Capítulo 7: Callahan Ridge Parte II: Frente a frente

Raúl Melo

A la mañana siguiente, el capitán y sus muchachos salieron muy temprano de sus habitaciones, esperando que la cantina también ofreciera el servicio de comida para el desayuno.

Los tres hombres descendían por las escaleras de madera que comunicaban la cantina con el área de hospedaje, cuando se encontraron con nosotros la pareja Holloway, el amable veterinario y su bella esposa.

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–¡Buen día, caballeros! –expresé con tranquilidad y seguridad, pues hasta ese momento ignoraba de quién se trataba. Durante mis viajes de fechoría, nunca antes había coincidido con el hombre y mucho menos con los muchachos, quienes eran soldados recién enrolados o vivos, categorías que no encuadran con los que yo solía conocer.

–¡Buen día! –respondieron todos ellos, quienes tampoco nos ubicaban del todo. Últimamente yo actuaba enmascarado y sin dejar testigos, mientras que el rostro de Alyssa parecía no ser el centro de atención para los ojos del hombre promedio.

Los hombres siguieron su camino, mientras nosotros subimos a nuestra habitación para buscar algo de dinero y proceder a disfrutar de los alimentos que este sitio ofrecía, como en cualquier otro viaje de entrega, despreocupados y tratando de aparentar una vida completamente normal.

Pasados pocos minutos, militares y forajidos compartimos la estancia de la cantina, apenas a un par de metros de distancia.

En algún momento de aquella mañana, vimos entrar por la puerta al imprudente borracho acompañado por un joven, quien lo condujo a la mesa de nuestros vecinos de mesa y habitación.

–¡Mi amigo! ¡Sea bienvenido a nuestra mesa, no pensé verlo tan pronto hoy! –expresó el capitán.

–Yo tampoco, ¿señor?… –preguntó el sujeto.

–Clinton, Josh Clinton, una disculpa por no haberme presentado anoche, pero entre copas y humos, esas cosas suelen olvidarse.

–Jefe, convencí al señor Mathews de unirse a nosotros este día, eso sí, nos costará un par de billetes y algunas botellas disfrutar de su compañía por unas horas más –bromeó el oficial, quien horas antes le había propuesto al sujeto financiar un día de trabajo a cambio de la oportunidad de seguir conversando e indagando sobre aquellos Black Bear.

–¡Excelente! Y debo decir, amigo Mathews, que la temporada de acarreo de ganado ha sido próspera este año, así que aquí los billetes y la sed de convivencia sobran. Además, siempre es bueno contar con la amistad de un local para que nos muestre las bondades de los pueblos que visitamos.

–Claro, señor Clinton, cuente con ello –respondió Mathews con el mismo tono dubitativo y temeroso impreso en sus palabras la noche anterior.

Aquel borracho que nos había abordado antes, con toda esa alegría y seguridad, aquella mañana se notaba incómodo y nervioso, pero decidí no darle importancia, parecía ser algo común en este pueblo desbordado de mal vivientes y abandonado por la ley.

Nosotros, con obligaciones por delante y sin nadie que nos pagara el día por convivir, nos retiramos pronto de la mesa y dejamos la cantina atrás, pero la tertulia en la mesa de junto siguió por algunas horas más.

El grupo de Clinton, convencidos de que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad, tenían el objetivo de embriagar al sujeto al punto de que se volviera una eficiente fuente de información como el día anterior.

–¿Amigo, traerá usted algún Black Bear? La experiencia de ayer fue verdaderamente excepcional y me gustaría volver a probar ese tabaco –preguntó el capitán a su aparente prisionero.

–Lo siento, señor Clinton, no tengo más conmigo, pero lo puedo conseguir sin problemas en la tienda. Está a tan sólo unos metros de aquí, sobre la calle principal, rumbo a la iglesia abandonada –respondió Mathews.

–Gracias, pero no se moleste, que uno de los muchachos vaya. ¿Para qué sirven los asistentes si no asisten, verdad? Ja, ja, ja –bromeó el capitán mientras entregaba un talego de cuero lleno de monedas al oficial Harris.

–Consigue lo que puedas, variedad y cantidad porque hoy es un día para disfrutar ¿O no, amigo Mathews? –cuestionó al sujeto y le dio una fuerte e incómoda palmada en la espalda.

–Sí, sí, claro, señor Clinton. En la tienda hay otras cosas que podemos probar –asintió el atemorizado invitado.

