Cinco siglos de tabaco en México

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El descubrimiento de América y la Conquista fueron empresas inmensas con efectos inesperados para los cuales España no estaba preparada. Las primeras décadas de la Colonia fueron de considerable desorganización. La distancia de la metrópoli y la falta de un sólido aparato administrativo daban lugar a que los conquistadores actuaran con gran independencia.

Paulatinamente, los españoles organizan el cultivo del tabaco, primero en Santo Domingo en 1535, para pasar después a Trinidad, Cuba, México y las Filipinas. Aunque hay envíos esporádicos de tabaco americano a España durante este primer periodo, es hasta principios del Siglo XVII que estas exportaciones se consolidan, se reflejan en las contabilidades de la época y alcanzan volúmenes que permiten la creación de la primera fábrica de tabaco en Sevilla.

La calidad del tabaco dominicano y cubano, superior al de Nueva España, se refleja en los menores aranceles que pagan los primeros para ingresar a España. Así, se estimula el carácter de exportación del tabaco caribeño mientras qe se desincentiva de alguna manera la exportación del novohispano, lo que reafirma su carácter de artículo de consumo interno.

La relativa falta de interés de España por el tabaco del antiguo México se explica por dos razones: su menor calidad frente al tabaco cubano y dominicano, por lo que se le tiene en menor estima como producto de consumo en la metrópoli y, por otro lado, el énfasis mercantilista en la extracción de metales preciosos inhibe y aparentemente hace innecesaria la industria local del tabaco como fuente de ingresos para la Corona.

En estas circunstancias, el cultivo del tabaco se extiende libremente por la Nueva España en los siglos XVII y primera mitad del XVIII; llegan incluso a establecerse haciendas tabacaleras. La producción y comercialización del cultivo es objeto de cierto control por la administración virreinal; en 1631 se crean cinco almacenes-bodega en puntos centrales del territorio, cuyo propósito es reunir la producción dispersa para ser inspeccionada y reempacada por oficiales expertos.

La administración más bien laxa de las autoridades respecto del tabaco de la Nueva España durante casi toda la Colonia sufre un giro radical durante el Siglo XVIII, con la creación del Estanco del Tabaco.

En el año 1700 sube al trono de España Felipe V, quien decide emprender reformas que estructuren el reino con la finalidad de centralizar el poder político y administrativo.

Fernando IV, su sucesor, logra avanzar más por este camino, logrando la paz interna y logrando un mejor manejo de la hacienda real. Pero es Carlos III el que interviene enérgicamente en las colonias. Aconsejado por su ministro de Hacienda y Guerra, proyecta cambiar su política colonial para obtener las riquezas de las posesiones en ultramar, tanto en recursos económicos como humanos, que hasta ese entonces no se habían sabido aprovechar plenamente.

El primer paso para establecer las reformas económicas y administrativas fue recuperar el dominio político en la Colonia, imponiendo individuos y grupos. En el aspecto económico se crearon monopolios con los que protegían sus intereses; es el origen del sistema de intendencias. Esto significó que la Corona desplazaba el antiguo sistema administrativo de alcaldías y corregimientos, en el que los funcionarios obtenían sus remuneraciones de las ganancias que dejaba el comercio de artículos, por el de tener funcionarios a sueldo de la real hacienda de España, lo cual los subordinaba a los intereses del rey.

La Corona controlaba directamente la producción del comercio de una serie de productos, a través de monopolios que significaban una atractiva rentabilidad. Este sistema de “renta estancada” era de más fácil administración y ya había sido probado con éxito en Cuba.

Para establecer los monopolios se eligieron productos que fueran susceptibles de ser manufacturados y tuvieran un mercado seguro. La primera condición permitía la intervenbción estatal en la cadena de producción, lo que además facilitaba la imposición del gravamen y dificultaba la competencia ilegal; la segunda condición implicaba que se sostuviera un altyo consumo en el mercado a pesar de las cargas tributarias. El tabaco cumplía plenamente ambas condiciones. En cuanto a la segunda, la evidencia señala que el hábito de consumir tabaco en la Nueva España se había difundido y consolidado de una manera extraordinaria, tanto que, para fines del Siglo XVIII, “los productores de cigarros superaban en número a los de cualquier otro oficio productivo” (Ros, 1984).

