aroma”.

Así que con el tiempo comenzó a comprar y desarrollar su gusto por el tabaco nicaragüense, que degustaba con su hermano –desparecido prematuramente– como hobby. En su recuerdo, la familia se reúne cada año y luego del ceremonial religioso celebran una fiesta durante la que, en algún momento de la noche se prenden cigarros locales, no de marca.

En 2007, según cuenta, le dio por conocer la hoja. Pero informarse sobre la industria y documentarse le llevó una década. “Leía revistas, obteniendo información sobre el tabaco dominicano y nicaragüense, las mezclas, la cultura y demás. Había estudiado, incluso, cómo traer ese tabaco a Puerto Rico, porque aquí lo poco que había era de los artesanos y no iban a venderme lo que ellos usan para sus pequeños negocios, para vivir”.

Liz Janice nada sabía del tema, pero un buen día, “en una plaza del Viejo San Juan compré un cigarro para mí, y para ella uno infusionado. Lo aceptó sin más y pensé que –sin decirlo– estaba dispuesta a ir conmigo al fin del mundo”. Y así era, porque abrazó su proyecto inicial de producir cigarros y crear una marca.

También como preparación, José Gabriel vio todos los tutoriales de video que encontró, escudriñó en páginas web y había visto todo lo que estaba a su alcance, pero cuando llegaron las primeras hojas de tabaco que compró debió pasar de la teoría a la práctica. Llegaba a casa luego de un doble turno de trabajo, dando clases, y torcer un cigarro le llevaba hasta cuatro o cinco horas, de madrugada.

Consiguió semilla y sembró plantas de tabaco en un terreno junto a su casa. Observó el crecimiento desde cero: la germinación, el trasplante, las plagas, la selección de hojas buenas y de ello finalmente obtuvo 54 libras (24.5 kilogramos) de material. Los fermentó “a su estilo”, tras leer y escuchar porque ahora hay mucho del proceso registrado en YouTube: “Y ella siempre estuvo a mi lado. Por eso es la pieza, mi amuleto, el eslabón que necesitaba”.

En la Zona Metropolitana encontró al maestro artesano Guillermo Rosario, dueño de la marca Don Rosario Cigars, quien le abrió las puertas y revisó lo que había hecho por su cuenta. Le explicó las bases y le compartió técnicas de preparación de las hojas y para la manufactura de los puros.

EL CAMINO DE EL CHAN

En este andar nació la marca artesanal El Chan Cigars. La primera misión de José Gabriel fue lograr que sus cigarros prendieran, quemaran y supieran bien, aunque por fuera no se vieran tan bonitos. Cuando sorteó ese primer escalón perfeccionó la técnica y utilizó moldes y herramientas nuevas. A la par, entre enero y junio se capacitó para certificarse como artesano torcedor, bajo licencia de Fomento Cultural.

Compró un lote de moldes antiguos a un maestro tabaquero del sur de la isla –tienen 60 ó 70 años y aún los usa–, y al ver que sus cigarros mejoraron pensó en producir. Así que comenzó a llevar sus productos a eventos corporativos, bodas, y Liz Janice se involucró para ayudarle en el servicio. Comenzó con un robusto ring 52 y sus variaciones en capas Madura, Habana y Connecticut, que con mezclas distintas promovió entre empresarios acostumbrados a fumar habanos y puros de marca.

De hecho, asegura, este emprendimiento le salvó la vida porque en abril de 2017 su lesión de espalda se agravó trabajando y lo despidieron. Entró en depresión, pero nunca dejó de hacer puros y durante el verano montó una carpa en la zona turística de Guavate, Cayey, donde lo empezaron a identificar como el tabaquero local. La gente compraba y cada fin de semana las ventas fueron mejores, hasta que el 20 de septiembre el huracán María devastó la isla.

Todo mundo en Puerto Rico perdió a alguien o algo. Ellos quedaron sin casa, auto, siembra y empleo. Un cuarto en la casa paterna sirvió de refugio a su familia, hasta que la gente de Traficante Cigar Company –clientes y amigos– le propusieron vender sus puros y adicionalmente destinaron un porcentaje para ayudar a los damnificados. “Comencé a producir con lo que tenía y pude, picadura sobrante y así… y debí crear una cuenta de PayPal”.

La campaña comercial fue exitosa y con lo obtenido compró materiales, otros insumos y hasta herramientas para limpiar su casa, donde por suerte el espacio de trabajo no sufrió daños. Pero la energía eléctrica tardó casi un año en restablecerse y a pesar de su enfermedad, pero sobre todo de su experiencia, se vio obligado a trabajar como lavapiezas en un taller mecánico, a cambio del salario mínimo.

