Enrollar es mi negocio

Forajidos

Parte II, 1899

Raúl Melo

Los días pasaban tranquilamente en el valle, había agua, alimento y todo lo necesario para sobrevivir al paso del tiempo. Además, era una ubicación estratégica para realizar uno que otro trabajo en los asentamientos de alrededor.

En una de aquellas tardes de tranquilidad que solía disfrutar sentado junto a la fogata descubrí, a lo lejos, entre el bosque, la columna de humo que delataba el fuego de alguien más. Tomé las armas, monté mi caballo y muy despacio me dirigí a la fuente de aquella señal.

Tras apenas unos minutos de cabalgata entre árboles y hojarasca pude distinguir una cabaña en medio de ningún lugar. Descendí de la montura, retiré el seguro de la funda de mi revolver y me acerqué con mucho cuidado.

Me asomé discretamente por una ventana para saber lo que pasaba ahí dentro. Pude notar la silueta de un hombre mayor, negro, con el pelo cano y ensortijado que algo hacía sobre una vieja mesa de madera. Con voz grave y rasposa me dijo:

–Sé que estás ahí. Soy viejo, pero no tonto. Puedo sentir tu mirada.

Simplemente guardé silencio. Entonces me volvió a dirigir la palabra:

– Pasa, la puerta está abierta. No suelo tener visitas y convivir con alguien más no me caería nada mal.

Para cuando di la vuelta a la cabaña hacia la puerta, el viejo ya había destapado una botella de licor y servido un par de frascos con aquel brebaje casero. Me invitó a tomar asiento, encendió un puro y me ofreció otro. Mientras encendía su tabaco, aún con el cigarro entre los dientes, balbuceó:

– Me llamo Rubens, sólo así.

– Mi nombre es Doe, John Doe, respondí.

El hombre soltó una carcajada ahogada por el humo que recorría su boca y se abría paso entre el cigarro y sus labios:

–Lo sé, parece una broma, pero es mi nombre, –y también dibujé una sonrisa en el rostro.

–¿Y qué haces por aquí, desconocido conocido? Nadie suele venir por acá… bueno, tú podrías calificar como un nadie, –preguntó mientras reía, ahora discretamente.

–Eso mismo, señor. Un nadie haciendo nada. Sobrevivo a un costado del río, en el valle. Trabajo de vez en cuando en lo que puedo, no diré que siempre son cosas honestas, pero lo intento. La naturaleza me provee la mayor parte del tiempo.

Sobre la vieja mesa que noté desde la ventana, el señor Rubens tenía hojas de tabaco, navajas y prensas de madera. Le pregunté a qué se dedicaba.

–Enrollar es mi negocio, lo que te estás fumando lo hice yo, –dijo, mientras me mostraba sus manos, arrugadas, de piel gruesa, descuidada y callosa.

Discretamente dirigí la mirada hacia todas partes dentro de la cabaña. El hombre notó de inmediato lo que buscaba y me advirtió:

–No, amigo. No lo vas a encontrar por aquí. Como dije, enrollar es mi negocio. Yo no siembro ni cosecho ni seco ni nada. Sólo sé enrollar. Lo demás, dejo que otros lo hagan por mí. Pero no te confundas, ni compro ni tengo empleados.

El destino, la vida, todo está ligado y tal vez por eso estás aquí hoy. Tal vez por eso estuviste allá ayer, hace unos años. Todo tiene siempre un por qué, –me explicaba el hombre, y yo no lo entendía muy bien.

–Hace algunos años trabajé en una plantación de tabaco, era un esclavo. A golpes aprendí a hacer las cosas, a ser disciplinado y obediente. De lo malo y lo bueno, siempre hay que conservar lo positivo, lo que sirve de algo.

Hoy nadie me azota, pero sigo siendo ordenado y disciplinado, por ello mi negocio funciona. Ya no le respondo a los amos, pero sé dónde encontrarlos y que ellos tienen cosas que a mí me sirven.

Tú has tenido no se qué vida, pero dices que trabajas de lo que sea, aunque no siempre sea legal. Así que aquí, mi joven conocido desconocido, tenemos una oportunidad para ambos.

Yo seguía sin comprender y sólo podía mirar al viejo con una expresión de curiosidad, esperando que me explicara un poco más… Y así fue. El señor Rubens sirvió otro par de tragos, se levantó de la silla y frasco en mano me dijo:

–En la covacha de allá atrás tengo algo de tabaco esperando para convertirse en puro o en mezcla para pipa, pero muy pronto se terminará. Por ello te ofrezco un trato, –y lo miré aún con más curiosidad.

– Yo te voy a indicar dónde puedes encontrar el material que necesitamos… tú lo vas a tomar… robar, pues, y me lo vas a traer. Entonces, si te apetece, te enseñaré el proceso para fabricar estos cigarros puros, los venderemos y repartiremos las ganancias.

Obviamente tú harás el trabajo más pesado y riesgoso. Se ve que tus hombros soportarían tal encomienda, mientras que los míos ya están cansados. A mí sólo me quedan mis manos y lo que sea que tenga entre las orejas.

No pude hacer más que aceptar la oferta. El trato me parecía más que interesante, además de que lo bebido y fumado me tenía de muy buen humor. Las palabras de aquel hombre, quien parecía sabio, no paraban de resonar en mi cabeza… 

Ahora sé que todo en la vida está ligado. Yo estoy aquí por algo. Tal vez sea por el tabaco…

(Continuará).

 

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