Fumando mi primer habano

Apuntes de un novato

Francisco Reusser Franck

El puro… es algo que exige respeto. Se dirige a todos los sentidos, a todos los placeres, al gusto, al tacto, a la vista… Un buen puro es la promesa de una experiencia de lo más placentera.

Zino Davidoff

Mi historia como fumador de habanos comenzó en 2016, por simple azar, en el sentido de que no sabía dónde comprar un habano ni todas las marcas y vitolas que existían; eran como objetos sagrados que sólo se conseguían en el extranjero, pero por esas casualidades de la vida, así lo quiso el destino.

Una noche, la esposa de un amigo que había viajado a Cuba para asistir a una capacitación impartida por la empresa en la que trabaja, hizo un llamado telefónico a la mía para contarle las novedades de su marido en la Isla. Yo me encontraba en la ducha, con la puerta del baño abierta, y casi a gritos le pedí preguntar si existía la posibilidad de que me trajera un ejemplar de un habano Hoyo de Monterrey Coronations, cuyo aroma me traía recuerdos de juventud.

Mi sorpresa fue grande cuando, a su regreso, el amigo gentilmente hizo llegar a mis manos tres tubos de esas maravillas, compradas en La Casa del Habano de esa isla caribeña. De esa historia aún queda un ejemplar en mi humidor, con cuatro años de guarda.

Aprovechando unos días de vacaciones en marzo de 2017, y dado que mi hijo mayor salió al litoral central con unos amigos, me comprometí ir a recogerlo al balneario de El Quisco, ciudad ubicada entre Algarrobo y El Tabo, en el llamado Litoral de los Poetas (denominado así porque es un viaje por la poesía, un rincón de importantes figuras de la literatura, poetas y anti poetas como Pablo Neruda, Vicente Huidobro y Nicanor Parra, quienes eligieron estas playas de la zona central de Chile para plasmar su talento).

Supuse que era la ocasión perfecta para probar ese, mi primer habano, sin saber lo que me deparaba el futuro.

Un martes, temprano, partimos como familia a la localidad de Isla Negra. Originalmente los planes eran haber salido el sábado anterior, pero la cabaña estaba ocupada por mi primo Nicolás y sus hijas, y después de un viaje de una hora y fracción llegamos a nuestro destino, la pequeña cabaña propiedad de mis tíos, franqueada en ambos costados por grandes y frondosos árboles que al ingresar a la propiedad daban una agradable sombra y gran refugio del sol y la lluvia, dependiendo de la época de año.

Desempacamos las cosas del auto y aproveché el resto de la mañana, antes del almuerzo, para encender este habano que tantas veces había visto en manos de mi tío. Mientras mi señora preparaba el almuerzo y los niños jugaban en el patio, tenía un diario de la zona –El Litoral, si la memoria no me falla–, mi habano HDM, la fresca brisa marina a las espaldas y el suave sol en mi rostro, bueno… no tan suave; un momento casi perfecto… Ya sé. Me van a decir que faltó el maridaje… pero no tenía ni un pisco sour ni una cerveza o un buen café, nada, para acompañar a mi fumable amigo.

La tapa blanca de aluminio estaba ligeramente apretada, así que volvía a acomodar el tubo en la palma de la mano y apliqué un poco más de fuerza, hasta que por fin cedió y giró sin problemas. Tenía que conservar la integridad y el contenido de aquel cilindro de delgado aluminio para la posteridad.

El mar golpeaba sin cesar contra las rocas unos 50 metros más abajo, su ruido ensordecedor no me dejaría dormir casi toda la noche. Es verdad, posiblemente otras personas se relajarían, pero les prometo que escuchar ese constante romper de olas 24/7, en mi caso, tensa. Como me despertaba temprano ocupaba una litera vacía en la pieza de los niños, que daba al ingreso de la propiedad, donde el ruido era menor y permitía dormir tranquilamente.

Un delicioso aroma afloró del confinamiento al que fue sometido este habano; una mezcla indescriptible, un elegante sabor de la madera –puede ser por la delgada lámina de cedro que lo cubre–, nueces y pimienta, además de sus sabores fuertes, influyentes y equilibrados de cacao y terrosos: un cigarro ideal para los principiantes…

Pero ¡oh, sorpresa!, como buen novato en estos menesteres me percaté tardíamente de que no tenía cómo cortar la perilla y sí… contra todo protocolo, rebuscando en los cajones de la cocina, encontré un buen cuchillo de teflón con el que hice los honores del corte clásico.