Otros requisitos eran el de cierta homogeneidad en el bien estancable, para evitar lo más cierto grado de incorruptibilidad del producto por el transcurso del tiempo.

Los artículos que se escogieron para monopolizar fueron el tabaco, el aguardiente, la sal, la pólvora, los naipes y la amonedación.

El monopolio del tabaco se ordenó por real cédula del 13 de agosto de 1764. A José Gálvez quien era entonces secretario del Consejo de Indias, se le dio la Dirección Universal de Monopolios en las posesiones de ultramar. Para su reglamentación surgieron posteriormente gran número de disposiciones, órdenes y cédulas, hasta que la renta se puso bajo la tutela de un superintendente general en cada virreinato o capitanía general.

Las funciones de monopolio encabezado por la real Renta del Tabaco llegaron a abarcar la organización, reglamentación y supervisión de las siembras del tabaco, elaboración de puros y cigarros en las fábricas y distribución y venta de los productos.

Su estructura administrativa se dividía en dirección, contaduría, tesorería y almacenes generales. En las ciudades donde había fábricas y en las zonas productoras se establecieron factorías o administraciones generales, de las cuales dependían administraciones ubicadas en ciudadesy pueblos grandes; los fielatos, ubicados en pueblos más pequeños y, en las rancherías y localidades pequeñas, los estancos o estanquillos.

La producción del tabaco en la Nueva España continuaba siendo, esencialmente, para consumo interno, puesto que el tabaco cubano, considerado de mayor calidad, era el que surtía a la metrópoli. Sin embargo, a partir de su estanco, el tabaco novohispano comenzó a generar grandes ganancias para la Corona, derivadas de los impuestos sobre su venta local.

A fines del siglo XVIII este monopolio proporcionaba a la Corona mayores recursos que cualquier otra fuente de ingresos. Entre 1782 y 1809 los ingresos nunca fueron menores a tres millones de pesos anuales; se llegó a una cifra récord de más de cuatro y medio millones de pesos en 1789 (Mcwatters, 1979).

Inicialmente, el monopolio tomó control sólo del cultivo y venta del tabaco en rama; dejó la manufactura y venta de productos del tabaco en manos privadas. Gradualmente la Colonia empezó a producir sus propios puros y cigarrillos; fue clave el establecimiento de la fábrica de la ciudad de México en 1769, considerada como la empresa más desarrollada de la época y la que más empleos generaba. Las tiendas privadas que aún permanecían en la ciudad de México fueron abolidas en 1775; se reservó la venta de puros y cigarrillos únicamente a estanquillos del gobierno.

Para un mejor control del monopolio, en 1764 se restringió la siembra sólo a las regiones de Córdoba, Orizaba, Huatusco y Zongolica, y se prohibió en otras regiones donde en las que tradicionalmente se se cosechaba, sin considerar a la población que de ello vivía, por lo que hubo oposición a las medidas monopólicas.

La forma de organizar a los productores fue un contrato en donde se especificaban las cantidades de tabaco en rama que se debía entregar a la corona a precios negociados. No se permitía comprar tabaco a personas o grupos fuera del monopolio.

Otra medida de control fue la de reducir las veintiún clases de tabaco en rama a sólo tres: supremo, mediano e ínfimo; o primera, segunda y tercera. Una cuarta clase, llamada punta, se refería al desperdicio y pequeños pedazos recogidos durante el proceso. Esta simplificación facilitó también la negociación y fijación de precios para el producto.

La Renta del Tabaco, a través de sus factorías o administraciones generales, contrataba a los cosecheros. La responsabilidad de la siembra era del cosechero, quien se comprometía a sembrar un número acordado de matas, agregándole un 10% de margen para cubrir las posibles pérdidas. La renta entregaba parte del pago final por adelantado para que el cosechero tuviera recursos para la siembra, limpia y cosecha del tabaco. La renta vigilaba, durante el ciclo de la cosecha, que se llevaran a cabo correctamente los pasos que requería el proceso del tabaco, además de que evitaba siembras clandestinas.

