El alquimista de Davidoff

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César Salinas

Cuando tenía 19 años, Zino Davidoff viajó de Ginebra a América con la visión de la grandeza que le esperaba latiendo en el corazón, y el presentimiento de marcar un antes y un después en la historia del tabaco y la cultura del buen fumar. Lo que no sabía es que, también, al pisar tierras americanas comenzó su búsqueda para encontrar a Hendrik Kelner, a quien halló 66 años después para lograr un objetivo que ambos compartían sin conocerse: crear un puro en el que se controlara todo el proceso, de la semilla a la tienda.

El padre de Zino Davidoff ya elaboraba puros en la antigua Kiev, Ucrania, y era especialista en tabaco oriental, e instaló un modesto negocio en Suiza, a donde la familia huyó y se estableció. Tras su viaje a América y después de vivir dos años en Cuba, donde su vida y visión de los cigarros Premium cambió, regresó a Suiza y convirtió el negocio en el estanco más exclusivo de Europa.

En la Rue de la Confederation en Ginebra, importaba los mejores habanos e inventó la primera instalación de almacenamiento de cigarros con control de temperatura y humedad en el sótano de su famosa tienda.

Josué Félix Rodríguez, en Los Cigarros Davidoff y la Vida de Zino, recuerda que, la llamada de SEITA, el monopolio francés de tabaco durante la Segunda Guerra Mundial, habría sido uno de los momentos que decidió el futuro de Zino.

“Básicamente, los nazis eran gansos pisando toda Francia y los franceses no querían que estos confiscaran los dos millones de habanos que habían guardado en un almacén aduanero. Zino aprovechó la oportunidad para comprarlos todos y su tienda se convirtió en la única en el mundo con un suministro constante de cubanos premium. Con el dinero que ganó de la venta de estos cigarros financió lo que hoy se conoce como el fabricante de cigarros más importante del mundo, Cigarros Davidoff”.

Consiguió el capital para iniciar la marca que cambiaría la forma de hacer, vender y pensar los cigarros premium. Comenzó con mezclas cubanas, y su relación con la isla fue histórica, se decía que era el más exigente, el más especial, quería hacer siempre el mejor habano hecho hasta entonces.

Se asoció con Fernando Palacios, propietario de Hoyo de Monterrey, y crearon la marca Gran Cru de la Habana. Tras la Revolución, Zino les dijo a los triunfadores: “Estaticen o socialicen, si quieren los ingenios tabaqueros, mantengan la calidad e independencia de las marcas”.

Joan C. Martín, en una entrevista con Zino, le contó que en 1968, llegó un viajero de la Habana con un gran regalo personal de Fidel Castro y que había quedado seducido por la  lucidez profesional de Davidoff, Zino creyó que el gobierno cubano le otorgaba una  condecoración, pero le ofrecían la posibilidad de hacer una gran labor con su nombre.

Respondió con igual practicidad “quiero controlarlo todo, elegir la plantación, hacer la mezcla, la forma de la caja, el anillo, todo”. Aceptaron, y así nació la marca Davidoff. El gobierno le construyó una estupenda fábrica donde hizo su habano, el más suave y aromático de todos los de aquella época.

En 1970 se asocia con su amigo de muchos años, el doctor Ernst Schneider, y de la adquisición del negocio en Ginebra por parte de la empresa familiar Oettinger de Basilea, inicia del ascenso de Davidoff como una marca global.

Se trabajó en Cuba hasta 1990, fecha clave: el boom de los puros no cubanos en Estados Unidos. La ruptura se dio por la política de precios de la compañía estatal Cubatabaco, que la empresa Davidoff no consideraba correcta respecto de la calidad, mientras La Habana calificaba sus productos como excesivamente caros. Ya desde mediados de los 80 Zino y su sucesor, socio y amigo, el doctor Schneider, pensaron en ir experimentando con mezclas de Centroamérica.

Ese año se encuentran con Hendrik Kelner.

Henke, el alquimista

Todo comenzó con su padre, holandés, quien llegó a República Dominicana en 1933 a trabajar con su hermano, desembarcado en 1925, tabaqueros los dos, más tarde, dos primos se unieron a ellos y dos tíos más se fueron a Brasil, a trabajar también la planta. “Yo nací en un ambiente de tabaco”, dice Hendrik Kelner.

Henke, como le dicen sus amigos, tiene seis hijos y cinco trabajan el tabaco. “Sí ya sé, es una familia poco creativa”, bromea, ríe sinceramente detrás del escritorio de su oficina, junto a su hijo Klaas, ambos fumando Davidoff, por supuesto.

Pese a ser quienes son, venir de donde vienen, y representar lo que representan, la humildad tanto de padre e hijo se siente. Debo decir que esperaba, sinceramente, más dificultades para acceder a una charla con ellos.

Resultó todo lo contrario, de su hijo Klaas recibimos el mejor de los tratos y la más absoluta disponibilidad para sentarse a platicar, con una revista independiente del lejano Veracruz, México. De hecho, la entrevista sería en un principio solo con el Brand Ambassador de la marca Davidoff, aprendiz y heredero de la tradición Kelner. Que su padre asistiera fue una sorpresa.

