Historias de tabaco en el viejo oeste: Carrigan Tobacco

Forajidos

Capítulo 1, Parte III, 1899

 

Raúl Melo

Llevado por la curiosidad y con sed para beber un poco más de lo que el viejo me había servido antes, decidí volver a la cabaña. Como la última vez, el hombre estaba en su mesa trabajando las hojas del tabaco y torciendo puros que, uno tras otro, pasaban de ser nada a serlo todo, a tomar forma en las prensas de madera enrollados con delicadeza y maestría.

La puerta estaba abierta, y aunque la empujé cuidadosamente, el crujir de la madera y el rechinar de las bisagras anunciaron mi llegada. Sin dejar lo suyo, el señor Rubens me dijo:

– En la cocina están los frascos y en el mueble, junto a la puerta, el licor. Siéntete libre de elegir algo, pero de lo que sea que te sirvas trae dos, que aquí nadie disfruta solo.

Tomé los frascos y dentro del mueble indicado hallé varias botellas con licor de distintos colores. Al retirar el corcho los aromas me invadieron. Había de todo, olían a vainilla, a especias y a dulce. No sabía qué elegir, así que lo dejé a la suerte, como muchas otras cosas en la vida. Una mala mañana o una apuesta por descubrir, pero siempre cosas nuevas. No lo sé…

Me acerqué al viejo y antes de dar un paso más, su imponente mano se alzó de la mesa de trabajo y con voz firme lanzó la alerta, me reprendió:

– ¡Aquí no! Vas a contaminar los cigarros. ¡En el comedor!

Busqué algo que pareciera un comedor y sólo encontré otra mesa de madera desvencijada cubierta por cuanto traste pueda uno imaginar. Coloqué la botella y los frascos en la única esquina despejada de los tablones y llevé todo lo demás a la cocina. Al final, eso ya parecía una mesa lista para hablar de negocios.

Me senté y esperé un rato a Rubens.

– Sirve los tragos, en un momento estoy contigo, – dijo en tono mandón.

Al destapar nuevamente la botella mis pulmones se llenaron con su olor dulce, a melaza, como pocas cosas en la vida amarga de alguien como yo. Cuando me di cuenta tenía las manos del hombre sobre los hombros y su voz cruzó por encima de mi cabeza:

– Excelente elección, muchacho. Disfruta, es el mejor licor de caña que hayas probado en tu vida. Te lo aseguro.

Serví los tragos y di un primer sorbo. Aquello era delicioso, endemoniadamente fuerte en la garganta, pero amable con el paladar. Sentí cómo mi cuerpo se calentaba con el paso de la bebida y me ponía listo para la cátedra que seguramente estaba por escuchar.

El señor Rubens se sentó frente a mí, bebió un poco de su trago, hizo un gesto, tomó aire y comenzó. Me explicó todo lo que necesitaba saber, desde el largo preámbulo sobre la selección de las semillas y el porqué de la tierra húmeda de Lafayette y sus alrededores para sembrar y cosechar buen tabaco.

Me dijo que las hojas se desarrollan de diferente manera, que algunas sirven para una cosa, otras para otra, y que cientos de esclavos, ahora conocidos como trabajadores rurales y obreros las transforman en las distintas partes que conforman un buen puro.

Detenidamente explicó al detalle que después del corte, cada hoja debe pasar por un largo proceso de secado y luego de fermentación y añejamiento:

– Es algo así como la vida. Tú eres joven y aún estas en proceso, yo ya estoy seco y añejo, y en esta condición sería la tripa perfecta de un delicioso cigarro puro… la tripa es su alma… el relleno, pues.

No hice más que escuchar y tomar notas mentales de lo que decía. Aún no probaba el arte del tabaco, pero me sentía intrigado e interesado en seguir aprendiendo de esa plática.

– El sabor y otras características del puro dependerán del piso foliar del que se trate, o sea de la parte del tallo de donde se obtenga la hoja. Pero no te voy a abrumar con tanta palabrería, pues son temas que corresponden a quien realizará la mezcla y por ahora sólo seré yo. Mientras, tú te dedicarás a traerme los materiales y luego aprenderás a enrollar.