Las factorías eran las receptoras del tabaco en rama; de ahí se mandaba a la ciudad de México. Para el transporte se contrataba a un asentista, dueño de recuas o a su vez contratante de recuas, quien se comprometía, por un precio establecido, a entregar el tabaco en las bodegas de almacenamiento de la ciudad de México.

En esa época había 175 bodegas en la ciudad y sus funciones eran de almacenamiento y distribución. Entregaban a las fábricas de puros y cigarros la materia prima y posteriormente distribuían los productos en los mercados locales y regionales de la Nueva España. Los encargados de las bodegas eran funcionarios públicos representantes de la Corona.

El Estanco del Tabaco se amplió cinco años después de su creación, al control de la manufactura y venta. Abatió la libre industrialización, organizando sus fábricas en la ciudad de México, Puebla, Querétaro, Guadalajara, Oaxaca y Orizaba.

La venta al público se realizaba en lo que se denominó estancos o estanquillos. Al frente de éstos estaba un empleado (estanquillero) de la real renta, quien recibía su retribución con un porcentaje del producto de las ventas.

De los estanquillos salía el producto líquido final de todo el proceso monopólico del tabaco el cual se remitía íntegramente a España. Constituyó uno de los pilares fundamentales de la real hacienda hasta el fin de la Colonia.

El Siglo XIX, inicio del México independiente, es una época de pugnas y confrontaciones de diversos grupos, con los que el gobierno naciente tiene que definir una nueva organización económica, política y social.

La lucha por la Independencia había dejado vacías las arcas de la Nación. Era urgente la reestructuración económica que mejorara la hacienda del nuevo gobierno. El Estanco del Tabaco, herencia colonial que recordaran como «la piedra más preciosa de la corona española», podía seguir siendo un importante recurso de rescate para el naufragante erario, y servir ahora al gobierno independiente. Lo que había servido para apoyar la lucha contra la Independencia, podía en adelante ayudar a defenderla.

Sin embargo, se concluyó que el triple monopolio que pesaba sobre el tabaco -cultivo, manufactura y comercio- era contrario a la libertad de los hombres y en generala los valores por los que se había luchado en la guerra por la Independencia. Por lo tanto, el día 11 de mayo de 1822 el Congreso decretó que se rematasen todos los productos y existencias del estanco a los cosecheros.

Agustín de Iturbide, emperador, se opuso a este decreto, pues su imperio necesitaba recursos. EI Congreso decide posponer sólo por dos años la efectividad del decreto.

Al caer el imperio de Iturbide se inicia una polémica en la Comisión de Hacienda del soberano Congreso en torno a los beneficios y desventajas de establecer nuevamente el Estanco del Tabaco.

No se llega a un acuerdo hasta 1824, fecha en que se expide una ley en la que se designa los estados de la federación como sustentantes directos de las rentas del tabaco en rama. La Fábrica de Puros, Cigarros y Polvos de la ciudad de México sería la encargada de proveer al consumo de la capital y los territorios de la federación.

En la mayoría de los estados donde se cultivaba tabaco, los gobiernos entregaron a particulares la explotación mediante una renta al erario estatal. La libertad con que se desempeñaban en esta actividad produjo, con el tiempo, una sobreprodución que afectó a los cosecheros. El precio que pagaban los empresarios no redituaba el costo del cosechero, por lo que el gobierno federal tuvo que presionar para que los gobiernos estatales asumieran la administración de la renta particular del tabaco.

En el año 1833 el estanco a nivel nacional es nuevamente abolido; se deja a los estados la decisión de continuarlo o eliminarlo de acuerdo con sus intereses. Se le aplica al cultivo únicamente un impuesto de tres reales por cada cien matas sembradas y un real por cada libra de tabaco en rama.