Hendrik cuenta que, cuando tenía 17 años, ingresó al Instituto Tecnológico de Monterrey, México. Estudió para ingeniero mecánico administrador, “pero lo mío era el tabaco, y mira, hace ya casi 50 años de ese entonces… pero al principio yo no quería, mi papá me obligó, ¡y qué bueno! Así pude formar mi propia compañía, con sólo seis tabaqueros”.

A temprana edad renunció a la vanidad de querer una propia marca, en cambio, lo que hizo, a lo que ha dedicado toda su vida, fue a mejorar la calidad, producción del tabaco y todos los procesos del cigarro puro. En sus palabras, crear una compañía verticalmente integrada: Tabacos Dominicanos.

Cuando no está en los campos, en las galeras, en las bodegas, en conferencias, o en seminarios, Hendrik está estudiando sobre tabaco.

Pocos, quizá ninguno ya con vida, sepa tanto sobre la planta, su cultivo y procesos como él, un verdadero alquimista. Sólo alguien como él tenía que ser elegido por la empresa Davidoff para responder a la exigencia de calidad de Zino.

“Un día recibí la visita del doctor (Ernst) Schneider, en octubre del 88, nos pidió muestras, ahí comenzó la relación con Davidoff, en ese momento la fábrica ya movía más de seis millones de cigarros al año, y teníamos marcas que vendían muy bien en los Estados Unidos como AVO, Ashton y Griffins. Para el año 2001, habíamos crecido tanto que pensamos en que vendiéndola, la fábrica tendría un mejor futuro. Entonces llegó el doctor Schneider, quien tenía un trato tan especial. En ese momento no pensé que seguiría al frente de la fábrica, no sentí que la hubiéramos vendido, porque yo seguí yendo todos los días y dirigiéndola”.

Obsesión por la excelencia

Kelner, quien se conviritó en el Master Blender de la marca, dice que la pasión viene del resultado del trabajo, y esa es la filosofía de Davidoff: una integración vertical y total, controlar todos los aspectos de la producción, y en el momento que compraron la fábrica, la visión de la compañía fue completada: desde la semilla hasta la tienda.

“Todo mundo es master blender de esto o de aquello, cuando me dicen incluso que yo soy. master es una palabra muy grande, para ser un master blender la persona debe saber el cómo, cómo hacer las cosas, y debe dominar el porqué, este último, más amplio y complejo que el cómo, porque hay que saber de genética, de procesos, de prácticas culturales y de mercado”.

Afortunadamente, agrega, siempre ha contado con un grupo de gente que lo completa como blender, para saber qué tabaco no va en la liga, y por qué no va, qué le pasó a esa hoja. “La consistencia (de un puro) depende del conocimiento completo. Cada año las cosechas son diferentes, entonces, si piensan en la consistencia de Davidoff, que es única, es porque controlamos desde la semilla hasta el empaque final”.

Henke sabe que los fumadores han mejorado sus exigencias, por ello siempre buscan incorporar nuevas líneas, nuevas mezclas, y tamaños que no existían cuando fueron hechos, por ejemplo, recuerda cuando comenzaron la producción de torpedos o pirámides, “les llamamos Special T, completamente a mano porque no existían los moldes, se les daba la forma con una hoja de papel”.

El tabaco mexicano

Dice que el puro estimula las cuatro áreas de la lengua, y que la parte de las especias a veces está ausente en los cigarros, y a Henke le gusta que estén presentes. “Por ejemplo, el Negro San Andrés (especie de tabaco endémica de México), contribuye a eso, a darle ese spicy”.

En ese sentido el Master Blender de Davidoff afirma que México tiene una oportunidad, “porque ya la tuvo, sobre todo en Estados Unidos, pero necesita generar un producto de complejidad, tiene la tierra, tiene el tabaco, aunque creo que debería tener mayor variedad, y productos más complejos, ya sea importando o sembrando, pero México tiene mucha tierra, mucha oportunidad”.

Recuerda que cuando el boom de los puros en Estados Unidos había muchos cigarros de Islas Canarias, España, de México y Jamaica. “Cuba dominaba todos los mercados, y tras la Revolución, el embargo dio la oportunidad de entrar al mercado más grande, y eso impulsó el desarrollo de las industrias de cigarros puros en otras regiones”.

Esta apertura, más que negocios, para Hendrik Kelner lo que abrió fue un nuevo continente de sabores, aromas y texturas, “cigarros con más complejidad, con nuevas sensaciones, ¡imagínense!”.

Para concluir, le pregunto cuál es su puro ideal: “A mí me gusta la complejidad, y el balance, sobre todo. Que sea positivo, por eso fumo Davidoff. Zino siempre decía: Fume menos, pero fume mejor; convierta su afición en un culto, en una filosofía de vida, y el doctor Schneider repetía siempre: ¡Fume menos, pero fume Davidoff !”.

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