Asentí con la cabeza mientras bebía un poco más de licor dulce. El señor Rubens continuó instruyéndome, pero cuando habló sobre la espera y el añejamiento no me pude contener:

– Entonces, ¿cuál es el plan? ¿Tengo que esperar 20, 30, 40 días para que las cosas estén listas y poder robarlas?

– No, no, no… – respondió serio.

– ¿Acaso crees que esa gente espera tanto obtener ganancias? Los materiales se mueven constantemente del campo a las bodegas, y de las bodegas a la fábrica. Si no a diario, sí con frecuencia, pues la producción no se detiene. Los tiempos iniciales de cada proceso se invirtieron hace años, aún antes de que yo tuviera memoria.

Quiero que mañana mismo salgas rumbo a Lafayette –continuó–, que está a no más de un día cabalgando desde el valle. Observarás por un tiempo cómo se mueven las carretas, los envíos, hasta que encuentres la manera de traer material suficiente para almacenar. Sin eso no puedo enseñarte el resto del proceso. ¡Gánatelo primero!

Extrañamente animado por esa última explicación que más bien sentí como un regaño, terminé el trago y metí la mano al zurrón que siempre llevo conmigo. Saqué un envoltorio y lo dejé sobre la mesa.

– Noté que cuando vengo, aunque con ésta apenas son dos veces, bebemos, pero no comemos, así que decidí traer un poco de carne seca. Si algo sé hacer en esta vida es ahumar, aprendí en el circo donde crecí y de muchas me ha sacado, así que es un obsequio por el tiempo que me dedica.

El viejo recibió el regalo con una sonrisa. Agarró un par de puros de una caja y me los entregó.

– Nada en esta vida es gratis, muchacho. Tomo la carne, pero te pago con cigarros. La charla no la cobro porque es tu formación de empleado… de socio, pues.

Estiró el brazo y estrechamos las manos.

– Que esto quede como nuestro primer negocio, – dijo.

– El primero de muchos, – respondí mientras el viejo me escoltaba hacia la salida.

– Mañana, Lafayette, plantación Carrigan. Te veo en una semana o menos, – añadió al despedirnos.

Al partir hice un gesto con la mano.

Muy temprano, la mañana siguiente, salí con rumbo suroeste. Sólo cargué mi montura con armas, un petate y una tienda pequeña; lo estrictamente necesario para andar por ahí sin llamar la atención.

El viejo tenía razón. Bastó un descanso para estirar las piernas, comer un poco, dormitar y seguir el camino. Comencé a percibir el aroma húmedo de los pantanos y a sufrir el clima cálido y las molestias que los mosquitos causan.

No era mi primera vez en el lugar. Conservo recuerdos vagos del gran teatro de la ciudad, una construcción de estilo victoriano donde nunca pudimos presentarnos como compañía circense, pero que conocí gracias a esa curiosidad infantil que me hizo escabullirme entre la gente y los pasillos para observar su majestuosidad.

La leyenda “Bienvenidos a Lafayette” se observaba desde un gran letrero escrito en inglés y francés, que anunciaba a los viajantes que estaban por entrar a una ciudad pedante, con una vanidad pretenciosa de la que estaba muy lejos, pues su cualidad más europea se reducía a un pasado esclavista y ladrón.

Seguí mi camino despreocupadamente. Ignoraba cómo encontrar las plantaciones, pues en el trayecto no vi alguna. Pensé entonces que lo más apropiado sería empezar de atrás para adelante.

Cabalgué unas cuantas calles hasta cruzar el centro de la ciudad, dejando atrás una música que parecía mezclar lo local con lo importado y que producía un sonido peculiar que no pude sacarme de la cabeza, no al menos durante mi estancia.

Saliendo, observé a lo lejos un enorme letrero pintado sobre un muro de ladrillo ennegrecido por el humo que recorre cada rincón del lugar: “Carrigan Tobacco”, decía, y más que el nombre de una fábrica anunciaba el fin del viaje y el inicio de mi misión.

El viejo estará contento –pensé–. Me dio una semana y en apenas un día estoy donde debo estar.

Continuará…

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