Estas medidas no obtuvieron éxito, por la incontrolable evasión de impuestos. Para remediar esta situación, Lucas Alamán estimuló a un grupo de cosecheros para que integrara una sociedad y arrendara el estanco en los estados que aún lo conservaban.

Se organizó la sociedad, al mando de don Benito de Maqua, arrendando el estanco en los departamentos de México, Puebla, Veracruz, Oaxaca, Michoacán y Querétaro, por lo que se le llamó Sociedad de los Seis Departamentos. El éxito de la sociedad fue inmediato, por lo que pronto se le unieron los departamentos de Guadalajara, Durango y San Luis Potosí, con los que se formó una nueva sociedad industrial llamada Empresa del Tabaco, liquidándose la anterior.

La constante devaluación de la moneda del cobre obligó al gobierno federal a crear el Banco de Amortización de la Moneda del Cobre. El Congreso decretó, poco tiempo después, el restablecimiento del Estanco del Tabaco, para ser administrado por el banco. El 12 de enero de 1839 se formaliza el procedimiento y se convoca al público para su arriendo.

Benito de Maqua, presidente y director de la Compañía Empresaria del Ramo de Tabacos, presenta un proyecto que cumple con todos los requisitos que se estipulan en la convocatoria para su otorgamiento.

Anastasio Bustamante, presidente de la República, concede por cinco años la administración a la compañía y se resuelve la renta de seiscientos mil pesos en los tres primeros años y setecientos mil en los dos últimos. En el convenio que firman la compañía y el gobierno se establece que éste protegerá a la empresa del contrabando; ésta tendrá la exclusividad de la siembra, manufactura y comercialización del tabaco. De acuerdo con sus intereses puede tomar la decisión de aumentar o disminuir su fabricación y los empleados gozarán de las mismas prestaciones que los empleados de Hacienda. En caso de haber pérdidas por convulsiones políticas, el Banco Nacional debe pagar la mitad de las pérdidas.

Este contrato recrudeció las polémicas. La Cámara de Diputados recogió las protestas de cosecheros principalmente, que alegaban que el contrato celebrado era contrario a la Constitución y a las leyes y perjudicial al erario. Esta polémica se alargó, y sin ser resuelta vino a complicarse con la guerra de Texas, a donde fue necesario canalizar todos los recursos de la Renta del Tabaco para su sostenimiento.

En el año de 1841, después de una gran lucha, la empresa se vio obligada a entregar el arrendamiento al gobierno, aun sin concluir el contrato. Para formalizar la entrega, los directivos de la empresa enviaron al ministro de Hacienda un detallado inventario de existencias, tanto en maquinaria como en productos, con las cantidades y los precios estimados.

La junta directiva del Banco de Amortización consideró que las cifras eran excesivas. Hasta el Hasta el 12 de noviembre de 1841 no se llegó a acuerdo alguno con el presidente Santa Anna, quien expidió un decreto en el cual se restablecía el Estanco del Tabaco bajo la administración del erario nacional.

Reagrupar el estanco consumió varios años. Esto se concluyó en 1846 con un documento jurídico, legal, administrativo y laboral, muy similar a los producidos en la época colonial, llamado Ordenanzas del Tabaco.

Con esto se desarrolló un gran aparato burocrático; se crearon nuevamente factorías, administraciones, fielaturas y una planta general de empleados para todas las oficinas de la República.

Sin embargo, la invasión norteamericana y la inestabilidad política vinieron a abolir de nueva cuenta el control del gobierno sobre el estanco. Las fuerzas invasoras y los cosecheros a quienes no se les había pagado decomisaron las existencias del tabaco.

Después de varias reuniones y auscultaciones el gobierno decide volver a dar en arrendamiento el Estanco del Tabaco a sus antiguos tenedores. Ya figuraban algunas firmas inglesas como la Manning y Mackintosh; con éstas, junto con algunos industriales mexicanos, se celebra formal contrato el 18 de agosto de 1848.