Mientras Harris volvía con el tabaco, a la mesa llegaron los platos de huevos frescos fritos, acompañados de un jugoso corte de carne. Algo era cierto dentro de la fachada de Clinton, en Callahan Ridge abundaba la buena carne como destino obligado para el ganado sustraído por cuatreros a los grandes ranchos de la región.

Además de tratarse de un refugio para delincuentes y uno de los pocos lugares en los que los productos ilegales podían comerciarse, la gastronomía del pueblo era excepcional y uno de sus mayores, por no decir únicos, atractivos.

–Y bueno, amigo Mathews, ¿qué lo hizo venir a trabajar a un lugar como este? –preguntó el capitán intentando iniciar una conversación.

–Realmente nada, aquí nací y crecí, no conozco mucho de otros lugares salvo por lo que leo y envío como responsable de la oficina del telégrafo. Este lugar solía ser distinto, las épocas de bonanza por el oro hicieron que la población creciera, pero al mismo tiempo atrajo la atención de otro tipo de personas, quienes, con los años, al mismo tiempo en que la mina se agotaba, consumieron el lugar y su riqueza, ahuyentaron a la ley y lo convirtieron en lo que es hoy en día. Aun así, para alguien como yo que sólo sabe usar la máquina del telégrafo y beber, no es un mal lugar para vivir –expuso el sujeto.

–¡Vaya! Puedo imaginarlo. Y la de cosas de las que se ha enterar usted ahí, además –complementó Clinton.

–Sí, algo hay de eso, cosas que se escuchan, otras que se leen y además, cuando no tengo nada que hacer, me gusta observar el panorama y a las personas también, es entretenido verlas e imaginar qué estarán diciendo, a dónde irán, cómo serán sus casas… cosas sin sentido, realmente, pero como dije, aquí no hay mucho que hacer si no está uno en esta cantina disfrutando como ahora –explicó el sujeto que a cada momento estaba más relajado y entregado a los efectos del alcohol.

Al cabo de poco más de un cuarto de hora, Harris volvió a la mesa con un bulto de tela entre las manos, lo colocó sobre la mesa y desenvolvió el contenido. Se trataba de algunos Black Bear y los cigarros que se asemejaban a cartuchos de dinamita.

El capitán Clinton, quien había acompañado a Lafayette al lugar de los hechos por los que esta cacería se había desatado, de inmediato reconoció el cepo de ese gran tabaco.

–Pero ¿qué es eso? Creo que nunca había visto un cigarro tan grande y muchos menos que se pareciera a un explosivo–, preguntó a los presentes en la mesa.

–La verdad es que no lo sé, nunca lo había visto por acá, supongo que es algo nuevo –respondió el telegrafista.

–El encargado de la tienda los recomendó mucho, me dijo que los traía el mismo proveedor de los otros y que era un placer garantizado –explicó Harris al capitán.

–Interesante, me gustaría probarlo entonces –dijo antes de tomar uno, cortarlo, retirar la falsa mecha y encenderlo auxiliado por un par de cerillas de madera.

–¡Qué buen tabaco! Me recuerda mucho a lo que solía a hacer Carrigan antes de perder el toque –expuso Clinton.

–¿Verdad? Bueno, no es que yo haya probado esta nueva mezcla, pero los Black Bear sí que tienen el toque Carrigan, pero mejorado, eso es lo que le decía a sus muchachos anoche que fumaba con ellos. Además, ahora que hago memoria ja, ja, ja, cómo el licor puede traer de vuelta a su verdadero yo ¿No cree? –dijo Mathews.

–¿Ajá? –respondió Clinton.

–Sí, ahora me siento mucho mejor y… –dijo el borracho imprudente antes de ser interrumpido.

–Me refería a que continuara con lo que estaba recordando –explicó Clinton interesado en lo que el sujeto estaba a punto de decir.

–Oh, sí, claro… Le decía que ahora que hago memoria creo que los conozco –detalló.

–¿A nosotros? –Preguntó uno de los oficiales.

–¡No! Bueno, sí, a ustedes los conozco ja, ja, ja, pero me refiero a que creo que conozco a los distribuidores de los cigarros, los he visto varias veces entrar y salir del almacén.

–¿Y podría ubicarlos si los vuelve a ver? –inquirió el capitán.

–¡Claro! No estoy seguro de que sean los distribuidores, pero sí de cómo lucen, de hecho estuvieron desayunando más temprano aquí junto a nosotros.

CONTINUARÁ…