Capítulo 1: John Doe

Forajidos

1899

Raúl Melo

La vida del forajido no se elige, te elige, te toma de la mano desde que eres niño, te arrebata todo lo que amas hasta secar tu alma. Solo así se puede ser un forajido, haciendo espacio para el odio y la frialdad que serán tan necesarios para sobrevivir.

Mi nombre es John Doe, literalmente significa desconocido, una de las primeras bromas que esta vida me tenía preparada. Nací hace más de tres décadas, mis padres, como muchas otras personas, viajaban a este territorio hostil conocido como tierra de oportunidades. La larga caravana de bestias, carretas y gente a pie fue atacada por una enfermedad, cólera, me parece.

Fue ahí donde perdí a mi primera familia, a quienes nunca conocí. Viéndome en mi temprana desgracia, una mujer migrante europea y artista de la pantomima, quien me recogió y se hizo cargo de mí, pero en su condición de muda y analfabeta, nunca pudo darme un nombre.

Ella no viajaba sola, iba con una compañía de circo que recorría todo el país brindando alegría a las personas. Tal vez la dura vida de un artista ambulante los había preparado para el brote de cólera, pero para mi fortuna nadie enfermó y de inmediato encontré un nuevo hogar.

Así pasaron mis primeros años de vida, los compañeros del circo se encargaron de nombrarme John Doe, un nombre que significa nada y que a la vez me ha significado todo. Broma tras broma mi vida se ha definido, esa, como dije antes, sería la primera, pero no la última.

Una veintena de años atrás, el destino me recordó que las caravanas de carretas atraían la mala fortuna. O tal vez sólo se encargaba de volver a vaciar mi alma y corazón, continuando con mi preparación para la vida delincuencial.

En un viaje normal, de los que hacíamos cada semana para cambiar de feria o población, un grupo de bandidos tomó por asalto a la compañía. Con lujo de violencia detonaron dinamitas cerca de los caballos de tiro. Los carros repletos de amigos, de familia, se trasladaban sin control entre las rocas, mientras los hombres disparaban hacia las carpas buscando víctimas al azar.

Mi carreta volcó abruptamente, una polvareda se levantó frente a mis ojos y mi madre desapareció de la vista. Como pude me arrastré entre los escombros hacia un viejo baúl donde solía guardar mi equipo de trabajo, revólveres gemelos que usaba para dar un espectáculo de tiro al blanco.

Empuñé ambas armas y salí entre las lonas destruidas dispuesto a todo. Con coraje y furia, cada una de mis manos apuntaba hacia los enemigos. Habré asesinado a por lo menos siete personas aquel día. Una cuenta que hoy parece ínfima, pero que en esa época representaba las primeras gotas de sangre sobre mis dedos.

El esfuerzo, a pesar de lograr la huida de los hombres, había sido en vano. Mi madre yacía en el suelo sin vida, mis amigos, mi familia, también. Sólo sobrevivían un par de personas más con las que no había tenido mucha relación.

En ese momento, de entre las cosas de mi madre, desperdigadas por el lugar, tomé uno de sus atuendos de mimo, la profesión que más había amado. La vestí y la enterré en el mismo sitio, así como a los que consideré más cercanos.

La enterré con todas sus pertenencias, con las cosas que me la recordarían y que no pensaba volver a ver jamás, con todas excepto una máscara neutra, blanca como la luna e inexpresiva como mi corazón al momento de asimilar esa situación.

Decidí conservar aquella máscara de madera, decidí que cumpliría ese destino que cada cierto tiempo me llamaba por un nuevo camino. Decidí ser John Doe, un desconocido sin rostro, sin voz, sin sentimientos, sin familia, sin nada más que un par de armas que en tiempos pasados generaron aplausos y asombro de la audiencia, pero que de hoy en más no arrancarían nada más que vidas y tras su estruendo, un sepulcral silencio.

Durante años vagué por el desierto, el bosque y la pradera asaltando inocentes transeúntes, ganando apuestas en juegos de azar y de destreza, robando comida y alguna que otra cabeza de ganado.

Me establecí de fijo en un amplio valle alejado de todo y abundante en recursos. Sé que no lo es, pero me gusta llamarlo Paraíso, mi lugar de fresca brisa en donde puedo descansar acompañado del sonido de mi riachuelo vecino y de las aves que cruzan el cielo. Es como un abrazo de mi madre, quien nunca me dirigió la palabra, pero siempre me dijo todo. 

Mi madre…tal vez ese sea el último resquicio de sentimiento, amor y bondad que me quede dentro. Su recuerdo me separa de ser un animal, su recuerdo me mantiene humano para no entregarme por completo a la maldad.

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