La empresa vuelve a adquirir todos los derechos y privilegios, y se compromete a entregar al gobierno federal y a los gobiernos estatales el 15 y 10%, respectivamente, de las ventas que excedieran el margen de lo obtenido en el año de 1844.

En 1856 se vuelve a declarar libre la siembra y manufactura del tabaco, quedando reguladas por la Constitución del 5 de febrero de 1857.

Producción

La debilidad del mercado nacional y de un sistema de comunicación que permitiera su consolidación limitó el desarrollo de la producción agrícola, la cual operó durante el último cuarto del siglo XIX con base en la satisfacción de los mercados locales; sólo una mínima parte se destinaba al mercado externo. A pesar de la protección arancelaria y la constante depreciación del peso, la producción agrícola no encontró el impulso que buscaba y aun retrocedió a un ritmo anual de 0.15% entre 1877 y 1892.

El tabaco fue uno de los productos que registraron las bajas más moderadas durante ese periodo; pues de 7 mil 504 toneladas pasó a 7 mil 116. Por otra parte, las posibilidades de aumentar la producción de tabaco se enfrentaban a problemas de falta de capital y de transporte; además de las deficientes técnicas de cultivo y beneficio que también frenaban su avance. Sin embargo, se esperaba que la reciente disolución del Estanco del Tabaco, llevada a cabo en 1856, estimularía la producción en las zonas de Veracruz, Tabasco, Campeche, Yucatán, Oaxaca y Nayarit principalmente, y de manera complementaria en Morelos, Michoacán, Guerrero, Colima, Sinaloa y Chiapas.

Al igual que el resto de la producción agrícola nacional, la del tabaco se orientaba a la satisfacción de los mercados regionales; así, las zonas productoras estaban dispersas por toda la República Mexicana. En 1897 el tabaco se cultivaba en veintidós de los veintisiete estados del país. Los estados de mayor producción eran Oaxaca (3 mil 194 toneladas) Veracruz (mil 786), Jalisco (983), Nayarit (726), Michoacán (556), Chiapas (382) y Sinaloa (255). Si se toma en cuenta que la producción total de ese año fue de 8 mil 956 toneladas los dos primeros estados participaron del 50% (Katz, 1980).

El gobierno mantuvo una actitud abierta tendiente a favorecer la producción tabacalera que incluía la búsqueda de mejores tierras, la participación de extranjeros y la tolerancia de ciertas medidas coercitivas de captación de mano de con más obra en algunas zonas de cultivo.

«Los cantones de Córdoba, Orizaba y Jalapa fueron inicialmente los principales productores de tabaco; pero como sus tierras no eran del todo apropiadas, pronto disminuyó el cultivo. Se abrió entonces la zona sur del estado y el norte y occidente de Oaxaca. Los primeros tabacos del sur de Veracruz que irrumpieron en el mercado fueron los de la cuenca del río San Juan…; los de

San Andrés Tuxtla y Acayucan pronto adquirieron fama, a pesar de un cultivo y una preparación descuidados» (Cosío Villegas, 1974).

La región de Valle Nacional en Oaxaca dio los primeros pasos como importante productora de tabaco oscuro gracias a las incursiones del español Ramón Balsa, quien imprimió un profundo dinamismo al cultivo del tabaco y consiguió cotizarlo entre los mejores del mercado externo.

De 1892 a 1895 la producción nacional del tabaco tuvo un crecimiento pronunciado; pasó de 7 mil 116 toneladas a 10 mil 777. Aunque descendió en los siguientes dos años, se recuperó nuevamente y alcanzó su nivel máximo en 1905. Los estados de Veracruz y Oaxaca fueron la fuente primaria de producción de tabacos oscuros para exportación; mientras que el estado de Nayarit ya destacaba, a principios del siglo XX, en la producción de tabacos rubios de tipo Virginia para ser utilizados en la fabricación mecánica de cigarrillos que se iniciaba en el país. “Así, en las postrimerías del porfiriato las principales zonas productoras se hallaban en la cuenca del Papaloapan, norte de Veracruz, Huimanguillo en Tabasco, norte de Puebla, noroeste de Chiapas y en la zona colindante de Jalisco y Tepic» (Cosío Villegas, 1974).

