Entre barquillos y casattas hágase un tiempo para fumar

De todo mi gusto

Michel Iván Texier Verdugo

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

Gabriel García Márquez, Cien Años de Soledad.

De mi abuela materna, Blanca Rosa, recuerdo fundamentalmente dos cosas, cómo nos incentivaba de niños a robarles cigarrillos a los tíos para fumárselos a escondidas y su capacidad infatigable para comer helado, capacidad que honro hasta hoy no perdonando la más mínima gota cuando se aparece frente a mí la posibilidad de consumirlo.

El helado, además, daba pie para que mi educado padre ejerciera su sagrada costumbre de pasarle la lengua al plato del postre y para que, en los encuentros familiares entre primos, operara la lógica de “el que termina primero el postre le ayuda al compañero” generando una carrera por conseguir el postre del primo sentado al lado, para lo cual era requisito previo haber terminado la comida.

Mi prima Mirta, que me crió la mitad del año hasta la adolescencia, me llevaba al cine a Santiago con paso previo por un Café Helado en el Paula, un clásico del centro santiaguino de los 70 y 80, y cuando íbamos a Valparaíso, a andar en lancha, el ritual del Café Helado era en el Café Riquet, cuna de las onces aristocráticas del puerto por casi 100 años, hoy transformado, cómo no, en farmacia.

Años más tarde, en los primeros de universidad (lo contaba en otro artículo donde el helado no era el protagonista), las tardes de cine fueron el alma de la amistad que hasta hoy nos abraza con Bélgica Cancino y cada una de esas tardes, aunque hubiese que gastarse el dinero de la comida, de la luz eléctrica o del gas, nos llevábamos un litro de helado (casatta le decimos en Chile) y una cuchara para compartirla en la oscuridad y la complicidad del cine. No recuerdo una sola de las películas que vimos (pero tengo las entradas guardadas en mis agendas de esos años) pero sí recuerdo vívidamente la complicidad con La flaca, la irresponsabilidad de dejar de lado clases y exámenes porque la cartelera lo ameritaba, la alegría de caminar las pocas cuadras que nos separaban del teatro (acá les decíamos así a los cines), escoger el sabor, el esconderlo para transigir la prohibición de ingresar comida a la sala (para obligar a los asistentes a comprar en el mismo local a precios exorbitantes, ¡abajo el mercado!) la alegría de la misión cumplida cuando, ya instalados en nuestros asientos (siempre los mismos), destapábamos la fuente de la felicidad y nos dábamos al trabajo de atosigarnos de helado.

El tío Juan Silva (marido de Mirta) me llevaba los fines de semana en Melipilla hasta el Capri, la heladería por excelencia en esa pequeña ciudad creada como por descuido al costado del camino que va de Santiago al Puerto de San Antonio, y compraba un par de litros de helado para llevar a casa y para mí, cual cronopio en busca de sus emparedados favoritos de queso, siempre un barquillo de mora crema, el único sabor que por décadas escogí en esa heladería hasta que una tarde soleada de marzo (recuerdo hasta la tibieza del sol frente a la plaza ese día) descubrí el helado de pistacho.

En Villa Alemana, donde estudiaba y pasaba la otra mitad del año, el santuario del postre era La Mela, heladería familiar, pequeña (en esa época) y donde conocías a todos los dependientes (y a toda la ciudad, porque era mínima). Ahí me gasté los primeros (y varios de los siguientes) pesos que gané al pool, y ahí compraba algún litro de los sabores predilectos de mi madre, que no recuerdo cuáles eran, mezclados en un mismo envase, para adornar el almuerzo de domingo, siempre sencillo en la austeridad de esos años grises, felices a pesar de la dictadura, anómalos y disfuncionales (como toda mi familia) constructores de la santa tradición de la siesta, quizás la más marcada enseñanza que recibí de papá, además de la convicción de hacer del Partido mi otra familia.

Tras esta introducción, que es más historia que la que pretendo contarles, vamos al grano, o al postre, porque nuestro tema es el tabaco y hasta ahora no aparece por ninguna parte.

Como saben, junto a @cigarvoss estuvimos hace poco en Mendoza, Argentina, guiados por la buena voluntad de nuestro amigo Jesús Trillini, quien, apenas llegamos, nos sugirió visitar a su amigo Fernando y su heladería, Prana Deli, como alternativa perfecta de desayuno, en calle Montevideo, a pasos de Belgrano.

El desayuno fue fantástico, pero lo sorprendente fue un helado de pomelo/albahaca, al agua, fresco, de final largo, ideal para un mediodía que bordeaba los 40 grados de temperatura y que nos despertó la idea de hacer una degustación de helados y buscar para cada sabor alternativas de combinación en el mundo del tabaco, pensarlo y concretarlo fue cuestión de un par de días y así fue como nos vimos, esta vez en horario de tarde, y con el mismo calor anterior, sentados frente a un desfile de sabores y armados de una pipa cargada con Oriental Silk de Cornell&Diehl, unas bellas hebras en corte ribbon de perique, oriental turco (ambos provenientes de un flake) y virginias, que nos permitieron apreciar, mientras avanzaba la fumada, el universo de sabores que Prana Deli puso a nuestra disposición.

Difícil decir con cuál de las múltiples alternativas quedarnos, pero el remate volvió a ser el pomelo/albahaca del primer día, en contraste con la intensidad y fortaleza del perique y presentaron una historia aparte las variedades de chocolate y la lavanda, de la cual me resultaba imposible separar la sensación, al comerla, del jabón de lavanda que me encontré más de una vez en algún lavamanos al momento de enjuagarme la cara y que dejó en mis labios ese mismo sabor del helado que, por cierto, le venía perfecto a los orientales de la mezcla.

Quedamos a la expectativa, además, de probar, en una próxima visita, dos sabores hechos por Fernando en un pasado cercano, uno a base de chips de roble macerados en leche y otro de hojas de tabaco, preparado de la misma forma, siendo el roble un elemento central en la maduración de los principales destilados escogidos a la hora de fumar, y el tabaco, caerse en su propia obviedad, podemos imaginar que estos dos sabores constituyen, al menos en el papel, un peldaño superior a la hora de escoger el postre apropiado cuando fumamos, o viceversa, que suena, sin duda, mejor.

¿Pueden ustedes imaginar el llegar a un Cigar Lounge y pedir su tabaco favorito y una porción de helado de tabaco? Yo hago el ejercicio y se activan mis papilas gustativas, se agudizan mis sentidos y puedo cerrar los ojos y vivenciar, como si los tuviera al frente, dos actores inseparables, en el intertanto, si andan por Mendoza, no dejen de pasar a ver, de parte nuestra, a Fernando en Prana Deli, y no se olviden que la cuenta se la manden a Jesús Trillini, al final, a la hora de las despedidas, todos hacen historia de sus sueños pendientes.

“Le debo una canción a lo imposible, a la mujer, a la estrella, al sueño que nos lanzan, le debo una canción indescriptible, como una vela inflamada en vientos de esperanza”. Testamento, Silvio Rodriguez.

1 COMENTARIO

  1. Creo que en una ocasión te comenté que el maridaje de un buen tabaco no sólo era aplicable a un buen bebestible, sino también a cierto tipo de comidas en especial a los helados.

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