Aunque estar en la Zona Metropolitana le permitió relacionarse con una empresa de organización de eventos y hacer demostraciones en reuniones y bodas, de tal suerte que El Chan Cigars retomó forma durante 2018. Creó una página en Internet y al aumentar la frecuencia de los eventos pensó en hacer algo más grande. Junto con Liz Janice obtuvo todos los permisos para ser distribuidor y surtir de tabaco a Puerto Rico.

Resultado de sus conocimientos, José Gabriel ascendió pronto hasta convertirse en Gerente del taller, que sirvió a la vez como punto de venta. Pero los eventos y la atención a clientes directos empezaron a chocar con sus obligaciones, y tras concretarse la oferta de sus productos en el Aeropuerto Internacional “Luis Muñoz Marín”, en diciembre de 2019 se decidió que para el nuevo año se dedicara únicamente a elaborar cigarros y “pensar en el negocio grande”.

Liz Janice siguió trabajando fuera hasta marzo de 2020, cuando se declaró la pandemia de Covid-19. Gracias al home office ella entró a la ecuación de tiempo completo e hicieron los trámites para saltar del régimen de artesano a empresa. Surgió entonces La Hoja del Chan.

LA MENTE EMPRESARIAL

El contacto y la experiencia de Liz Janice con el tabaco se enriqueció al encargarse del área de servicio. De hecho, tomó los cursos de la International Association of Cigar Sommeliers (IACS) que –dice apenada– no pudo concluir por exceso de trabajo: “Fue como abrir los ojos a un mundo nuevo, un periodo bueno porque le debo mucho de lo que sé. Mi ventaja fue que teníamos siembra en un patio, en la ciudad, y lo relacionado con la planta estaba en vivo tras una puerta”.

Comenzaron a promocionarse en las redes sociales y a transmitir live en los que José Gabriel torcía puros. Los pedidos fueron cada vez más constantes y adquirieron mobiliario para instalar junto al taller –en la parte trasera de la casa–, un Cigar Lounge al que la gente acudiría al término de la pandemia. No hubo tal: “Esta situación nos quitó mucho, con especial pesar por las vidas que cobró, pero también ofreció tiempo a las personas y muchas se pusieron a fumar”.

Él enfermó nuevamente y requirió de una operación. Liz Janice tuvo que aprender a hacer los cigarros de bonchera, y luego, a torcer. Fue un entrenamiento importante y necesario pensando en dar el paso siguiente. Para ella fue natural, pues sus estudios de nivel Maestría y experiencia en mercadeo le permitieron diseñar lo que hoy es La Hoja del Chan.

Durante 2020 hicieron la inversión, registraron el nombre y obtuvieron los permisos necesarios. Dos hechos permitieron, de manera indirecta, el proceso de industrialización: una entrevista publicada por el diario El País, tras la que la gente comenzó a tocar a su puerta para comprar puros, y otra transmitida por Telemundo. Las autoridades municipales les pidieron mudarse a un local e inauguraron su fábrica en agosto de 2021 en el Centro Cultural de Caguas.

No ha sido fácil, porque es una industria que el Gobierno no conoce, a diferencia de otros países. “Aunque es un mundo plagado de caballeros me ha gustado adentrarme, me siento cómoda. La nueva generación de mujeres en el Mundo del Tabaco está liderando muchas empresas exitosas y su trabajo impone respeto. Me siento orgullosa de que mi esposo me haya cedido el ser la CEO de la compañía”.

Ejemplo de ello es Cynthia González, organizadora del Puerto Rico Cigar Festival de diciembre pasado, pues aunque muchos pensaron en hacer algo, se quedaron en la idea. “Ella fue muy valiente por decir y hacer. Reunió a los productores boricuas y varios trajeron sus productos a la isla por vez primera… un acontecimiento exitoso, importante. Fuimos los primeros en confirmar nuestra participación, porque sentimos la obligación de estar ahí”.

Al principio, Liz Janice vio todo esto como negocio, pues “trabajas para empleadores, no para ti. Pero ahora ni siquiera lo siento como un trabajo, sino como algo cotidiano, familiar, que es parte de nosotros y además, sustento del hogar. Lo merecía como mujer, pero también como esposa. Nosotros a veces queremos desconectarnos, pero siempre acabamos hablando de la empresa, de nuestras ideas”.

Ambos se reconocen: uno aportó al otro la pasión por hacer un cigarro, así como la posibilidad de desarrollo y crecimiento más allá de la manufactura, el procesamiento de las hojas, las mezclas y los maridajes.