Comercio exterior

Las exportaciones de tabaco durante el porfiriato siguieron la tendencia general de crecimiento continuo; su participación en el total exportado fue del 2% y aun cuando en ocasiones descendió al 0.2%, el tabaco se mantuvo entre el octavo y décimo lugar de los principales productos exportados. A fines del siglo XIX, el tabaco mexicano (sobre todo el de tipo medio) ya era conocido en el mercado internacional, especialmente en Europa y en menor proporción en Estados Unidos y Sudamérica, si bien el constante crecimiento de la demanda nacional y los problemas de calidad que enfrentaba en el exterior no permitieron que las exportaciones registraran un crecimiento más dinámico.

Los principales destinos de los tabacos labrados mexicanos se encontraban en Alemania, Inglaterra y Francia, donde las marcas de los puros mexicanos eran reconocidas. Aprovechando la aceptación de estos productos, las fábricas trataron de introducir cigarrillos en el mercado internacional, intento que no fructificó debido a la gran competencia y preferencia por el tabaco turco, que era más fuerte. La exportación de tabaco labrado creció constantemente desde 1877 hasta fines del siglo: de 34 toneladas en 1877-1878 las ventas externas se elevaron a 436 en 1898-1899; a partir de este año declinaron hasta 111 toneladas al finalizar el porfiriato. Las principales causas de esta disminución fueron la competencia cubana y la aparición de nuevos centros de cultivo en las Indias Orientales que incidieron en la mayor producción mundial de tabacos labrados y en la pérdida de mercados para los productos mexicanos.

Las exportaciones de tabacos fuertes en rama para puros tuvieron una tendencia similar; en 1877-1878 se exportaron 153 toneladas; veinte años después la cantidad se elevó a una cifra récord de 3 mil 107 toneladas y en 1910-1911 las exportaciones descendieron a 952 toneladas. Los principales mercados se concentraban en Europa; Alemania era el principal cliente y el más seguro. Francia, Inglaterra y Holanda fueron disminuyendo sus compras. Holanda las suspendió totalmente pues contaba con el abastecimiento que le proporcionaban sus colonias. Bélgica surgió en los últimos años como comprador importante. En general, durante todo el porfiriato, la demanda externa del tabaco mexicano se mantuvo fuerte y en un lugar preferente en el gusto de los consumidores e incluso 1legó a compararse en calidad con los tabacos cubanos y brasileños.

El monto de la exportación mexicana, poco significativo dentro del volumen total del comercio internacional del tabaco, aumentó de 150 toneladas en 1878 a más de 700 en 1891; de allí en adelante osciló generalmente entre mil y mil 500 toneladas con años excepcionales en que ascendió a dos mil y tres mil toneladas.

Las importaciones totales durante este periodo también crecieron, aunque hubo cambios en la composición debido a la política arancelaria y al proceso de depreciación del peso. Creció la participación de los productos de primera necesidad y de los bienes duraderos dentro del total de las importaciones y, por otra parte, se mantuvieron aranceles altos a los bienes que podían sustituirse, como los de consumo elaborados, especialmente los no duraderos y algunos intermedios.

El proceso de sustitución de importaciones de bienes elaborados afectó sobre todo a las manufacturas textiles, ciertos productos alimenticios, bebidas, tabacos y otros. La importación de tabacos elaborados disminuyó dos tercios, sobre todo los cigarrillos, cuya demanda interna fue cubierta por la naciente industria nacional; no fue el caso de las importaciones de tabaco de mascar, que se mantuvieron.

Dentro de los bienes no elaborados, el tabaco fue uno de los productos que ganaron terreno en las importaciones. En ello destaca el tabaco de Virginia, cuyas importaciones aumentaron de 679 toneladas en 1888-1889 a 1 mil 207 toneladas en 1895-1896, aunque volvieron a descender en 1905-1906, a 625 toneladas.

