París tan violentamente dulce, o Nicaragua era una fiesta (de Hemingway a Cortázar)

De todo mi gusto

Por Michel Iván Texier Verdugo

Si yo pudiera unirme, a un vuelo de palomas, y atravesando lomas dejar mi pueblo atrás, juro por lo que fui, que me iría de aquí… pero los muertos están en cautiverio y no nos dejan salir del cementerio”

Joan Manuel Serrat, Pueblo Blanco

Más de 30 años atrás, cuando estudiaba medicina, la Facultad se encontraba a pocos metros del mayor cementerio del país, el Cementerio General de Santiago, allí concurríamos los estudiantes a negociar con los sepultureros o guardianes del recinto calaveras y huesos en buen estado que apoyasen nuestros estudios de anatomía; allí entre las tumbas muchas veces comíamos y bebíamos mientras aprovechábamos la tranquilidad de sus calles para estudiar, y allí también, muchas veces, participamos de actividades políticas sobre todo cuando se trataba del aniversario de nacimiento o muerte de alguna figura connotada de la izquierda o a partir del momento en que se descubrieron las primeros inhumaciones ilegales de detenidos desaparecidos de la dictadura, en lo que hasta el día de hoy se conoce como los casos del Patio 29.

El cementerio era sinónimo de paz, de esparcimiento, y también de curiosidad y anecdotario, no era raro recorrer las calles más antiguas, llenas de lugares abandonados hace décadas, que siempre me llamaron la atención, grandes mausoleos llenos de herrumbre, lápidas rotas, dedicatorias familiares escritas en un español arcaico y en desuso, esculturas y obras de arte que eran robadas de cuando en cuando (no hace poco se encontraron en un predio agrícola de una empresario de derecha íntimo de nuestro actual gobierno, un sinnúmero de obras escultóricas robadas de diversos cementerios de nuestro país, delito que fue, obviamente, rápidamente olvidado y dejado en la impunidad gracias a esa hermosa ventaja de tener amigos influyentes en las instancias de poder), en esas calles, polvorientas y carentes del frecuente olor a flores muertas que suele abundar en los sectores más concurridos de estos recintos, se me hacía fácil hilvanar ideas, memorizar materias y esconderme de la represión policial cuando alguna manifestación lo hacía necesario, además, cómo no, fue el contexto de más de alguna aventura romántica (esto me lo contaron) en donde algún alumno de cursos superiores utilizaba su conocimiento previo del lugar para ofrecer, a la chica linda recién llegada a la escuela, por lo general de provincia, paseos llenos de poesía, historia y esa aurea difusa de sobrecogimiento, penumbra y fantasmagórica magia, que aceleraba la posibilidad de algún escarceo afectivo concretado en sus jardines.

En esa época, además de pipa, fumaba cigarrillos, pero era la pipa la que, con frecuencia, me acompañaba a mis tardes de cementerio, me sentaba sin pudor alguno sobre cualquier lapida, desplegaba las páginas del libro de turno que fuese objeto de estudio, habitualmente solicitado a préstamo en la biblioteca de la misma facultad, sacaba mi única pipa de aquellos primeros años, regalo de un querido tío que me incentivo tempranamente a fumar y que aún conservo en perfecto estado, y la llenaba del pésimo tabaco nacional que en esa época se lograba conseguir (y pagar), escamoteándole algunos pesos a la comida o al transporte, en tiempos en que dedicar algo de presupuesto a la diversión y al hábito de fumar era sinónimo obligatorio de caminar más y comer menos.

Años más tarde, el lugar del tabaco sería compartido con el cine y las cassatas de helado en las escapadas rituales con Bélgica Cancino, amiga entrañable de las últimas tres décadas (en rigor, acabamos de comenzar la cuarta) y junto con quien nuestro amor por la cinematografía muchas veces nos dejó sin almuerzo o cena, sin gas para la cocina u obligados a realizar algún malabarismo para pagar la pensión de turno porque nos habíamos gastado el dinero de esos capítulos en el cine.

