
Con motivación y los ánimos renovados, Alyssa y yo llegamos a la ciudad. Nos detuvimos en la oficina postal y el mercado, como dictaba el plan, colocamos el par de anuncios y nos dispusimos a descansar. Las semanas previas habían sido de mucho trabajo y las futuras no parecían diferentes.
Aprovechando la visita al mercado, pedí a Alyssa que comprara lo necesario para organizar un menú digno de la nueva vida que podía vislumbrar a la vuelta de un par de viajes más a Callahan. La carne seca no era mala opción, pero algún corte fresco parecía una buena idea para seguir celebrando el reciente éxito.
Lee en la revista (gira tu dispositivo para mejor experiencia de lectura):
Así, cargamos la carreta con carne de cerdo ahumada, res y borrego, algo de pescado, mariscos, codorniz y un poco de lagarto, producto poco conocido en el valle y la montaña, pero muy apreciado en esta zona de pantanos. También verduras, arroz y frijoles. Un poco de todo, realmente.
Con las viandas listas, nos trasladamos a casa, ese pequeño lugar más allá de las plantaciones de tabaco que hacía tiempo no visitábamos, tal vez por los recuerdos que esas paredes de madera guardan, o por lo acelerado de nuestro ilegal modo de sustento.
Sabía que la vida de Alyssa no había sido sencilla y que siempre evitaba el tema, pero parecía que los cambios que se avecinaban habían relajado su pensamiento y que, tal vez muy pronto, podríamos volver a este pueblo para iniciar de cero.
En el tema de la contratación de alguien que nos apoyara, no había más que esperar al viernes y ver a cuántos candidatos podíamos recibir. Entonces, la siguiente misión se centró en vivir, aunque fuera por unos días, a cuerpo de rey.
–Necesito acostumbrarme a una vida relajada –pensé para mi interior, deseando al fin dejar de lado las carencias que me habían acompañado hasta este momento de mi vida.
–¿Qué podemos hacer con todo esto? –pregunté una vez instalados en casa.
–Descansa un rato en la habitación y déjate sorprender –respondió ella.
Al cabo de un par de horas en las que pude dormir como pocas veces en la vida, un delicioso aroma me despertó. Después de años de olfatear estofado de pollo día tras día en la cabaña, lo que percibí me cautivó.
Me levanté de la cama y me acerqué a la cocina para averiguar qué es lo que Alyssa estaba preparando.
–¡Wow!, ¡pero qué bien huele! ¿Qué es? –pregunté.
–Gumbo y Jambalaya –dijo ella visiblemente emocionada.
Para mí fue inevitable notar un par de lágrimas que rodaban por sus mejillas.
–¿Estás llorando o es la cebolla? Porque tiene cebolla, ¿no? –continué, motivado por la escena.
–Sí, un poco, pero no es por eso. La verdad es que estar aquí, frente a la olla y con todos estos ingredientes me recuerda mucho al caldo que preparaba mi madre cuando era niña. Se llama gumbo, y es un guiso que solíamos comer seguido, pero tan completo como éste, sólo cuando había algo que celebrar, como mi cumpleaños –respondió.
–¡Vaya! Sí que te luciste, entonces –dije sin mucho que aportar, impactado por la reacción de Alyssa ante el plato.
–Y falta que lo pruebes. Como puedes ver, es un caldo hecho con tomate, cebolla, pimiento, apio, cerdo ahumado, un poco de codorniz y algo de cangrejo. Este arroz blanco también se debe añadir, pero hasta que nos sentemos a comer –aclaró.
–Lo que tengo por acá es otro apartado de arroz mezclado con langostinos, carne de res y mucha pimienta. Jambalaya, se llama –añadió.
–¡Hoy será un día de festín! Porque mañana nadie sabe… nunca se sabe –dijo, cambiando su semblante alegre por una expresión más reflexiva.
–¿Sabes? Uno de mis mejores recuerdos ha sido comer estas cosas, pero le sigue uno de los peores… Disculpa, eso ya quedó atrás y el destino no tiene por qué repetirse, así que disfrutemos por hoy, que el mañana seguro será mejor –dijo, desviando la conversación.
Ya no hablé más y sólo me preparé para el festín. Me acomodé en la mesa y esperé a que ella me indicara cómo y en qué orden prefería empezar a comer.
Alyssa trajo a la mesa un par de cuencos de madera rebosantes de gumbo y cucharas de palo.
–Esto también lo hice yo –dijo señalando los utensilios.