CALIDAD Y VARIEDAD

José Gabriel no se priva de hablar sobre sus mezclas, sus ligas, porque está convencido de que las recetas –aún seguidas al pie de la letra– no determinan el resultado final. Utiliza mayoritariamente tabaco nicaragüense, de las regiones de Jalapa y Estelí, donde encontró los sabores que buscaba y vegas que mantienen su calidad. Ocupa también un poco de su cosecha de 2017, que usa como ligero por ser Burley, una variedad de fortaleza alta.

Ofrece las capas Habano 2000 Ecuador, Connecticut y Negro San Andrés en Robusto de 5 pulgadas, cepos 50 y 52; Toro de 6 pulgadas, cepos 50 y 52, y Gran Toro (llamado Big) de 6 pulgadas, cepo 60. Además, en capa Habano está trabajando un Torpedo de 6 pulgadas, cepo 52, y un Doble Figurado de 3 pulgadas, cepo 60.

Su esposa creó un puro que se ha convertido en Best Seller, por lo que derivó en una línea con anilla propia denominada Galiz, que es la conjunción de sus nombres. Abarca un torpedito y un robustito en box pressed, de 4.5 pulgadas, cepo 52. “No quería un puro natural, sino infusionado, algo dulce en los labios, femenino, que se viera bien y de fumada corta. El detalle es que a las mujeres les gusta, pero más a los caballeros”.

El tabaquero experimenta actualmente con una Corona de 5 pulgadas, cepos 42 y 44, así como un Doble Corona de 6 pulgadas y un Lancero de 7 pulgadas; ambos, cepo 42. “Mi cigarro favorito es el Lancero y espero que cuando lo logre, en el futuro la gente me recuerde por esa liga. En junio próximo lanzaremos un cigarro conmemorativo del quinto aniversario de la línea artesanal El Chan”.

Recientemente sometió sus puros a la evaluación de una revista estadounidense que otorgó 86 puntos a su Habano, 88 al Maduro y 92 puntos al Connecticut. A pesar de los buenos resultados y de ser los únicos producidos en Puerto Rico que lo han hecho, José Gabriel está empeñado en librar un segundo round y no parar hasta lograr un mínimo de 89 con cada variedad.

Sin incluir otras formas de venta, La Hoja del Chan y Galiz se encuentran en 15 tiendas físicas de Puerto Rico, así como algunos puntos de venta en Florida, Connecticut y próximamente New Jersey, en Estados Unidos. Su fábrica también produce seis líneas privadas que se venden bajo otros nombres; otra de las misiones de la empresa, que lanzó una línea de humidores en diciembre pasado.

Ellos cuidan a su familia en todo sentido, porque es gente importante que ha sido parte fundamental de su crecimiento. La madre de ella trabaja en el encintado, anillado, empaque y preparación de las órdenes; el padre de él todo lo compone, y a la par elabora unos cigarritos de picadura, y el primo Jonathan es rolero, pasa la capa.

“Nacimos chiquitos, pero con muchas esperanzas de que la gente aprenda del tabaco boricua. No sé si nuestros hijos vayan a seguir con esto, pero al menos podrán decir que papá y mamá tenían un sueño, lo trabajaron y lo persiguieron. Eso quiero dejarles”, afirma Liz Janice.

ESCUELA DE TORCEDORES

Siguiendo su vocación de profesor, José Gabriel formó a una primera generación de torcedores “conejillos de indias”, ríe. Aunque ellos decidieron autonombrarse “Los hijos de La hoja del Chan”. Dice que cada uno lanzó ya su propia línea: “Los abrazamos. Comenzaron en nuestra casa, luego en el taller, y la verdad es que fueron un gran apoyo. Hay mucha gente detrás de nosotros”.

El propósito de formar torcedores es garantizar la continuidad de la tradición y la cultura del tabaco, con base en lo que Puerto Rico significó en las décadas de 1880 y 1890; recuerdos presentes en este resurgimiento. “Hemos sufrido y luchado como pueblo, pero tenemos esperanza, porque a pesar de todo la elaboración de cigarros resistió durante más de 130 años gracias a los artesanos”.

Saben que el entusiasta del cigarro necesita variedad y seguirán surgiendo marcas nuevas. “Por eso –dice Liz Janice–, cuando nos preguntan ‘¿tú vas a seguir enseñando a la gente a hacer tabaco?’, la respuesta es que sí, porque entre mas hayamos, mayor será nuestro ímpetu para darnos a conocer y alzar la voz para decir que en Puerto Rico se hace tabaco y tenemos una historia por contar. De ser pocos, haremos poco”.

Afirma que “si hasta 2020 el sueño de Gabriel era poner su fabriquita y ahora es la Escuela de Torcedores, hacia eso vamos. Me encargaré de que se haga realidad”.

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