De esa época solo abandoné el cigarrillo, conservo el amor por el cine, por la pipa, por Bélgica y por los cementerios, y se volvió una costumbre, en mis frecuentes viajes de trabajo, visitar las necrópolis cada vez que me resulta posible en cada ciudad en que me encuentro, apreciando las diferencias culturales en la construcción de los recintos, los estilos de recordar para la posteridad a los que ya no están con nosotros, y muchas veces, concurriendo a observar la última morada de alguna celebridad del mundo de la política o de la cultura.

Es curioso esto último, porque provengo de una familia en donde no es costumbre visitar a nuestros muertos en su residencia definitiva y, por lo general, el día del funeral acometemos nuestra despedida final, pero el turismo es otra cosa y en ese plano el retorno al viejo habito de rondar entre tumbas es recurrente.

Y en esa recurrencia, hay un recinto al que nunca consigo dejar de volver, ubicado en el corazón de la ciudad más hermosa del mundo, en el Vigésimo Distrito de París, Pere Lachaise es una joya del neoclásico Francés, diseñado y comenzado a construir en 1803, es considerado uno de los cementerios más celebres del mundo y tiene la curiosidad (entre muchas otras) que cuando fue construido, por hallarse en ese entonces, en las afueras de París, no era del gusto de sus ciudadanos y solo cobró connotación y prestigio cuando fueron transferidos a él los restos de personajes célebres como Moliere, La Fontaine o Abelardo y Eloísa.

Dentro del cementerio se encuentra el Muro de los Federados, donde fueron fusilados en 1871 los 147 dirigentes insurrectos de la “Comuna de París” y en su interior están también, entre muchos otros, los restos de Edith Piaf, María Callas, Oscar Wilde y Marcel Marceau; también, en los muros de su entrada principal, en el número 16 de la Rue de Repos, se encuentra un memorial con los nombres de los parisinos muertos en la primera guerra mundial y entre los cuales se encuentran un número no menor de mártires franceses de apellido Texier.

En mi última visita a Pere Lachaise, me di un gusto que tenía en mente hacía tiempo, debidamente preparado: Me fui una fría tarde a caminar por sus calles y encontrarme con algunos viejos amigos, rostros recurrentes de visitas anteriores, ellos, inmóviles e impertérritos, aguardaban hace tiempo mi promesa de próxima visita y fueron testigos alegres de mi pipa encendida en una fría tarde de junio, extendida al máximo hasta el momento en que los guardias comienzan a asegurarse que nadie permanezca dentro de los muros a la hora de cierre, y tras varias horas de interacción, las selfies de rigor (que ellos no pudieron publicar en ninguna de sus redes), me dejaron ir no sin antes extraerme la segura promesa de repetir la experiencia a pesar de los versos de Sabina que canta: “En Macondo comprendí, que al lugar, donde has sido feliz, no debieras tratar de volver”.

Pere Lachaise no es un cementerio, o es mucho más que uno, es un parque familiar clásico donde los que sabemos soñar en francés nos dejamos llevar por la magia que fluye de las riberas del Sena, es un desandar permanente por trozos de la historia del mundo en los últimos tres siglos, es la pátina verde en el rostro y las ropas de mis compañeros de fumada, es el rincón que recuerda al joven obsesivo y detallista que supo hacernos entender los jeroglíficos, es la última estrofa cantada por el gorrión de París, es la peregrinación eterna de los seguidores de The Doors, es el lugar al que uno se lleva una baguette comprada en la Conquete Du Pain, en el 47 de Rue de la Beaune en Montreuil, y la muerde con parsimonia entre bocanada y bocanada porque si algo se parece a la felicidad, es caminar Pere Lachaise con una pipa encendida y una baguette a medio comer en el bolso.

Ya lo dijo Hemingway, en referencia al libro cuyo título parafraseo en el encabezado de este artículo: “Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará vayas donde vayas, todo el resto de la vida”.

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