–También fue hace mucho tiempo. Solía salir de vez en cuando a recolectar trozos de madera de los pantanos, algo de lo poco que me enseñó mi padre. Él me decía que cuando encontrara cualquier pieza tan grande como lo más que pudiera cargar, la trajera a casa, que esa madera era especial y siempre nos sería de utilidad. Cuando estaba de buen humor me enseñaba a tallar figuras en ella o hacer estas cosas para la cocina, y puede que alguna vez hasta algún juguete me haya podido regalar, pero no recuerdo… –dijo, interrumpiendo la anécdota para empezar a comer.
–Una vez servido el gumbo en el tazón, lo primero es añadir el arroz al gusto, después puedes empezar a comer –explicó mientras me acercaba el platón para servirme a discreción.
El plato era indescriptible. Los sabores combinados de las carnes con los mariscos eran algo que no había probado antes y que no tenían comparación. El estofado de res o de pollo no están mal, aunque por supuesto que un filete no se puede despreciar, pero esta variedad de texturas y sabores era una caricia al paladar.
–Yo lo maté –expresó Alyssa mientras no paraba de comer. En mi mente, esas palabras no hacían sentido, pues estaba seguro de que tanto el cerdo como la codorniz y los cangrejos habían sido adquiridos en el mercado.
–¿Qué cosa? ¿Saliste a pescar o a cazar mientras dormía? –pregunté intrigado.
–No, no, a mi padre, yo lo maté –afirmó como si me contara cualquier otra anécdota.
–¿Cómo? –pregunté de vuelta algo sorprendido, pero sin alterarme, como esperando una aclaración sin afectar el momento.
–Con un cuchillo –dijo ella con la misma tranquilidad y sin parar de comer.
–Claro, pero me refiero a que no entiendo muy bien lo que me cuentas –expuse.
–Oh, te digo que yo maté a mi padre y que lo hice con un cuchillo. Creo que en alguna ocasión te dije que desapareció, pero no te dije más. Pues yo lo desaparecí –agregó.
–Sí, algo recuerdo –repliqué sin más, buscando de nueva cuenta no arruinar su disposición y apertura.
–Había sido mi cumpleaños, comimos el mejor gumbo que mi mamá hubiera hecho jamás y mi padre, por supuesto, bebió de más. Digamos que eso era parte de la rutina en esta casa, pero aquel día pareció distinto, tal vez porque yo empezaba a convertirme en mujer y mi madre sentía que pronto me alejaría de casa y ese ambiente, qué se yo –detalló entre bocados.
–¿Y qué pasó? –continué con genuina curiosidad.
–No sé bien la razón, como dije, pero aquella tarde ella se molestó mucho con él y le reclamó. Mi padre simplemente la estaba escuchando sentado en porche, mientras ella lanzaba gritos furiosos que parecían pasar por arriba de su cabeza, sin más. El hombre no dejó de beber hasta que, supongo, se sintió interrumpido por las palabras de mi madre cuando se disponía a servir un siguiente trago de aguardiente. Jamás respondió con palabras, sólo arrojó la gruesa garrafa de licor al rostro de mi madre para después lanzarse sobre ella y golpearla sin pudor –contó sin detenerse más que para continuar comiendo, aun cuando las lágrimas se volvían a hacer presentes sobre sus mejillas.
–Yo no hice nada, sólo me escondí en la habitación escuchando los quejidos de una mujer prácticamente inconsciente y el crujir del suelo y sus huesos con cada golpe. Así, escondida entre las patas de la cama, me quedé llorando en silencio hasta no saber de mí. Pronto me quedé dormida, como si ella no necesitara de mi ayuda, como si todo esto fuera lo normal –continuó.
Yo no podía creer lo que contaba, pero aquella experiencia explicaba el porqué de sus evasivas sobre el pasado y el de esa fortaleza mostrada aquella tarde en que la conocí.
–Al día siguiente, con los ojos aún hinchados, encontré a mi madre recostada en su cama, como dormida, y pude ver que su pecho aún subía y bajaba, poco, pero lo hacía. Cuando tuve el valor de acercarme un poco más, mi padre entró a la habitación y me ordenó salir con él a buscar madera y, en silencio, simplemente obedecí. Su mirada parecía encontrarse en otra parte, lejos de la realidad en la que un piso ensangrentado daba cuenta de lo que había hecho. Una vez en el pantano, mientras se encontraba de espaldas y agachado buscando entre las aguas turbias, lo apuñalé. Encajé mi cuchillo en su cuello, así, sin pensar. Al fin había hecho algo al respecto luego de una vida de violencia. Corriendo volví a casa, cambiando las lágrimas de miedo por las de júbilo, pero era tarde. Cuando llegué a su cama, su pecho no se movía más –dijo, alejando el plato de gumbo vacío.
–Ahora comeremos jambalaya –dijo con una sonrisa.
CONTINUARÁ…






