Forajidos. PARTE V, 1899 Black Bear

Historias de tabaco en el viejo oeste

Raúl Melo

Fatigados por la persecución, las discusiones y nuestra velada de forajidos, nos retiramos a dormir. JC se acomodó en un viejo y ruidoso catre y yo, fiel a la costumbre, me eché sobre el petate que cargaba en mi caballo y me dispuse a descansar a ras de suelo.

Desperté a la mañana siguiente, cuando los primeros rayos del sol me incomodaron. El chico ya no estaba acostado; de hecho no estaba en la casa. Por un momento tuve una sensación extraña: no sabría distinguir si se trataba de frustración, por no ver al niño que utilizaría para mis fines; enojo, por haber compartido alimentos con alguien que al sentir la panza llena decidió que ya no le era útil, o más bien triste, por perder a un amigo muy reciente.

Recogí el petate, las cobijas y empaqué la comida y bebida en el zurrón, no sin antes revisar que todas mis pertenencias siguieran en su lugar, claro. Salí de la casa y acomodé todo en el lomo y alforjas de mi caballo.

Me disponía a partir cuando divisé al chico acercándose en una carreta, que a pesar del maltrato evidente aún rodaba y parecía funcional.

 

–Si vamos a tomar algo para luego llevárselo a tu amigo, creo que necesitamos ocultarlo y moverlo, –me gritó a la distancia, con palabras que salían enmarcadas por una sonrisa envidiable. Se le notaba la alegría por ayudarme y ser útil en esta nueva aventura.

–Es de mi papá. La usa para trabajar y mientras no esté, la usaré yo, –explicó.

–El caballo lo tomé prestado, –susurró mientras lo desataba del carro y lo palmeaba, para que regresara a su lugar de origen–. Pero podemos usar el tuyo, ¿No?

–¡Claro!, Lucky Bastard es muy trabajador, y creo que tiene el tamaño para mover esto sin problema.

Mi Lucky era un caballo de raza Gypsy Vanner, criada especialmente por los gitanos que llegaron de Irlanda al Nuevo Mundo y muy populares entre las compañías circenses, como la de mi familia: una bestia predominantemente negra, con algunas manchas blancas en los cuartos traseros y bigote negro y prominente. Sí, un bigote… y ese pequeño detalle nos hermanaba como a nadie más.

Acordado el trato lo enganchamos a la carreta y nos dirigimos hacia el camino pedregoso que el día anterior nos había conducido de la ciudad al pueblo obrero y las plantaciones.

Nos detuvimos a un costado del camino y tras varios esfuerzos, como pudimos, retiramos una rueda de la carreta simulando una avería. Sólo restaba esperar a que, como había dicho JC, pasara una de las carretas de reparto de Carrigan para solicitar “ayuda”.

La información del chico era precisa. Nos tomó menos de media hora notar a la distancia la presencia de una víctima potencial. Preparamos nuestro acto. JC hizo un poco de espacio entre algunas pacas de paja que había colocado sobre la plataforma de la carreta y lo cubrió con una lona, estratégicamente. Como dije, el niño tenía talento.

Tuvimos un poco de suerte. El conductor paró detrás de nosotros y preguntó qué nos había sucedido. Le expliqué que probablemente este cacharro ya no estaba en condiciones para caminos tan exigentes.

–¡Qué bueno que se detuvo, compañero! –respondí al hombre. El niño es activo y buena compañía de viaje, pero para algo como esto no tiene con qué. ¿Sería tan amable de ayudarme a revisar el daño, y ver si podemos recolocar la rueda?

Aquel sujeto, algo confiado por tratase de en apariencia de un padre y su retoño, descendió del carro y se aproximó. Revisamos la rueda, el eje y todo lo pudiera haberse dañado. Nuestro incidente era falso, pero las malas condiciones del transporte, no. Así que nuestra víctima no tardó en hallar desperfectos.

Mientras aquello sucedía en la parte delantera de nuestro transporte, las manos hábiles de JC se aprestaban a sustraer algo de material del carro de reparto. Poco a poco tomó de mazos de aquí y de allá, acomodándolos en el hueco entre las pacas, hasta sentir que la falta de hojas podría resultar evidente a la vista.

