Capítulo 7: Callahan Ridge Parte IV: Sabor a éxito

Raúl Melo

Al cabo de unos días en la cabaña, Alyssa, el señor Rubens y yo seguimos con nuestra rutina: torcer algunos Black Bear, anillar otros más y reconfigurar los cigarros robados en nuestros falsos cartuchos de dinamita. Así, día tras día hasta que llegó la fecha de acudir a la ciudad para buscar la correspondencia.

Tomé a mi caballo, lo ensillé y me dirigí a Lafyette. El viaje en carreta es largo, pero a caballo, en solitario, siempre es mejor. Algunas horas de viaje me bastaron para llegar a la ciudad. Até a Lucky en un poste frente a la oficina de correos y entré a preguntar por algún telegrama para nosotros, siempre a nombre del señor Holloway.

Lee en la revista (gira tu dispositivo para mejor experiencia de lectura):

 

–¡Señor, Holloway! Bienvenido de vuelta a la ciudad. Ya esperaba su visita. Tengo un telegrama urgente para usted. Tenga –me dijo el encargado al entregar el papel con mi falso nombre.

–¡Muchas gracias! Y sí, estuve fuera un tiempo. Una feria de ganado al norte, ya sabe, siempre buscando algo qué hacer –repliqué antes de retirarme del lugar.

–¡Hasta pronto, señor Holloway! ¡Muchos saludos para la señora!

–¡Yo le digo a la señora, muchas gracias y hasta pronto!

–¿Qué podría ser tan urgente? –me pregunté. Entonces, antes de cualquier otra actividad en la ciudad, caminé hacia un parque cercano para leer el telegrama con tranquilidad. Me senté en una banca y encendí un Black Bear, desdoblé el pequeño papel y me sorprendí.

–Abasto agotado, requiero doble ración de cigarros, ambas líneas –decía la comunicación.

–¡Al fin! –pensé en mi interior. Tras leer esta insignificante línea de texto, me sentí satisfecho con todo el esfuerzo y sacrificios que habíamos hecho los últimos meses. Sentí que la partida de JC al fin tenía sentido y que nuestro emprendimiento comenzaría a despegar de una vez por todas.

No pude contener la emoción, guardé el telegrama en mi bolsillo y corrí a buscar a Lucky para volver lo antes posible a la cabaña. Afiancé el cigarro entre mis dientes y salí a todo galope fuera de Lafayette.

Durante todo el camino no pude pensar en otra cosa que en todo lo que haríamos cuando el dinero fluyera aún más de lo que hace ahora. Desde que dejé el valle, no es que viviera en la opulencia que ahora imaginaba, pero sí había cambiado mi vida, pero bueno, es naturaleza humana siempre querer un poco más.

Para la medianoche, bajo un cielo despejado y repleto de estrellas, iluminado por la luna llena, llegué a la cabaña, todo parecía ser una señal. El triunfo era nuestro y no podía esperar para compartir la noticia con todos.

Evidentemente era algo tarde para una celebración tumultuosa, así que decidí simplemente servir un frasco de aguardiente, verter un poco en el suelo para compartir con JC y conversar únicamente con él.

–Pequeño bribón, esos planes tuyos, tan arriesgados, a veces tan tontos, pero siempre funcionando, ja, ja, ja, y hoy rinden sus frutos. ¿Sabes? Lo logramos al fin, ahora todo mundo quiere nuestros tabacos. Estoy seguro de que no lo dirá, pero el señor Rubens se pondrá muy contento por esto. Ya quiero que sea mañana –dije sin recibir más respuesta que una fresca brisa en el rostro, algo normal para el bosque a estas horas y en esta época, pero para mí significó mucho más y fue suficiente para mandarme a descansar.

A la mañana siguiente, me levanté temprano a buscar algunos huevos y leche fresca para preparar un desayuno de celebración. Cuando volví a la cabaña, Alyssa y el señor Rubens ya estaban rondando la mesa.

–¡Buenos días! –dije al cruzar la puerta principal. Ellos me miraron con sorpresa.

–Estaba segura de haberte escuchado, pero ¿no es muy pronto para que estés de vuelta? –preguntó ella.

–Sí, gracias, yo también te extrañé –le dije en tono de broma.

–Pero tienes razón, regresé rápido y tengo una buena razón para ello. Recibimos un telegrama. Señor Rubens, ¿puede venir acá, por favor?

–Recibimos este telegrama… Tenemos que volver a Callahan lo antes posible –compartí con mucha seriedad.

–Pero ¿por qué? ¿Pasó algo malo? –dijo Alyssa, mientras el señor Rubens sólo me miraba fijamente dando caladas a su pipa.

–Sí, sí pasó algo… ¡Se agotó el pedido que llevamos y quieren más, mucho más! –dije sin poder contener la felicidad.

–Muchacho, sabía que no podía ser nada malo, a mis ojos eres un pésimo mentiroso, ja, ja, ja. Podrás engañar a cualquiera, pero yo no soy cualquiera, ja, ja, ja. Pero volviendo al trabajo, inventario tenemos suficiente; lo que me preocupa es cómo lo vamos a llevar –dijo el viejo.

–Es cierto, Lucky apenas puede con el cargamento habitual. Creo que tendremos que contratar a alguien más o por lo menos un transporte mejor –propuse como solución.

Después de escuchar mi propuesta, Alyssa corrió a la covacha, de donde sacó un poco de papel, tinta y una pluma. Con una habilidad que para nada le conocía, la chica elaboró un par de carteles en los que se solicitaba a un vaquero con carreta para transporte en general: “Interesados, presentarse el viernes al mediodía en el Yom Yom”.

–Iré a la ciudad a colocar esto en la oficina postal y en el mercado. Yo creo que deberías venir conmigo, John. Nos quedamos en mi casa hasta el viernes que hagamos las entrevistas; tiene tiempo que no vamos para allá –sugirió ella y yo acepté.

–Y otra cosa, muchacho, creo que tengo anillas adicionales, pero seguramente deberán terminar de anillar allá. Ya sabes que sólo se entrega la cantidad de cigarros que corresponda a la cantidad de anillas que ellos entregan –explicó el viejo.

–¡Cierto! Veré eso con el hombre llegando a Callahan –repliqué.

Terminamos el desayuno y alistamos la carreta con algunos víveres. La carga no era completa, pero aun así el viaje sería más largo que en solitario. Afortunadamente la compañía sería la mejor posible, y como recompensa a tantos viajes sin parar, tendría algunas horas para estar con ella en la paz y tranquilidad del campo.

Partimos alrededor de las 10 de la mañana. El señor Rubens se quedó en casa preparando el nuevo embarque hasta donde era posible.

–Verá que nos empezará a ir bien. Con este nuevo ritmo de negocio seguro pronto podremos comprar otro caballo que nos ahorre tiempo en estas diligencias –dije.

–Ya veremos, muchacho, ya veremos. Mientras tanto, vayan con cuidado y cuiden esa carreta, que es lo único que tenemos para trabajar y una linda herencia de nuestro JC, bueno, de su padre y luego suya, pues, ja, ja, ja, tú me entiendes, Doe –bromeó el viejo, al mismo tiempo que me hacía poner los pies de nuevo sobre la tierra.

CONTINUARÁ…