Aún cuando la industria del tabaco obtenía la mayor parte de su materia prima de la producción nacional, importaba ciertas cantidades de tabaco de Virginia y tabacos fuertes de Sumatra, el primero para la elaboración de cigarrillos de capas. Sin embargo, la participación de las importaciones en el total consumido por la industria comenzó a descender desde principios del siglo XX, sobre todo en tabacos rubios, dado el aumento de su cultivo en Nayarit. A partir de 1905 se puede observar la fuerte disminución en las importaciones de este tipo de tabaco, no así del de Sumatra, cuyas prácticas de cultivo eran más difíciles de implantar en México.

La industria del tabaco

Hasta mediados del siglo XIX la manufactura del tabaco se caracterizaba por ser casi completamente de tipo manual. Aun cuando hubo intentos por introducir máquinas, la producción de las fábricas mantenía técnicas tradicionales que comprendían un uso mínimo de instrumentos. En 1856 la automatización de la industria tabacalera cobra importancia y alcanza su impulso definitivo y su consolidación.

El desarrollo de la industria tabacalera internacional y la estructura que la iba caracterizando tuvieron sus primeras repercusiones en la industria nacional a fines del siglo XIX. Por falta de grandes capitales nacionales para modernizar la agricultura y la industria del país, el régimen de Porfirio Díaz los buscó en el exterior; la industria del tabaco, que había permanecido paralizada desde 1877, se reactivó a partir de 1890 con las inversiones extranjeras que estimularon la creación de grandes fábricas de cigarrillos que tendieron a concentrarse en la capital del país. En 1898 se concentraba en la ciudad de México el

46% de la producción nacional de cigarrillos, participación que para la década siguiente era de 58 por ciento.

La mecanización del proceso productivo impulsó el desarrollo industrial y comercial del tabaco con la fabricación de cigarrillos a gran escala. Se integraron máquinas con marcas como Benoin, Gueniff, Nicault y Danger para la fabricación de cigarrillos; despalilladoras y empacadoras Davis & Son; etiquetadoras y fijadoras de puros de la Banding Machine Co., y diversas máquinas de The Premier Packing Cigarrette (Aceves, 1984). El número de fábricas tendió a disminuir; las pequeñas eran absorbidas por las más grandes o simplemente desaparecían. De 721 fábricas que se registraron en 1898, en 1906 habían descendido a 468 y en 1910 quedaban 351. Mientras tanto la industria, favorecida por el empleo de maquinaria, aumentaba su producción de 456 millones de cajetillas en 1898 a mil 162 millones de cajetillas en 1906, a pesar de contar con un menor número de establecimientos (Aceves, 1984).

El primer antecedente importante de la industria moderna del tabaco se registra en 1875 cuando el francés Ernesto Pugibet funda la fábrica de cigarrillos El Buen Tono, con capital mayoritariamente francés, algunos accionistas mexicanos y una pequeña parte de capital alemán. Aparte de las inversiones francesas en la industria tabacalera, estaban controladas por alemanes las manufactureras La Violeta y La Mexicana, en Orizaba, y La Flor, en Tepic. Habia capitales mexicanos en empresas pequeñas como la de Antero Muñúzuri, El Modelo, de los hermanos Ampudia, y La Negociación de Jesús María Flores (Cosío Villegas, 1974).

El proceso de concentración del capital industrial se manifestó a lo largo del porfiriato en las industrias más maduras: la textil y la del tabaco. En 1910 El Buen Tono, además de poseer la mayor parte de las acciones de La Cigarrera Mexicana y de La Tabacalera Mexicana, dominaba un poco más de la mitad de la producción nacional de cigarrillos. Por otra parte, estas mismas industrias proporcionaban los rendimientos más altos en cuanto a inversiones realizadas en el país, por ejemplo El Buen Tono, que registró los dividendos más altos en los últimos años del siglo XIX.

La participación de inversionistas extranjero facilitaba un flujo continuo de capital externo favorecido por los lazos financieros que éstos tenían con el exterior, como en el caso de la Sociéte Financière pour l’Industrie au Mexique de Suiza que tenía intereses en El Buen Tono y de cuyo consejo de administración era parte Ernesto Pugibet.

