El secreto círculo del desmán almizclado

De todo mi gusto

Michel Iván Texier Verdugo

”Era un sábado a la noche, tenía plata y hacía calor, me dije aprovecha sos joven… salí a la calle, paré un taxi y me fui, por ahi…en eso siento que un señor me llama, al darme vuelta me di cuenta que eran seis, muy bien peinados, muy bien vestidos y con un Ford verde’’ 

Los Twist, Pensé que se trataba de Cieguitos

El topo es larguero; invitar a un topo es sacrificar la madrugada, así parte definiendo al miembro de esta cofradía nuestro amigo Diego, el policía, no el otro, porque entre los topos los nombres se repiten como las copas con las que se brinda cada vez que la ocasión lo permite.

El topo es vikingo, no se deja dominar por nada, agrega Gabriel, quizás pensando en el Valhalla al que habrá de llegar cuando los largos años de fumadas lleguen a su fin en algún futuro aún lejano.

El topo es combativo, insaciable, imbatible; el topo se lame sus heridas y se cura con la suave brisa del anochecer, aportan Facundo y Gastón, seguramente mientras devoran algunos kilos de vacío en alguna junta de domingo allá por abril.

Entre los fumadores suelen formarse cofradías, grupos, asociaciones, clubes, fraternidades, muchos de nosotros nos adscribimos a más de una y aportamos a la construcción de una identidad particular en donde se manifiestan las historias de vida de cada uno de los miembros, los gustos personales, los rasgos de personalidad, la afinidad marcada entre unos y otros, siempre variable, siempre sujeta al quehacer diario en el que no ha de faltar un puro en la mano.

La nuestra se formó casi de casualidad, a partir de la interacción en Whats app de la mayoría de los participantes en un curso internacional de Habano Sommelier donde confluyeron conciencias de diversas culturas y países y que se volvió concreta y tangible en los últimos días del año que recién termina, gracias a la apertura de las fronteras y la siempre inigualable atención de Bellagio Habanos en la bella, y calurosa en la época, Buenos Aires.

‘’Pensé que se trataba de Cieguitos, anteojos negros usaban los seis, al llegar me dijeron buenas noches, ¿dónde trabaja, dónde vive… usted quién es? Acto seguido me invitaron a subir al Ford” (Hugo Cipoletti, Los Twist).

Lo del Ford verde no es casualidad, en la andanada de memes y referencias bizarras que suelen abundar en las interacciones virtuales, en algún momento se dejó caer el recuerdo de un momento de mi adolescencia en el que me tocó conocer, de primera mano, el interior del portamaletas de un Opala verde (el equivalente durante la dictadura chilena, de los macabros Ford Falcon verdes ocupados por su homóloga argentina para reprimir, detener, asesinar y desaparecer durante los años oscuros del generalito de marras que murió preso y cubierto de sus propios efluvios, imagen que a su vez me recuerda el tema favorito de otro topo insigne, Nicolás). 

A partir de ese recuerdo se comenzó a construir una identidad que roza con las letras de Cipoletti, con una amenaza de decomiso constante en nuestro cigar lounge preferido, con carros privados de funcionarios públicos mal estacionados en la puerta, insolentemente instalados sobre la vereda, impunemente abandonados por sus dueños durante las horas sagradas de fumar, confluyeron vuelos llegados desde Santiago, Sao Paulo, Nueva York, Winnipeg y La Matanza, buena gente de River Plate, Flamengo y Ohiggins de Rancagua y otra (no sé si tan buena) de Boca, Universidad de Chile y Palmeiras (nunca faltan los de Independiente o San Lorenzo, por nombrar algún equipo de barrio con derecho a una legítima hinchada que colme las cuatro corridas de asientos de madera del estadio municipal), altos y bajos (y también muy bajos acostumbrados al taco alto), gordos y flacos, pelados atractivos y feos ejemplares de sujetos que aún no comienzan a entender la belleza de la calvicie, eso sí todos, sin excepción, amantes de las facturitas y, por sobre todas las cosas, de las empanadas, no en vano tenemos, en el reparto estelar de la cueva del topo, a un empresario del rubro y a su socio, aunque para ser honestos, aún no logramos probar ni una sola de sus famosas empanadas, no por avaricia, que es lo que menos los caracteriza, sino porque a la hora de cargar algo en las manos, siempre alguna botella o accesorio ocupa el lugar de privilegio.