Aunque nuestro instinto avaricioso y confiado nos llevó a pensar que aquella treta podría funcionarnos más de una vez en un solo día, la advertencia de Rubens sobre usar eso que tenemos entre las orejas me ayudó a retomar el camino de la estrategia y nos conformamos con el botín obtenido.

Una vez hechas las reparaciones y para no levantar sospechas, decidimos seguir al hombre de Carrigan hasta la ciudad, donde le agradecimos su ayuda de nueva cuenta y nos separamos. Fue una cubierta perfecta para estos falsos padre e hijo, y un buen pretexto para observar y estudiar un poco más el proceder de los empleados de la tabacalera, una vez en la fábrica.

Nuestro botín parecía suficiente para esta primera incursión experimental, así que hablé con el chico y le propuse continuar a mi lado hasta completar el atraco.

–Oye, creo que llevamos hoja suficiente para comenzar a trabajar. ¿Quieres conocer a mi amigo?, estamos a menos de un día del valle donde vivimos, –le pregunté.

–¡Sí!, –respondió, con un brillo especial en los ojos.

Le invité un bocadillo en uno de los comederos populares de Laffayete e iniciamos el camino de vuelta al Valle del Silencio.

JC me acompañó la mayor parte del trayecto en el asiento de la carreta, pero al anochecer decidió mudarse al tablero para acurrucarse entre las pacas de paja que ocultaban nuestra carga.

Ansioso por demostrarle a Rubens que podía con el trabajo, aproveché la luz de una impresionante luna llena para continuar el viaje, sin descanso, hasta aquella cabaña perdida en el bosque.

La madrugada en el valle es prácticamente indescriptible. El cielo estrellado se admira como en ningún otro lugar y nada le piden a la luz artificial que la electricidad ofrece hoy en día. Aquí, la luna se observa en el firmamento y se replica en las aguas mansas del riachuelo que corre a un lado del camino. Su tintineo es como una bienvenida, un festejo por el trabajo bien hecho.

Al fin amaneció… estábamos a pocos metros de la cabaña cuando JC despertó, asombrado por todo el verde a su alrededor.

–¿Dónde es aquí?, –preguntó.

–Es el bosque que rodea el valle, digamos que mi casa. Y aquí vive mi amigo Rubens. ¿No conoces el bosque?, –pregunté, sorprendido realmente por la reacción del muchacho.

–No, nunca había salido de la ciudad, –respondió, sin poder dar crédito aún a la imponente belleza de los árboles de coníferas que nos rodeaban.

Bajamos de la carreta, descubrimos nuestra carga y llamé a la puerta, orgulloso de haber regresado días antes del límite que Rubens me había impuesto. Salió a recibirnos, y sin decir nada revisó lo que traíamos.

–Excelente, esto servirá, –exclamó, sin expresar sorpresa, alegría o satisfacción alguna. Serio, como siempre, tomó algunos atados de hojas y los llevó a la covacha.

–¿Se van a quedar mirando o qué?, –Preguntó. Y segundos después JC y yo nos unimos a la descarga.

En el interior la casa, sobre la mesa, había por al menos diez moldes de madera para prensar cigarros, algunos cerrados y otros abiertos. Rubens se colocó detrás de ellos y nos llamó, con un gesto, sin pronunciar palabra.

Permanecimos en silencio. Cuando sentí que JC no podría permanecer un momento más sin hablar, lo tomé del hombro para tranquilizarlo y evitar una imprudencia. No creo que el señor Rubens sea alguien malo, pero sí una figura que impone como primera impresión.

Habrá pasado un minuto cuando, luego de encender uno de sus puros, al fin se dirigió a nosotros:

–Primero, supongo que el niño está aquí porque te ayudó, aunque la verdad no me importa, –dijo–. Segundo, lo que me trajiste está bien para unos días, pero no es suficiente, necesito más, aunque para ser la primera vez, está muy bien… y tercero, creo que es el momento: Esto que tengo aquí es un puro terminado, como el que fumaste conmigo la primera vez; es el fruto de un proceso que luego te explicaré y el alma de este negocio. Esto, muchacho y muchachito, es un Black Bear.

Continuará…

 

 

 

 

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