Mención aparte merece la industria purera. En medio del proceso de automatización de fines del siglo XIX, esta industria se caracterizó por utilizar poca maquinaria debido, principalmente, a que la manufactura de puros requería de un cuidadoso y laborioso proceso de selección y tratamiento del tabaco a utilizar en diversas etapas del proceso, como son: selección, picado y mezcla del tabaco de relleno, selección y torcedura de tabaco, enrollado, corte, prensado, segunda envoltura o capa, y anillado. Cada una de estas labores requería de conocimiento y habilidad en su ejecución, condición esencial para que el producto final se adecuara a los requerimientos del mercado al cual iba destinado.

En consecuencia, la producción de puros estaba fundamentada en el trabajo artesanal, que requería de gran habilidad manual y conocimiento en el manejo y tratamiento del tabaco para puros, motivo por el cual los forjadores de puros se iniciaban en el oficio generalmente por tradición familiar, y en el proceso participaban hombres, mujeres y niños que cumplían largas jornadas de trabajo.

A principios de siglo XX existían en México fábricas de puros que contaban con 70 o más empleados, así como cooperativas que llegaron tener hasta cerca de dos mil pureros. Entre las más importantes en cuestión podemos citar: La Fortuna, La Rosa de Oro, El Valle Nacional en Jalapa y La Prueba, que había sido establecida por José Balsas y Río en 1864 en el puerto de Veracruz; estas últimas contaban con bodegas en en las ciudades de París, Madrid y Budapest. En aquel tiempo, la producción total de puros mexicanos se destinaba en un 95% a los mercados extranjeros y sólo un 5% al mercado nacional.

Los principales campos de producción de tabaco para elaborar puros se encontraban localizados en los estados de Veracruz (San Andrés Tuxtla, Tlapacoyan, Córdoba y Orizaba), Tabasco (Huimanguillo y Usila), Oaxaca (Valle Nacional y Putla), Yucatán y Chiapas (Simojovel). Los tipos o variedades de hoja eran: Huimanguillo, Usila y el tabaco Ticul en el estado de Yucatán.

Estas fábricas de puros se encontraban ubicadas principalmente en las siguientes ciudades:

San Andrés Tuxtla, Córdoba, Orizaba y el Puerto de Veracruz, en el estado del mismo nombre, así como en la ciudad de México, Puebla y Guadalajara.

En esa época México fue reconocido mundialmente por su alta calidad, tanto en la producción de hoja para puro, como en la elaboración de los mismos.

El desarrollo y condiciones prevalecientes en la industria purera durante los primeros años del siglo favorecieron las luchas de la clase trabajadora por mejoras económicas; prueba de ello es lo sucedido con los obreros de Valle Nacional, que en 1905 formaron la Gran Liga de Torcedores de Tabaco. La elaboración de puros se mantuvo en niveles altos mientras era favorecida por la demanda. En 1903 La Prueba producía diariamente 60 mil puros que se caracterizaban por su buena calidad y su participación en ferias internacionales, donde llegaron a obtener condecoraciones. Sin embargo, el consumo de puros pronto fue desplazado del gusto de los consumidores. Una vez resueltos los problemas de falta de capital, mano de obra y transporte, la industria cigarrera se desarrolló aceleradamente y la producción de puros comenzó a decrecer; en 1910-1911 la producción de puros había disminuido a 76 millones de piezas de las 100 millones que se produjeron en 1898-1899.

El paso del siglo XX dejaba vislumbrar un panorama difícil. El ocaso del porfiriato anunciaba también el fin de la expansión de la industria del tabaco y de su cultivo, por una parte la poca disponibilidad de mano de obra y por otra debido a la participación de nuestros principales clientes europeo en la primera guerra mundial. A pesar de este panorama, las siguientes décadas presentarían condiciones más favorables para el desarrollo de la industria tabacalera nacional.

* El Atlas del Tabaco en México, INEGI, 1989

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