El topo mayor es un cargo rotativo, algo así como “el primero entre sus iguales” de cierta sociedad secreta de la cual seguro tenemos algún infiltrado (porque no me extrañaría que en el seno de los topos, algunos de ellos se reúnan los dias de luna llena a beber de mediodía a medianoche), preside la sesión el primero en llegar, o el que habla mas fuerte, o el que habla mas, esto ultimo de dueno indiscutido y no, no es el suscrito, a pesar de lo que algunos de ustedes puedan pensar

“Llegamos a un edificio y comportándose con toda corrección, me sometieron a un interrogatorio, que duró casi cuatro horas y fracción, se hizo muy tarde dijeron, no hay colectivos, quédese, por favor” (siempre Cipoletti).

Si no es interrogatorio, es tertulia, el último día que estuve allí, hace un par de semanas, llegué a mediodía en punto a encontrarme con el viejito pascuero canadiense (que en realidad es argentino) y salí casi corriendo ocho horas después directo al aeropuerto para alcanzar a llegar a mi casa en Brasil antes de año nuevo, partí fumándome un Cohiba Genios, regalo de Gabriel, que nunca deja de preocuparse por sus amigos, y terminé con la suavidad y cremosidad de un Quay D’orsay 50, maridado todo por una botella que trajo del frío de la provincia de Manitoba, un Papá Noel que cambiando los renos por caribúes se acordó que W. L. Weller nos entrega el maridaje perfecto que todo topo necesita en las horas felices de compartir con los amigos.

Los topos, ya lo mencionamos, tienen policías y pilotos entre sus miembros, también abogados, camioneros, influencers, economistas, empresarios, dibujantes, psicólogos deportivos y de los otros, médicos, sureños del campo y a la antigua, profesores, jugadores de futbol americano y remeros, hockystas reinventados en amantes del golf y gente que transpira de solo encender la TV para ver el juego del domingo. 

Nos une el aroma y el sabor del tabaco y, por sobre todas las cosas, la nostalgia por las notas de flores blancas, tan cerca y tan lejos de la percepción sensorial de todos los fumadores, que construyeron un acervo inigualable a punta de mordisquear calas, jazmines y lirios desde la más tierna infancia, hundir la nariz en macetas de gerberas, astromelias, kalanchoes, ranúnculos y alyssum; deshacer entre los dedos pétalos de crisantemos, amarilis, peperomias, azaleias y calandrias hasta lograr una perfección incomparable en el capítulo floral, imprescindible a la hora de estirar los dedos y los sentidos y acertar en la elección precisa entre los muros frescos y fríos de los humidores de Bellagio.

Las juntas de los topos siempre tienen alguna sorpresa, pero nunca falta el tiempo para pasar por una porción de asado a la parrilla del frente en calle Maipu, no se planifican pero se anuncian, no vaya a ser cosa que algún topo descubra, en ese mismo instante, que esa sensación de vacío inexplicable que lo acompañaba ese día desde la hora del desayuno no era otra cosa que el deseo inconsciente de pasar a compartir un puro con los amigos y el anuncio vino a regalarle la tranquilidad que pensaba buscar en la bebida, las mujeres o el juego, enderezando el rumbo y alimentándole la ansiedad del saber ser capaz de llegar.

“A los tres días de vivir con ellos, de muy buen modo me dijeron váyase, me devolvieron mis cordones y mi cinto, los tenían ellos no les pregunte por qué, cuando salía, me prometieron, lo aseguraron, lo repitieron, nos volveremos a ver” (última estrofa de esta de Cipoletti, vamos todos a bailar twist).

Ya les conté, en otro artículo, que alguna vez dormí en un cigar lounge (su dueño también es de los nuestros), también me quedé (voluntariamente) encerrado en uno con el único objeto de seguir fumando; ya comí pizza en el subterráneo y empanadas cuyas cajas estaban en el suelo, porque alimentarse en una junta de topos no es razón suficiente para levantarse del asiento. 

Lo que nunca les dije (y esta tampoco será la ocasión) es cuál es la prueba definitiva para convertirse en un topo, pero puede colegir algunas pistas de estas líneas y, si quiere algún tip que le permita aventurarse en nuestro territorio con alguna probabilidad de éxito, empiece a jugar a las ensaladas de flores, siempre blancas eso sí, no vaya a ser que lo descubran con pétalos de otro color y se lo lleven a pasear, gratuitamente, en la maleta del Ford.

 

1 COMENTARIO

  1. Creo entender lo que se narra en esta nota. Es cierto. Algo espié, algo me imaginé y algo me contaron, pero prometí que jamás pero jamás revelaría esa fuente. Temo al Falcon Verde.

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