Historias de tabaco en el viejo oeste

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Forajidos, parte IV, 1899

Casas obreras

Raúl Melo

Frente al gran anuncio de Carrigan descendí del caballo y me dispuse a curiosear. Debía existir alguna forma de saber desde dónde traían el tabaco a la fábrica y eso me señalaría el camino a seguir hacia la plantación.

Recargado en una esquina frente a los edificios que vigilaba celosamente sentí un ligero jalón en mi abrigo, pero sólo solté un manotazo y lo ignoré, para no separar la vista de una carreta que apenas salía del lugar.

Un segundo jalón me obligó a desatender la misión y averiguar quién o qué osaba molestarme. Al girar la cabeza crucé la mirada con un chico de aproximadamente diez o doce años, rubio, con un corte de pelo redondo que asomaba bajo una boina desgastada. En general, un niño poco aseado y sin un gramo de educación, como para saber que no está bien interrumpir a un adulto durante sus labores.

– Hola, me llamo JC, –dijo, mientras se unía a mi vigilia. No respondí y seguí en lo mío.

– Al viejo Carrigan no le gustará que un desconocido ande merodeando en su propiedad, –exclamó.

– No estoy en su propiedad, sino en la calle, lo que además no es de tu incumbencia, –respondí. El chico se encogió de hombros y se alejó rumbo a las afueras de la ciudad.

Pasado un rato decidí llevar lo más cercano a un registro del movimiento en las galeras que tenía a la vista. Llevé la mano al bolsillo del abrigo para buscar mi reloj, pero no lo encontré…

– ¡Con un carajo! ¡El mocoso!, –exclamé para mi interior, mientras montaba de nueva cuenta el caballo y salía a todo galope hacia donde supuse que se había ido el desgraciado. Aquel reloj era una baratija vieja, pero era mío, y en estos días, si te dejas robar una vez, sucederá siempre.

Al parecer, el pequeño mugroso pensó que su jugada había sido perfecta o su condición no era la mejor, pues a poco menos de un kilómetro de la fábrica lo encontré caminando con la tranquilidad que cualquier malhechor desearía.

Montado en mi bestia pasé a su lado y lo derribé de un puntapié, dejé la silla y me abalancé sobre él. Efectivamente, el dichoso JC tenía mi reloj entre sus harapos y mi puño iracundo frente al rostro.

Al final, la lástima se impuso ante el coraje y perdoné a aquel chiquillo, quien me miraba con una expresión que combinaba miedo y furia. Se notaba que se había curtido en la vida dura que estos tiempos violentos suele ofrecer la única alternativa.

Le pregunté a dónde iba y el porqué de sus acciones:

– ¿Qué te importa? Ya tienes tu reloj, ahora déjame ir, –dijo. Pero esto no se podía quedar así. Aunque no pensaba golpearlo ni reportarlo a las autoridades, habría de hallarle alguna utilidad para que pagara por su ofensa.

– Me importa porque no quiero hacerte daño… por ahora. Pero me intriga que digas conocer al tal Carrigan. De hecho, tengo un asunto con él, –expliqué.

– ¡Pues no lo conozco! –gritó–, pero sé quién es porque vivo cerca de su plantación.

– ¡Bingo! –Pensé–. Acabas de salvar tu pellejo. Y le ordené: necesito que me lleves allá.

Subí de nueva cuenta a mi caballo y le tendí la mano. Resignado, limpió las suyas sobre su ropa y la tomó para cabalgar conmigo.

– Ahora dime, ¿hacia dónde vamos?

– Sigue este camino hasta que veas las casas de los obreros, –respondió.

Así lo hice. Recorrimos un par de kilómetros sobre un camino de tierra, pedregoso, que conectaba a la fábrica con un conjunto de casitas pequeñas de madera. Me explicó que en ellas vivían los trabajadores de la plantación, personas explotadas por el viejo Carrigan y sus capataces.

Pensé que tal vez en una de ellas tuvo residencia Rubens, mi nuevo amigo, y al verme en ese entorno concluí que, en realidad, yo no había conocido la miseria.