El encendido fue otro problema. Con fósforos y el viento, que constantemente soplaba a esa hora de la mañana. Además, no tenía encendedor a butano y no se podía hacer con un Zippo por razones obvias… En resumen, totalmente desprovisto de los accesorios básicos para fumar un habano y ni siquiera un cenicero, que improvisé con una concha marina, como en los restaurantes populares del sector costero de Chile.

La fumada fue pareja, a pesar del viento que corría por el jardín. El habano se quemó sin apagarse, aunque su ceniza –obviamente– no pudo mantenerse tan entera como me hubiera gustado. El tiro, algo apretado, pues debo reconocer que no soy particularmente afecto a los cepos pequeños, y los tercios no tan marcados, seguramente debido a la baja fortaleza de este cigarro. Su fumada no me cansó en absoluto.

Salí de compras a pie junto a la familia, me paseé frente a los turistas con el cigarro en la boca –la gente no está acostumbrada a ver a alguien fumando habanos o pipa–, echando humo como locomotora a vapor. A causa de mi acompañante cubano no pude ingresar al supermercado ni a la panadería, pero no tuve problemas en los puestos artesanales al aire libre, que tanto abundan en esos pueblos chicos del litoral central.

El habano HDM Corona se presenta de forma muy sencilla, casi austera. Es de sabor suave, con cepo 42 y 129 mm de longitud, que da una fumada promedio de 50 minutos. La marca fue creada en 1867 por José Gener y Batet.

Percibí por vez primera su característico aroma en la década de los años 80 en el sur de Chile, y debía contar con alrededor de 20 años. Mi tío Ricardo Franck había traído una caja que pasó a mi poder ese verano y 34 años después aún debe estar guardada con algunos señuelos de pesca en el rincón de un armario.

Recuerdo que era una época en que se podía encender un habano o puro después de la cena, durante la sobremesa con toda la familia, o disfrutarlo en aquellos días lluviosos y tormentosos en que era imposible salir de casa porque el agua caía “de abajo hacia arriba”, como dicen los sureños, y uno no tenía más remedio que leer el Reader’s Digest o el National Geographic, entretenerse con juegos de salón o intentar salir de pesca y volver empapado de pies a cabeza (a veces con alguna recompensa).

Mi tío lo disfrutaba, sabía del lugar y el momento adecuado para fumarse un buen habano. Esa es la clave, no se trata de fumar por fumar, sino de elegir el lugar y momento preciso para hacerlo; una regla de oro… Solo o acompañado, cuando las palabras sobran porque todos los sentidos están pendientes de dónde te encuentras y qué te estás fumando.

Esa semana de marzo del 2017, mi primo Nicolás me avisó que llegaría a descansar la noche del miércoles, pues seguía el viaje rumbo a Coquimbo, donde debía reunirse con su grupo de investigación en el laboratorio del Centro de Estudios de Zonas Áridas (CEZA) de la Universidad de Chile. Traía unas carnes para tirar sobre la parrilla, pero nos solicitaba cooperar con los acompañamientos: ensalada, bebidas y cerveza.

Fue una reunión distendida y agradable, aprovechando los atardeceres largos y tibios del verano, cuando el viento sopla suave meciendo apenas las hojas de los árboles y los últimos cálidos rayos de sol acarician el mar en el horizonte, a medida que desaparece, tiñendo de colores rojos y anaranjados las escasas nubes que puedan encontrarse en lontananza.

Esa fue mi primera experiencia con un habano, el magnífico HDM Corona; un año y un viaje que no olvidaré porque fue, además, la última reunión que tuve con mi primo. Una casualidad, ya que su trabajo e investigaciones lo tenían atado a la ciudad del norte: Coquimbo, donde las conferencias constantes que ofrecía y su trabajo como profesor, guía de tesis y de titulación, lo mantenían siempre ocupado. Esto influyó para que nuestro contacto se circunscribiera estrictamente a las llamadas en la fecha de su cumpleaños o eventos familiares importantes.

Es por esa razón que, saliéndome de contexto, quiero dedicar estas últimas líneas a mi primo, el doctor Nicolás Franck Berger: docente e investigador destacado de la Universidad de Chile, con quien el azar me hizo coincidir en Isla Negra aquel marzo de 2017… donde pudimos disfrutar a solaz de una agradable noche veraniega con un buen asado, meses antes de su sorpresivo y prematuro fallecimiento. ¡Buenos humos!, primo.

 

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