Llegó el momento

Hay cajas de cigarros que se compran para fumar; otras, se compran para guardar, y otras más se quedan atrapadas en un territorio extraño entre ambas. Hace un año traje desde Miami una caja de Fermin Perez Classic Connecticut, de tapa negra y letras doradas, con diez Toros de 6 pulgadas, cepo 54: una promesa de suavidad envuelta en una presentación que parece pedir otra cosa.

Aunque parte de esa historia también está en la persona detrás de la marca.

Gastón Banegas(*)

Gut feeling

Conocí a Fermín Pérez Jr. en Miami, una ciudad donde el tabaco todavía funciona como idioma común. Ahí fumé por primera vez su Esmeralda, y con ello inició una relación distinta con la marca, pues ya no era sólo una caja en un humidor o una anilla más dentro de una rotación.

La historia familiar que la marca encierra parece construida entre dos geografías familiares para cualquier fumador: raíces cubanas y producción nicaragüense. Hoy, desde Estelí la fábrica desarrolla líneas que van desde propuestas suaves, como el Connecticut, hasta perfiles más intensos.

Quizá por eso la marca siempre me resultó coherente. Había fumado otras líneas de la casa –Habano y Bold Maduro–, encontrando siempre perfiles accesibles, construcción cuidada y una búsqueda evidente de equilibrio, por encima del impacto.

Pero la caja en cuestión sigue cerrada. No porque la haya reservado para una fecha especial ni porque la haya olvidado… Simplemente su momento no ha llegado.

En el Mundo del Tabaco se habla mucho de los procesos de añejamiento, fermentación o guarda, pero no tanto de otro proceso: el envejecimiento de nuestras expectativas, porque cada cigarro sin fumar acumula algo. En ocasiones, memoria; otras veces, ansiedad, o simplemente una historia que todavía no ocurre.

También hay algo particular con la palabra Connecticut, pues con el tiempo dejó de describir una capa y se convirtió en expectativa. Muchos fumadores, al escucharla, imaginan suavidad, perfiles lineales o cigarros de poca intensidad, como si el color claro de una hoja pudiera resumir la experiencia entera.

Sin embargo, hace tiempo que las capas de tabaco Connecticut dejaron de significar necesariamente simplicidad, especialmente cuando aparecen en las mezclas nicaragüenses modernas, cuya cremosidad suele convivir con especias, textura y una complejidad bastante mayor de la que el color anticipa.

Quizá por ello esta caja también acumuló expectativa y con el tiempo se transformó en el recuerdo de una conversación en Miami, la confianza depositada en una marca que conocía y el recuerdo silencioso de una experiencia pendiente.

Surge entonces una pregunta incómoda: ¿cuánto tiempo puede permanecer cerrada una caja, antes de dejar de hablar del cigarro y comenzar a hablar de nosotros?

Siempre pensé que los cigarros no deben guardarse para ocasiones especiales, porque muchas veces no llegan. Pero ocurre algo distinto cuando en vez de esperar las ocasiones, las fabricamos. Tal vez ciertos cigarros, o ciertas cajas, terminen obligándonos a crear el momento para abrirlas finalmente, sin implicar una celebración, un cumpleaños o una botella importante. Tal vez algo simple, como sentarme a escribir para Humo Latino.

Porque después de años de convivencia silenciosa, la caja dejó de ser una caja cerrada y se transformó en una pregunta pendiente, que como tal exigió respuesta. Abrirla para escribir estas líneas parecía, finalmente, una razón suficiente.

Obviamente el cigarro en cuestión es Fermin Perez Classic Connecticut Toro, una vitola generosa para una propuesta que, al menos desde la presentación, parece apostar más por la elegancia que por la potencia.

Visualmente, la capa muestra el perfil esperable de un Connecticut moderno: tono marrón claro uniforme, textura sedosa y nervaduras discretas. A diferencia de las hojas más aceitosas o rugosas, acá la primera impresión parece construirse desde la prolijidad: en mano se nota firme y presenta pocas imperfecciones visibles y un tacto sedoso.

Antes del encendido aparecen los primeros indicios. En frío predominan aromas de heno y frutos secos, sobre todo mucha nuez. El tiro en frío aporta cereal y una pimienta blanca muy sutil, construyendo una expectativa bastante distinta a la que sugiere la caja negra y dorada donde esperó durante un tiempo.

El encendido empieza a resolver la tensión, pues la caja prometía solemnidad y el cigarro responde con equilibrio. El perfil inicial se mueve por lugares más contenidos, pero no necesariamente simples: crema, cereal, madera clara y una especia delicada empiezan a definir un perfil más texturizado del que pudiera esperarse.

Durante los primeros minutos aparece algo reconocible para cualquiera acostumbrado a los Connecticut: esa combinación entre suavidad y textura cremosa, que muchas veces se interpreta como simpleza. Acá, sin embargo, la experiencia parece construirse desde otro lugar, con pequeñas capas aromáticas, especia contenida y una evolución menos evidente, aunque presente.

Al avanzar la fumada el cigarro gana algo de estructura. Los frutos secos presentes en frío encuentran continuidad y la madera empieza a ganar espacio. No hay cambios abruptos ni giros dramáticos, y la evolución implica pequeños desplazamientos, en los que la textura y transiciones pesan más que los contrastes.

Hacia el tramo final, la mezcla concentra algo más su carácter. La especia se vuelve más evidente, la cremosidad pierde algo de terreno y la fortaleza se mueve apenas encima de donde comenzó, sin abandonar esa lógica de equilibrio que caracteriza al cigarro.

Por perfil, el Classic Connecticut se deja acompañar, sin reclamar protagonismo. El café funciona casi naturalmente: expreso corto, americano o incluso café filtrado, en los que la cremosidad del cigarro encuentra continuidad. Quizá la forma más honesta de fumarlo es con agua, pues la textura cremosa, las notas de cereal y las especias suaves quedan más expuestas.

Para quienes prefieren otras combinaciones, un ron ligero con crianza moderada, un bourbon de perfil vainillado o incluso un té negro suave podrían acompañar sin aplastar el carácter delicado de la mezcla.

Si la experiencia termina pareciéndose a otras líneas de la marca, el resultado probablemente sea fácil de resumir: un cigarro honesto, bien construido y con una ecuación costo-beneficio difícil de ignorar.

Pero reducir esta caja a una relación entre precio y calidad sería quedarse corto. Durante años pensé que estaba guardando diez cigarros, cuando en realidad se trataba de una conversación pendiente, una expectativa y la excusa para fabricar un momento.

Los fumadores, a menudo, llenamos humidores de futuros posibles, guardamos cajas para después y postergamos aperturas. Pero a veces, sin darnos cuenta, el tiempo transforma objetos simples en pequeñas historias personales y quizá por ello algunas cajas permanezcan cerradas tanto tiempo… Y al abrirlas, nunca se trata sólo de un cigarro.

(*) Gastón Banegas. Habano sommelier y fumador entusiasta, es un apasionado del whisky y los maridajes. Vive en Buenos Aires, Argentina, y escribe sobre tabaco premium y cultura sensorial.