Me contó JC que su madre había muerto años atrás y a su padre lo habían llevado recientemente al fuerte Johnston, para ser juzgado por el supuesto robo de unas gallinas y un par de cerdos.

La ira, que se me había convertido en lástima, ahora era empatía. Sabía que tarde o temprano este chico se convertiría en alguien como yo, y que si de todas formas su futuro sería ese, podría al menos ofrecerle una guía para hacerlo mejor. Arriesgar la vida por una baratija como mi reloj no parecía muy inteligente, mucho menos sabiendo que a su padre probablemente lo colgarían por un par de animales.

Pero nadie experimenta en cabeza ajena, y si este niño encarnase un dicho popular, sería éste seguramente.

– ¿Sabes?, ese par de manos escurridizas que tienes podrían serme de utilidad. ¿Te parece si te ofrezco un trato?

Respondió encogiéndose de hombros una vez más, mientras comía un pedazo de pan que guardaba en uno de sus bolsillos.

– Supongo que es un sí, –le dije. Pues bien, yo estoy aquí para tomar un poco de lo que Carrigan tiene. Sólo un poco, nada que le afecte, pero sí que a nosotros nos beneficie… ¿Entiendes?

– ¿Dinero? Estoy seguro de que eso le sobra y a mí me falta, –respondió el chico.

No precisamente. En un lugar no muy lejano tengo a un amigo que trabaja con el tabaco. De hecho, creo que vivió por aquí hace algunos años. Era esclavo para Carrigan antes de la guerra y me envió a conseguirle materiales para fabricar cigarros.

Cuando me interrumpiste y robaste mi reloj estaba tratando de registrar horarios de entrega entre la plantación y la fábrica ¿Sabes algo de eso?, –pregunté, con la esperanza de que al menos me facilitara la tarea, luego de hacerme perder el tiempo.

– Ajá. Siempre veo salir de aquí las carretas cargadas con hojas que van hacia la ciudad. Por allá las siembran y luego las tienen colgadas por días. Por acá las empacan y las sacan hacia la fábrica, –Me relató con extremada precisión.

– ¿Vives lejos de aquí? Me gustaría compartir contigo algo de comida. Ese pan duro debe saber a pantalón sucio y sudor de mocoso, –le dije riendo, hasta que lo noté un poco molesto y apenado.

Disculpa, niño, fue sólo un chiste. Además, ya te dije que comerás bien, ¿qué no? Así que relájate y llévame a tu casa. Sin pena, que por lo menos vives entre cuatro paredes. Gran parte de mi vida yo no he tenido siquiera eso.

JC accedió. Era una choza más que humilde. Sí, tenía techos y paredes, pero sus tablones eran tan irregulares que cualquier cosa podía traspasarlos o colarse entre ellos. Para mí estaba bien, pues como le confié, llevaba años durmiendo al aire libre o dentro de una vieja tienda de lona. No había nada que pudiera envidiarme, salvo los años de experiencia para enfocar esas carencias en el desarrollo de una manera de vivir, o sobrevivir.

Estuvimos ahí un rato. Comimos carne seca, bebimos un poco de agua y tal vez algo de licor. El chico se notaba feliz de convivir con alguien, aunque sólo se tratase de mí, un desconocido al que un minuto robaba y al siguiente le debía la vida y/o la libertad.

Me sentía un poco identificado con su soledad. Tal vez no la viví a una edad tan corta, pero sabía lo que eso era… de hecho lo sé. Hace apenas unos días que conozco y frecuento a Rubens, así que no debe contar como un amigo, supongo.

Juntos, sentados frente a algo que nos sirvió de mesa, nos creímos un par de forajidos famosos, urdimos un plan para sustraer el tabaco y llevarlo de vuelta al valle. El chico mostró talento desde el primer instante, probablemente sólo le hacía falta un compinche para alcanzar éxito delincuencial, y tal vez yo lo necesitaba para iniciar el nuevo negocio al que pensaba dedicarme.

 

 

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